Evan Murdock

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Evan Murdock

Mensaje  Evan Murdock el 02.05.14 19:44



Cazador ❧ Boxeador ❧ Proletariado
Evan Anton Murdock | 28 años | Montana, Norteamérica

Personalidad

El temerario,  se dice del lobo solitario del lejano Oeste, a quien no le aterra la muerte, ya que son infinitas las ocasiones en las que se ha visto en la tumba. Así que, si un día se muere, pues se ha muerto. Es un hombre que va por libre, no pertenece a ningún grupo de cazadores, ni lo pretende. Un espíritu indomable. Masoquista. Siempre termina metiéndose en unos berenjenales impresionantes y no se sabe como -digamos suerte o mucha pericia- consigue salir airoso. Es devoto, respecto a su trabajo. Vive por la noche dando caza a todo ser sobrenatural y por el día, básicamente se limita a comer, a entrenar y a dormir. No le interesan las relaciones sentimentales. Las mujeres son sólo meras distracciones. Con lo cual, de vez en cuando se deja caer por algún burdel sabiendo que, lo único que le exigirán, serán un par de francos. No es un hombre que derroche o a quien le importe mucho donde dormir. Despreocupado. Muy bestia, si hay que tirar una puerta, no le verás dudar, no va a llamar antes de entrar, no existe cortesía. A veces roza el cinismo, convirtiéndose en todo un caradura. Imprudente en todos los sentidos. No es que sea maleducado pero, puede que le veas perder las formas. Lo de poner los pies en la mesa, es muy de su tierra. Guarro no es lo mismo que vago. Su casa siempre esta echa un desastre -estaría más limpio el agujero de una vaca- y mantiene numerosas peleas con el casero. Es muy interesante destacar la manera que tiene de buscarle una explicación racional a su forma de ser y a su forma de actuar, excusas baratas y a medias tintas. Por último, supersticioso.

AGRADOS
• Un vaso de leche fría
• Una buena pelea
• El olor a pólvora
• La cabellera de las mujeres, siente debilidad por las pelirrojas
• Rascarse
DESAGRADOS
• Los vampiros le empachan.
• Comer en exceso. Luego tiene que quemarlo.
• Los "sabelotodo"
• Que le den lecciones o consejos
• No soporta los melodramas, lo de llorar no va con él.
MIEDOS
• Teme a las curanderas, nunca le dicen nada bueno.
• No ser tan fuerte como cree, pese a su empeño.
• Perder a un ser querido. Es una de las muchas razones por las que no intima con nadie, o eso dice.
SECRETOS
• Es analfabeto. " Que no sabe leer ni escribir, ignorante y sin cultura."
• Bendecido con un don proveniente de la rama materna, se podría decir que posee facultades premonitorias. Este don le permite adelantarse a los movimientos futuros de los vampiros y  los demonios (antes de que muera algún ciudadano o el suceso acontezca), incluso es capaz de localizar nidos. No los visualiza cada vez que toca un objeto o le da la mano a una persona. Son sueños, y evidentemente los tiene cuando se acuesta o se quede medio grogui.

Historia

LUGAR DE NACIMIENTO: Montana (EE.UU.)
PADRE Y MADRE. TUTELA: Anton Murdock y Ma'kia Murdock, ambos fallecidos. Abuela Ma'to Wa Kan.
HERMANOS: una hermana, Casha Murdock.
AMISTAD SIGNIFICATIVA: Nastas, 33 años. Un nativo americano que mide dos metros diez de altura, gasta un 47 de pie y es básicamente el que le proporciona el armamento. También le saca de algún que otro apuro.
Dorita Vergara, 45 años. Vecina que cocina, lava, compra su ropa y le cose los descosidos. Es como una madre para él y siente mucho cariño por ella.


Mi padre fue uno de los primeros colonos franco-ingleses; de los pocos  franco-ingleses que se aventuraron a cruzar el charco; de los muchos que se atrevieron a tomar asedio en la por entonces llamada América, tierra prometida y fecunda, generosa en oro y pencos, donde no era prudente andar de paseo por territorio Indio.

Mi padre (que en paz descanse) ése carapálida, ése líder explorador, ése intrépido franco-inglés cuyas gónadas fueron famosas en su grupo de expedición, perdió todo signo de respeto, tras quedar idiotizado ante la belleza joven de una muchachita India. Sus sospechosas inclinaciones dieron lugar a las habladurías. Les faltó un pelo para apedrearle. Se habló de ultraje y de insulto a la corona Británica. ¿Y qué remedio queda cuando uno es débil de corazón? Se casó con ella a la mañana siguiente y tuvieron dos niños. Básicamente por si la guerra entre pueblos estallaba y no les daba tiempo a concluir la familia al completo. Allí nos criamos mi hermana Casha y yo, en una fantástica reserva india del estado de Montana, entre nubes de polvo, tipis, pipas, ritos y el gran espíritu de los amerindios.

Mi padre, hombre burgués, empezó a vestirse con penachos de plumas y taparrabos. Yo fui un paso más. Me revolqué por las laderas con todo al fresco, gozoso. Y así nos convertimos en un atajo de salvajes y así aprendió mi padre a mantener vivos a los pencos, que normalmente le duraban tres días porque terminaban reventados tras sus largas correrías.

Quedaba cerca lo que entonces se conocía como el territorio de Louisiana, donde se llevó a cabo la construcción de un rancho (el famoso rancho de los Murdock), para la crianza de ganado vacuno. Aprendí a montar un corcel del revés y a tirar el lazo. Ya desde joven apuntaba maneras. No se me escapaba ni una vaca. Y mi pericia viajaba de boca en boca cuando me señalaban con el dedo y decían: "¡Mirar! ¡Mirar a ese vaquero! Come trigo y mastica fuego." Y todo el mundo me adulaba.

Crecí con Nastas, un nativo enorme que eclipsaba el sol, por quién empecé a sentir especial cariño cuando me guardó las espaldas tras el incidente del arco. Le clave una flecha al tótem de seis cabezas -tirando por lo alto, donde quedan las alas del águila- y yo no fui. Buenos tiempos aquellos. Pintábamos caras graciosas sobre los pechos de las nativas.

Viví cuarenta guerras en total. Algo que no pueden contar muchos. A mí, que no me faltaban miembros, fui testigo y partícipe de al menos tres de ellas. La primera nos pilló por sorpresa. No te voy a mentir. En plena noche, con el cadáver del jefe de la tribu de cuerpo presente. Decían que había oro en nuestro nido. Yo no vi oro por ninguna parte. Recuerdo el suceso especialmente lejano porque aún era un niño imberbe. Pero mi padre, ni corto ni perezoso, salió corriendo tras ellos (hacha en mano y sin esperar a nadie) y trajo veinte cabelleras rubias.

Llevaban fusiles, esos sucios. ¿Se puede ser más tramposo? A mi padre se le escaparon tres colonos que amenazaron al pueblo la noche siguiente. Fue entonces cuando murió mi madre. ¿Y crees que el chamán hizo algo? Sacó un palo con cascabeles y empezó a sacudirlo sobre el cuerpo. Y no solucionó un carajo (momento cumbre donde perdí el respeto por mis ancestros). Fue un duro golpe para todos. Mi padre no podía moverse. Me hermana lloraba a moco tendido sobre los cálidos brazos de mi abuela materna, la mujer más anciana de la tribu; Ma'to Wa Kan, que tenía prácticamente 70 años y no se moría.

Un día, no especialmente simbólico, escuchamos un disparo en la parte de arriba del rancho. Nadie es capaz de explicar cómo consiguió mi padre un arma en los Estados Unidos de América. Y especularon diciendo que se había suicidado; a lo que yo les contradije diciendo que, el hombre debía  estar inspeccionando el asunto y el asunto se disparó solo. Y así se apeó mi padre.

No fui al funeral. Me fugué de casa y estuve largo tiempo solo, en las cumbres del gran cañón, con la rosa de los vientos muy muy al oeste. La hoguera se vislumbraba desde lejos y no tardé en despertar la curiosidad de una tribu que había sobrevivido en Arizona. Me capturaron. Me hicieron muchísimas preguntas. Estuve seis lunas sin hablar. Me llamaban "el blanco callado." ¡Original! Porque  teníamos fama de hablar por los codos y yo no soltaba ni media sílaba. Cabe destacar que conocía el dialecto. Y cuando oí que pretendían cortarme la lengua, ahí empecé a explayarme y a trabar amistad. Cacé un búfalo, ante la duda.

Con mi nueva incorporación al pueblo, estalló una nueva guerra entre tribus que me coronó como el nuevo héroe mestizo, mitad indio, mitad culo blanco, bajo el sobrenombre de "zorro amarillo" (por mi diestra a la hora de empuñar un cuchillo y por mi facilidad para meterme en las madrigueras más femeninas). Quisieron casarme con la hija del jefe, pero me negué.

Como me quedaba mucho mundo por recorrer, regresé a mi rancho en Louisiana. Saludé a mi hermana y a mi abuela. De lejos. Fue poner un pie en el sur, y obligarme a luchar a favor de la esclavitud. Me alistaron para suplir las bajas que se estaba cobrado la temida guerra de secesión. Me calcé la vestimenta, me saqué la cartilla de soldado y me líe a tiros contra esos hijos de puta del sur de Carolina, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Texas y mi querida Louisiana. Así que deserté. Por si a alguien le interesa -como dato anecdótico- me han dedicado una foto y un puñado de palabras: Se busca, vivo o muerto: Un millón de dólares por la cabeza de Evan Murdock. Y no puedo volver.

¡Y así cogí ese viejo barco! Y me oculté como un sucio polizonte en la bodega. París olía a rata mojada, nada que ver con mi América. Alquilé un piso en los barrios bajos y me costaba un ojo de la cara llegar a fin de mes. Necesitaba dinero urgentemente. ¡Quién me iba a decir a mí que en una taberna de mierda me encontraría a mi buen amigo Nastas! Un chulazo disfrutando de su zarzaparrilla. Y me propuso un plan, a lo que yo dije: "De acuerdo, lo aremos. Pero antes déjame saborear este apetecible y vigorizante vaso de leche."

Mientras el resto de los jóvenes se dedicaban a forjar su futuro en las letras, los negocios o el campo, yo emprendí una nueva cruzada en las luchas clandestinas. Y una noche, en la que las apuestas estaban muy igualadas y la sangre cubría el suelo de la taberna, perdí por vez primera. Fue a manos de un extranjero más blanco que un folio. Fue tal la humillación que supuso para mi, que le seguí lleno de magulladuras al terminar el encuentro. Le acorralé en un pequeño callejón, culpándole de haber hecho trampas, exigiéndole que confesase qué había tomado, para conseguir tanta fuerza. Y el extranjero, enseñó los colmillos y me lanzó un zarpazo, dejándome una cicatriz en el cuello. Aún, preguntándome por qué seguía vivo, observé por última vez su silueta desvanecerse. Y desde el suelo, derrumbado por el agotamiento y la vergüenza, pude ver que la sombra se perdía en el interior de una choza. Y a los pocos días, me llegaron correveidiles sobre una mala bestia, un chupacabras que destripaba y se alimentaba de ganado y civiles. Y yo, culpándome de no haber hecho nada para evitarlo, prometí destruir a todo bicho inmortal, sin importarme morir en el intento. Algo que también hizo mi padre, a su manera.

CURIOSIDAD: Ha estado en la cárcel varias veces y los presos no quieren volver a verle u oír de él.



Última edición por Evan Murdock el 10.09.14 15:13, editado 6 veces
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Una vida interesante para un hombre que hace honor a sus andadas por el mundo antinatural.



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