Émilienne Thévenot

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Émilienne Thévenot

Mensaje  Émilienne Thévenot el 20.08.14 13:15



Humana ❧ Pianista y compositora ❧ Clase alta
Émilienne Thévenot, 33, El Havre

Personalidad

Extrovertida, creativa, divertida, risueña. Emmy siempre ha sido pura energía. Un remolino incapaz de quedarse quieta un sólo instante. Solía tener una imaginación desbordante y una mente llena de las fantasías e historias que inundaban las páginas de los libros que devoraba con avidez. Siempre envuelta en mil y un proyectos, siempre con ideas nuevas que realizar. Siempre con el entusiasmo y la curiosidad brillando en los ojos.

Émilienne disfrutaba de los bailes, de las cenas y fiestas, de las exposiciones, de la ópera y el teatro. Disfrutaba en los conciertos, o de salir a pasear por el parque o por la orilla del mar, cuando aún vivía en su ciudad natal. Invertía su tiempo en la pintura y en la música, dos amantes para las que siempre tuvo un talento envidiable. Sus manos inquietas siempre trazaban dibujos, bocetos, o escribían fragmentos de alguna nueva pieza musical en cualquier trozo de papel a su alcance. Y, aunque no cantaba especialmente bien, era frecuente escuchar su voz alegre en cada rincón de la casa.

Su sola presencia era suficiente para amenizar cualquier velada. Nunca fue la más bonita de sus amigas, pero siempre fue la que más atenciones reclamaba. La alegría que emanaba era contagiosa. Poseía la risa más luminosa de toda Francia…

Pero toda aquella vitalidad, aquellas ganas de vivir, aquella alegría, se fue marchitando a medida que su vida comenzó a ser una pesadilla de la que era incapaz de despertar. Aquella muchacha alegre y espontánea ahora parece la mujer más triste de la ciudad.

Ya no disfruta de los bailes, de las reuniones de sociedad. Cada vez es más difícil para ella relacionarse con otra gente, salir del refugio en que se ha convertido el estudio que posee en esa prisión a la que le gustaría llamar hogar. Aquella joven espontánea y atrevida ahora vive atenazada por el miedo, del que no sabe cómo escapar.

Siempre triste, siempre melancólica, insegura y esquiva. Silenciosa. Émilienne, pese a tratar de aparentar normalidad, cada vez le cuesta más enfrentarse al mundo. Por miedo a las represalias, ha cortado la relación con casi todas sus amistades, en especial las masculinas, y apenas conserva un par de amigas leales que, ella cree, están ignorantes a su desgracia.

La culpa la acosa a cada instante. Vive enajenada y completamente anulada. Conceptos como el amor o el respeto, para ella, se han trastocado. Como instinto de protección se ha forzado a sí misma a entender y justificar la actitud de su marido, al que siempre ha amado y al que, por alguna razón, es incapaz de dejar ni abandonar. Cree sus excusas y se siente responsable de todas las veces que él le pone la mano encima. Y siempre parece creer que la vez anterior, será la última, como él promete. Una adicción fatal que sabe que acabará por costarle la vida.

Historia

Émilienne Jouvet nació un 19 de mayo de 1840 en El Havre, en una casa junto al mar. Desde pequeña le gustaba correr a lo alto del acantilado para volar la cometa que su padre le había regalado. O se sentaba a pintar el mar y los barcos en la lejanía, y las olas rompiendo contra las rocas. Cuando el viento soplaba fuerte, con inconsciente temeridad, se acercaba al borde del acantilado y extendía los brazos dejando que la espuma del mar la salpicase con cada ola.

Siempre fue una niña inquieta y más de una vez se ganó alguna reprimenda por sus travesuras. Era la mayor de cuatro hermanas y un hermano varón, el más pequeño de los cinco. Solía coger ropa de los armarios y cajones y disfrazarlos, e improvisar para ellos obras de teatro que ella misma inventaba. A veces, se colaba en la cocina para robar los pasteles cuando estaban recién hechos. Siempre fue una niña golosa.

Aprendió a tocar el piano desde pequeña y, con once años, ya se intuía el talento que poseía. Sus profesores la animaban a seguir potenciando aquel don que poseía. Pronto empezó a componer ella sus propias piezas. A veces, simplemente, sentándose frente al instrumento e improvisando. Otras, pasaba horas y horas encerrada en el estudio escribiendo notas musicales en un papel. Su padre era el que más disfrutaba escuchándola tocar.

Cuando se convirtió en una mujer, Émilienne sabía cómo hacer las delicias de cualquiera. Para sus amigas, era una chica divertida y espontánea con la que siempre pasar un buen rato. Para las señoras, una encantadora mocita, educada y correcta, con la que poder conversar ante una taza de té. Para los hombres, una muchacha bonita, carismática y atractiva, más interesante que el resto de mujeres a su alrededor, que parecían todas cortadas con el mismo patrón.

Emmy resultaba un buen partido. A los dieciséis años ya había dado su primer concierto oficial, el despertar de una exitosa carrera artística que dura hasta el día de hoy. Su prestigio, junto a su excelente educación, y sin olvidar la próspera mina y los astilleros que poseía su padre, claro, lo que la convertían en la hija mayor de una de las familias más acaudaladas de El Havre; pronto le atrajeron una importante colección de pretendientes. Algunos, más interesados en ella. otros, más interesados en su dinero.

Pero a diferencia de la mayoría de las mujeres de su edad y posición, Émilienne se casó enamorada. Nunca hubo más hombre en su vida, ni lo habrá, que el que consiguió llevarla al altar el 21 de Julio del año 1859. Maximilien Thévenot era el único hijo de una acomodada familia de terratenientes. Con una fortuna superior a la de la familia de Émilienne, su única intención de acercarse a ella fue una profunda admiración.

Maximilien era un joven atractivo, educado y culto. Amable, cariñoso y romántico. A pesar de las iniciales negativas por parte de Émilienne, consiguió con constancia y perseverancia enamorarla. A Maximilien nadie podía negarle nunca nada. Era demasiado encantador. Siempre la trató como si fuera una reina, con una devoción absoluta. Respetaba y admiraba su carrera como pianista, incluso potenció su talento en la pintura, abriendo para ella una pequeña galería donde ella pudiera exponer sus pinturas. Por decisión mutua, si vendía alguno de sus cuadros, donaban el dinero a algún hospicio de la zona.

Pronto Maximilien quiso ampliar sus horizontes y decidió invertir en varios y arriesgados negocios. Se trasladaron a París, aunque conservan la residencia de El Havre. Al principio, todo fue bien. Eran felices y los negocios parecían funcionar. Maximilien compró una coqueta casita a las afueras de París, en el campo, para Émilienne. A ella le gustaba pasar allí largas temporadas, rodeada de paz, para poder pintar y componer sin distracciones. En aquella época de bonanza, decidieron que era un buen momento para intentar tener un hijo.

Pero tantos años de felicidad debían cobrarse sus intereses. A los pocos meses de quedar embarazada, Émilienne fue acosada por fuertes dolores que la obligaron a postrarse en la cama. Estaba débil, febril. Y los médicos poco o nada podían hacer por ayudarla a ella o a la criatura, simplemente intentar mantenerla lo más tranquila posible. Su marido trató de pasar con ella el mayor tiempo posible, incluso descuidando sus obligaciones profesionales.

Émilienne finalmente perdió el niño. El aborto la dejó varios días en la cama, en un delirio febril entre el sueño y la vigilia. Cuando despertó y por fin pudo salir de la habitación, todo su mundo se había desmoronado. Había perdido a su hijo y estaba perdiendo a su marido. La culpó de haberle hecho perder la mejor oportunidad empresarial que había tenido desde que llegaron a París. Por cuidar de ella, no había acudido a una reunión con un posible inversor y había acabado rompiendo el acuerdo.

Tardaron tiempo en superar aquello. Pero Maximilien consiguió otros inversores y la salud de Émilienne pronto se recobró. Los doctores le dijeron que podría intentar tener otro hijo y la esperanza los inundó de nuevo… de nuevo se rompió en pedazos. Con cada nueva negativa, con cada nuevo aborto, su matrimonio se iba resquebrajando. Maximilien se centraba cada vez más en los negocios y cada vez se refugiaba más en el alcohol. Su carácter se fue agriando y cada vez pagaba con más frecuencia con ella su frustración.

Las discusiones y los reproches se volvieron constantes. La confianza se fue minando. Émilienne cada vez pasaba más y más tiempo en la casa de campo y eso sólo logró alimentar en Maximilien unos celos irracionales que creía que, cada vez que su mujer se alejaba de él era para refugiarse en los brazos de otros hombres. Cada vez se volvía más posesivo, más controlador y celoso y, sin embargo, cada vez se alejaba más de ella.

La primera bofetada hizo añicos el cuento de hadas en el que creía haber vivido. Fue durante una reunión en casa de unos conocidos. Émilienne trató varias veces de detener que siguiera bebiendo. Intentó ser discreta, pero con cada copa, Maximilien se iba poniendo más y más en evidencia. Cuando, avergonzada, trató de quitarle la última copa que se había servido, Maximilien la abofeteó en público, delante de todos los presentes, despotricando en voz alta sobre por qué ella se cría con derecho en decirle lo que debía o no debí hacer.

La humillación dolió más que el golpe. Aquel día fue un punto de inflexión. Maximilien le pidió perdón después de aquello. Parecía destrozado, hundido. Después de aquello, volvió a ser el hombre atento y cariñoso del que se había enamorado. Dejó de beber tanto. Empezaron de cero. Émilienne creyó que aquello había sido un punto de inflexión, el fondo de su relación, y que a partir de entonces todo volvería a ir a mejor.

Que equivocada estaba. Aquella bofetada sólo era la punta de un iceberg que no tardaría en dar la cara. La paz duró tanto como tardó en llegar su siguiente fracaso empresarial. Uno de los negocios se fue a pique, un accidente en un fábrica provocó que alguno de los inversores retirara su dinero por miedo a verse implicados en un escándalo. La fábrica tuvo que cerrar y Maximilien tuvo que vender una de sus tierras para saldar la deuda con aquellos clientes a los que no podrían responder los contratos. Maximilien volvió a beber y ella a lidiar con los estragos de su mal humor.

Cada vez sus golpes eran más constantes, más violentos. A veces tenía que pasar días encerrada para ocultar los golpes y marcas. Cada vez tenía que inventar más excusas, que conforme pasaba el tiempo resultaban menos y menos creíbles. Los hijos seguían sin llegar y, con cada embarazo infructuoso, Émilienne tenía la sensación de haber fracasado más en su vida. Cada discusión suponía para Maximilien una provocación, Con el tiempo se fue volviendo más paranoico, más inseguro. Convencido de que Émilienne acabaría abandonándolo, veía enemigos en todas partes, falsos amantes. Tras ser la causa de varios enfrentamientos entre su marido y algunos de sus conocidos varones, ella dejó de tener trato con el sexo opuesto, esperando de algún modo apaciguar los celos de su marido.

Con cada pelea, con cada golpe, Maximilien vuelve destrozado y pidiendo perdón. Le jura que no lo volverá a hacer, le jura que la quiere, que es lo único que ama en su vida. Émilienne sabe que, en el fondo, es verdad. Nunca le ha conocido otra amante, nunca nada le ha hecho pensar que frecuente la compañía de otras mujeres. El miedo a perderla es lo que hace que pierda los nervios de esa manera, convirtiendo la convivencia en una bola de nieve cada vez mayor y que acabará en desgracia. Y ella, sigue amándolo, creyendo sus promesas, con la esperanza de que vuelva el hombre del que una vez se enamoró. No importa el daño que le haga, ella no es capaz de abandonarlo.

Lo único que aún la mantiene con fuerzas es su carrera artística. Lo único de la antigua Émilienne que Maximilien no le ha robado. Pero ahora, cuando toca el piano, todo París parece llorar con ella.

A veces, amar intensamente no significa saber amar.

avatar

Personaje no jugador
Mensajes : 45
Fecha de inscripción : 18/08/2014
Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Émilienne Thévenot

Mensaje  Evan Murdock el 20.08.14 15:46

Ficha Aceptada
¡BIENVENIDO!

El matrimonio es como una jaula; uno ve a los pájaros desesperados por entrar, y a los que están dentro igualmente desesperados por salir.
***
¡Puedes proseguir con los registros!

avatar

Personaje no jugador
Mensajes : 676
Fecha de inscripción : 15/05/2011
Datos importantes : FICHA // RELACIONES
BAÚL
Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.