La bella Italia. || Nicholas Archer

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La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 09.10.14 9:56

Su cruz y castigo. El hombre al que amaba, entró en su dormitorio. Hoy estaba de buen humor. Lo evidenciaban sus ojos brillantes y aquella sonrisa radiante de la que se enamoró. De nuevo, volvía a ser el hombre que hacía que su corazón latiese agitado con su mera presencia. Continuaba haciéndolo, sólo que las más de als veces era el miedo el que provocaba aquella reacción, y no el deseo. Pero, aquella mañana, su sonrisa encontró eco en el pálido rostro de su esposa cuando rodeó su cintura estrecha con las manos y la besó en los labios con aquel profundo amor que sentía.

– ¿Qué ocurre, cariño?

Émilienne le acarició la línea del cabello, retirando un mechón de su cabello rebelde de la frente. Siempre le había encantado hacer eso, recorrer con sus dedos finos cada centímetro de la piel de su marido. Como una niña curiosa e ingenua dando sus primeros pasos, reconociendo el mundo, a ella le gustaba descubrir las sorpresas que aquella piel, aquel cuerpo que amaba, le escondían. Por desgracia, no todas las sorpresas descubiertas habían sido placenteras y, bajo la piel, aguardaba un monstruo dormido.

– ¿Recuerdas que me pediste que hiciéramos un viaje? ¿Tú y yo solos? Una segunda luna de miel...

***

Italia. Un magnífico país. El esplendor, el arte, la historia viva compartiendo las calles con las soberbias construcciones más modernas. Un reflejo del imperio que una vez fue allí su sede y apogeo y que, a pesar de los años que les separaban de aquello, todavía era capaz de cortar el aliento con su grandeza. Émilienne siempre había querido conocer Italia, recorrer sus calles, sus plazas, sus catedrales y mausoleos. Contemplar la belleza de cada pieza de museo…

Y aún así, no era capaz de entusiasmarse con aquel viaje, aunque fingía sonrisas y complacencia cuando Maximilien estaba cerca, tan henchido de orgullo y satisfacción como un pavo real. Ella, pobre ingenua, había creído que aquel viaje era, como ella le había pedido, una oportunidad de empezar de cero. Pero sólo era otro viaje de negocios. ¿De verdad había sido tan estúpida de creer que él haría algo así por ella?

Pero ella era su esposa, y como tal debía acompañarle a las cenas y eventos sociales. Era su deber, sonreír y fingir una perfección que estaba lejos de existir. Maximilien la necesitaba para mantener aquella imagen de seriedad, respeto y triunfo que la sociedad imponía.  Su matrimonio no estaba bien avenido, pero eso no importaba. Émilienne era una buena esposa, dulce, culta, educada y talentosa. ¿Para qué querría Maximilien una esposa así si no era para exhibirla en sociedad?

Ella ya sabía que no tendrían tiempo para ellos dos. Tiempo para disfrutar de aquel viaje como la pareja que eran. Tiempo para reconstruir el amor que se les había resquebrajado. Reuniones de negocios, cenas de compromiso, tal vez algún baile en el que él trataría de obtener un buen acuerdo, un gran beneficio mientras ella, aparcada en una esquina, vería pasar las horas rezando porque todo saliera tal como él había planeado pues, las sonrisas que fingía ante el resto, se volverían endemoniadas cuando, a solas, pagase con ella su frustración.

El carruaje se detuvo delante de la puerta principal de la mansión. Maximilien había recibido una invitación formal del caballero con el que pretendía hacer negocios para cenar y, por supuesto, la invitación se hacía extensiva a su esposa. Habían llegado a Italia la noche antes, y aquella misma mañana había llegado la misiva con un mozo, dándoles la bienvenida a la ciudad y ofreciéndoles su hospitalidad y su morada.

Tal y como se esperaba de ella, Émilienne se había arreglado a conciencia para la ocasión y, cuando el cochero le abrió la puerta y le tendió la mano para ayudarla a bajar del carruaje, esbozó una sonrisa en su rostro que no debía abandonar en toda la noche. Sin embargo, para el ojo experto, la tristeza se reflejaba en sus ojos, en aquella mirada siempre melancólica que, de un tiempo a esta parte, jamás la abandonaba.


El aspecto de Émilienne:
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 13.10.14 4:27

Viajé en las bodegas de un barco mercante. El personal que gritaba en cubierta bajo el cielo encapotado, el capitán que transportaba la mercancía y se aferraba al timón, Las velas grises que luchaban contra el viento, las riquezas, mi ataúd, cada clavo, madera y rata que allí se mecía, eran de mi propiedad. Incluso el mar y sus monumentales olas eran de mi propiedad. Nadie lo discutía, nadie me había visto nunca, en sus cabezas mi figura era una incógnita estremecedora. Controlaba la ruta de las indias, mis negocios eran prósperos en París. Aún no existía una sola cosa que desease y no tuviera, aún menos inalcanzable. La tormenta no impediría que llegase a tierra, aunque puede que aquellos peones que correteaban por la cubierta se ahogasen en las profundidades junto al 0,001 porciento del capital que viajaba conmigo y que no era ni una quincuagésima parte del capital que inundaba mis arcas. Tenía algo en mente, un proyecto a gran escala. Tras haberles robado a mis compatriotas (y caballeros de la mesa redonda) todos sus tesoros, y después de las ganancias que había consiguiendo con... ¿mis nuevas amistades?, mi siguiente paso era apoderarme del mercado italiano (la aceituna y el aceite de oliva), algo que hasta la fecha ni me había planteado, pero la improvisación tristemente me vence. Había oído que en Italia escaseaban los recursos agrarios, que la pobreza en determinadas regiones (y hablando en plata) era similar a la de un país del tercer mundo, y sinceramente, esto era un bocado irresistible para alguien como yo.

Durante el transcurso del viaje, en la soledad de mi ataúd, pensé en la última discusión que mantuve con Sir Bors. Mi creador no lograba entender qué bicho me había picado y qué demonios hacía yo en Italia, planeando negocios futuros con un caballero de título y reputación empresarial cuestionables. El señor Thévenot, sin ningún tipo de pudor, me abordó hace unas noches durante una de mis visitas clandestinas a una perfumería recién inaugurada, y creo que el cielo se abrió ante sus ojos cuando escuchó a los trabajadores murmurar mi apellido. Habló de sus negocios, de la incompetencia, del mercado de valores, de las pequeñas empresas que prosperan con ayuda de los más poderosos, etcétera. ¡Ah! Y también habló de su mujer. Por supuesto, el señor Thévenot no mencionó la vergüenza y la derrota que escondía bajo sus nerviosos gestos. Por un momento pensé que si seguía moviendo las manos con esa energía terminaría por sacarme un ojo. Creo que fue su frustración lo que consiguió convencerme. Era débil, algo vergonzoso desde mi punto de vista. Recordé cómo era mi vida en los días pasados, junto al rey, masacrando legiones, orgulloso de mi escudo y apreciado por mi reina. Nunca la decepcioné. Podía culparme de un millar de deslices involuntarios, acciones que salían de mí por sí solas dictadas por algo más grande que la imposición, pero jamás le permitiría echarme en cara que no luchase por el reino o que no combatiese contra lo sajones trayendo más cadáveres que la propia peste. Arturo solía decir que para conocer a un hombre, bastaba con conocer a su mujer. Y aunque tenía gracia porque a Ginebra la tacharon de infiel, realmente me interesé en conocer a la esposa del señor Thévenot. ¿Quién era ella? ¿Cómo vivía? ¿Qué la provocaba rechazo? ¿Qué pasiones la encendían? Mis razones eran más que suficientes. Sobra decir que no iba a arriesgarme a hacer negocios con un perdedor que me abordaba en mitad de una perfumería delante de todo el mundo y sin cita previa. A mí nadie me regaló nada.

El barco llegó a la isla pese a los contratiempos. Me trasladaron (dentro del ataúd) hasta la mansión. Una casa acogedora, un lujo que me permití comprar para los meses de verano. Cuando llegué allí, abrí la tapa saliendo del sarcófago con la diestra de un hombre descansado que parece que lleve durmiendo una eternidad. Hasta me sobraron unas horas para dar una vuelta por las calles y alimentarme de dos víctimas. A la hora de la cena, les esperé de pie en el gran comedor, apoyado en la chimenea sin dejar de contemplar las llamas que me acompañaban en aquel sepulcral silencio. La mesa estaba a rebosar de bandejas, alimentos de los que no probaría ni un sólo bocado. Ya me encargué de que el mozo les explicara que no pensaba comer. Que acaba de llegar y que un viejo amigo me había invitado a un banquete sin previo aviso, la excusa perfecta. No me apetecía comunicarles la noticia personalmente. Me agotaba tener que decir siempre lo mismo. Estábamos allí para hablar de negocios, para nada más, no para criticar mi descortesía o mi apetito. Ése no era el tema de conversación central.

La madera rebentó en la chimenea cuando el mozo hizo acto de presencia en el comedor, corriendo, como de costumbre -¡Señor, ya están aquí!- Esto es lo que pasa cuando no te encargas tú mismo de contratar al servicio. Así nos va... Le miré sin mirarle desde el otro lado del comedor. El mozo se hizo muy pequeño -El señor y la señora Thévenot- primero entró el caballero, a quien estreché la mano en un apretón que le hizo respingar -Señor Thévenot- y luego entró su mujer, con aquella sonrisa de cabo a rabo  -Señora Thévenot- Sonreí  divertido besando su mano con los labios templados. Quizás fuese toda una actriz capaz de engañar a un aglomerado público. Pero si hablamos de mí... ¿Quiere que hable de mí? No quería incomodar al marido, parecía un poco tenso y no me quedó otro remedio que liberar enseguida su mano. Caminé hacia la mesa y con la intención de que me acompañasen  -le agradezco que haya venido, señora Thévenot- dije dándoles la espalda y con las manos en los bolsillos -El día que nos conocimos, su marido no dejó de hablar de usted. Que sí Émilienne por aquí, que si Émilienne por allá...- me reí. Apenas habló de ella. Las veces que lo hizo fue porque yo pregunté, prácticamente le interrogué. Lo que intento decir es que me estoy tirando un farol de órdago -Por un momento creí que el negocio era usted- bromeé desabrochando un botón de mi chaqueta antes de tomar asiento -Pero no es por usted por lo que estamos aquí, ¿verdad?- si mi creador estuviese, se acercaría a mi oído y me susurraría perspicaz: "¿En serio?" Estaba algo callado, raro en él. Aunque nos separaban kilómetros de distancia podría haberle oído. Incluso llegué a echarle de menos, raro también. -Por favor, señor Thévenot, no se siente junto a su mujer, no está bien visto, su mujer debería sentarse conmigo- comenté insistiendo en ello -Sólo es un protocolo, hay que respetarlos- murmuré absorto, observando los rasgos de Émilienne con detalle. No quería dejarme ninguno en el tintero pese a interesarme más lo que escondía su mirada -¿Ha tenido un viaje aburrido, señor Thévenot?- No..No me había olvidado él.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 27.10.14 8:32

Los salió a recibir un mozo. Un muchacho joven y agitado que se notaba que había salido de un hogar humilde y el poder servir en aquella casa, a  aquel señor, era como si se le hubiera abierto el cielo. El chiquillo con prisas provocó que Maximilien frunciera el ceño y, sin embargo, arrancó una sincera sonrisa tierna de los labios de Émilienne, que se aferraba al brazo de su esposo con delicadeza.

– El señor Archer les espera en el salón principal. La cena está servida. Pide de antemano que le disculpen por no poder acompañarles. Ha regresado hoy a Italia y le han recibido con un compromiso que no ha podido rechazar.

A Maximilien parecía darle lo mismo que el señor Archer cenara o no con ellos o que se pasara toda la velada haciendo malabares con tal de que firmara el acuerdo al acabar la noche. Sin embargo, Émilienne no dejaba de pensar por qué los había citado en Italia cuando él mismo había tenido que trasladarse allí o por qué les había convidado para cenar si le habían surgido otros compromisos inexcusables. La comida del día siguiente era igual de adecuada para recibirles.

Maximilien puso las palabras en la boca de los dos y le dedicó al mozo una serie de galanterías sobre el señor Archer y sobre lo amable que era por buscar un hueco para ellos en sus compromisos como si el señor Archer estuviera allí para escucharlas. Émilienne, sin embargo, se mantuvo en silencio, como debía ser, y mantuvo la sonrisa sin añadir nada al respecto, caminando tras el mozo para entrar a la mansión.

Era sencillamente maravillosa y el gusto con el que estaba decorado, exquisito. No había detalle dejado al azar. La limpieza era impecable. Los muebles eran sencillos, pero con esa elegancia del que sabe que no necesita la ostentación para demostrar la posición de la que hace gala. Los cuadros que adornaban las paredes tenían algo de épico, de idílico. Eran escenas de caballería que te transportaban al medievo delicioso de las leyendas artúricas. Lienzos hermosos que, siendo de autores desconocidos, poseían el talento de los grandes artistas.

En el salón, el señor Archer los recibió con educación. Era mucho más joven de lo que ella se había imaginado, teniendo en cuenta los negocios que, según su marido, poseía y los bienes que había acumulado. Posiblemente incluso era unos años más joven que ella misma. El gesto casual de hablar con las manos en los bolsillos, a Émilienne se le antojó un gesto de cierta arrogancia. Tampoco vio necesario que la mirase de forma tan directa a los ojos cuando le besó la mano, ni la sonrisa que curvaba sus labios al hacerlo. Visto el modo en que el brazo de Maximilien se tensó bajo el suave agarre de su esposa, estaba claro que él también lo consideraba totalmente inadecuado.

Sin embargo, la atención de Émilienne pronto se esfumó de su anfitrión cuando este hizo referencia al modo en que su marido la había ensalzado el día que ambos se habían conocido. Miró al interpelado de reojo y le dedicó una sonrisa enamorada y casi ingenua. Sin embargo, él no le prestaba atención, estaba muy ocupado mirando al señor Archer con la mandíbula apretada. Al parecer no le había caído demasiado bien el comentario de que “el negocio” era ella. La pianista apretó delicadamente el brazo de su marido para tranquilizarle. Lo que menos deseaba es que la noche comenzara con tensiones absurdas.

Émilienne se acercó a la mesa dispuesta a sentarse a la izquierda del anfitrión, como era lo esperado. Maximilien quiso sentarse a su lado, pero Archer se lo impidió. Aun así, su marido tuvo el detalle de colocar la silla para su esposa antes de tomar asiento a la derecha del señor Archer, dejando al anfitrión en la cabecera de la mesa, entre medias de ambos. Ella elevó la mirada para encontrarse con la de su marido, frente a ella, y sonreírle tranquilizadora, fingiendo que no se percataba del modo tan intenso en que la miraba, pero en seguida la voz del señor Archer le hizo desviar la atención.

– Ha sido un viaje tranquilo, señor Archer. Nunca antes habíamos estado en Italia. Émilienne tenía muchas ganas de conocer esta ciudad. Mi mujer es una apasionada del arte, como creo que ya le comenté en nuestra anterior cita. Y una pianista excelente. Debería escucharla interpretar alguna pieza tras la cena.

– Querido, ustedes dos tienen temas más importantes de los que tratar esta noche. ¿No crees?

No, no le gustaba que la exhibieran como si fuera un mono en una feria ambulante, pero también sabía que si a su marido se le había antojado utilizarla para agasajar a su posible socio, poco o nada iba a importar lo que a ella le apeteciera o no le apeteciera hacer. El servicio les sirvió el primer plato, una crema suave de olor especiado. A Émilienne le resultaba incómodo comer bajo la atenta mirada de señor Archer, pero se obligó a probar un poco de la crema por educación. El sabor era tan delicioso como el olor, de eso no cabía duda.

– Tiene usted una casa maravillosa, señor Archer. De un gusto exquisito. ¿Se ha encargado personalmente usted de la decoración? – Le hizo un gesto educado al sirviente que le llenaba la copa de un vino rosado y dulce para que se detuviera. Nunca le había sentado bien beber y apenas se mojaría los labios por cortesía. – Los cuadros son una delicia. ¿Quién es el autor?

– En qué cosas se fijan las mujeres. ¿Verdad, señor Archer? – Dijo Maximilien con una sonrisa divertida en los labios esperando que su anfitrión compartiese la chanza de su comentario. En realidad, cualquiera con un poco de sensibilidad artística se habría detenido a mirar dos veces aquellos lienzos. Y Maximilien hubo un tiempo en que fue así, un hombre culto que disfrutaba del arte y de la belleza. Pero de un tiempo a esta parte en su mente sólo había sitio para los negocios y por un propósito absurdo de escalar a otra posición social.

Émilienne sonrió y se calló, volviendo la atención al plato de crema que sólo había probado cuando se la sirvieron y lo removió con la cuchara sin comer realmente. El corsé le apretaba bajo el pecho, el vientre y los costados, obligándola a mantener la espalda recta, y tampoco le permitía comer con facilidad. Hubiera alabado a la cocinera, o al cocinero, pero posiblemente Maximilien volvería a responder con un comentario sobre la banalidad de sus intervenciones, así que decidió mantenerse en silencio.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 02.11.14 21:33

Debí parecerles algo fuera de lo común; un hombre de tan corta edad, despilfarrando su dinero en caprichos y en negocios inadecuados. Como si nunca fuera suficiente.  Bien es cierto que había logrado amasar una fortuna y no sabía lo qué hacer con ella. Pero tampoco podía parar. De alguna manera me tranquilizaba rellenar los espacios vacíos con objetos materiales sin utilidad. En eso no había cambiado nada, seguía siendo un loco sediento de gloria.  Con el tiempo la ansiedad iba acrecentándose y era como un ácido corrosivo. Te comía por dentro. Remontándome atrás, a la Britania medieval, conquisté a la mujer más deseada del imperio con tan sólo 20 años. Me sacaba una decena, mujer de nacionalidad romana. Lo que más le torturaba era la sensación de ridículo, odiaba haberse convertido en una de esos vejestorios  en su fase más decadente. La perspectiva de Ginebra era negra y pesimista, atormentada por ser la causante de mi deshonra hacia el rey (cuyo título otorgado, el de mejor caballero, quedaba en duda ) y avergonzaba de sentirse atraída por alguien más joven y de mayor vigor, posiblemente buscando en mí lo que no supo encontrar en su marido. El amor no tiene edad... le decía yo. Si Ginebra era ridícula, sólo se debía a esos injustificados prejuicios.  
Émilienne debía rondar los 30. Pelo castaño-rojizo con destellos de cobre, labios incitadores y una mirada vacía. Casi la imaginaba sentada en un trono con gesto indescifrable y la sonrisa de la Gioconda. Considerada una divinidad a ojos de la corte, no dirigía su mirada hacia nada en concreto; era una estatua exhibida en medio de un salón claustrofóbico; y yo pulía mi armadura, la más vistosa entre todas las demás. Todo con tal de captar su atención. Bajé la vista jugueteando con la punta de una servilleta mientras el señor Thévenot narraba la travesía.

-Ha sido un viaje tranquilo, señor Archer- Tranquilo. Eufemismo de Aburrido. No iba mal encaminado. Me guardé el comentario tras una sonrisa desganada -Nunca antes habíamos estado en Italia- ¿Con lo bonita que es? -Émilienne tenía muchas ganas de conocer esta ciudad- compartí  con ella un gesto de apreciación mostrando mi interés por sus inquietudes. Su marido, por el contrario, me aburría soberanamente, nada extraño. Añadir que odiaba ir de "sujeta velas" de la pareja. La envidia comenzaba a estrangular mi cuello. No era un secreto que ellos gozaran del privilegio del matrimonio. Para mí era sagrado, nunca tuve uno -Mi mujer es una apasionada del arte, como creo que ya le comenté en nuestra anterior cita. Y una pianista excelente. Debería escucharla interpretar alguna pieza tras la cena- habría estado bien que me facilitase algún dato nuevo, el color de su lencería por ejemplo. Pero bueno, lo dejaríamos pasar. Interesado en cuáles eran sus compositores favoritos, abrí la boca sorprendentemente interrumpido para volver a cerrarla después -Querido, ustedes dos tienen temas más importantes de los que tratar esta noche. ¿No crees?- Oh... No me digas que le incomoda el comentario.
-No, no se disculpe- ¿Acaso detestaba ser exhibida en sociedad como si fuera un objeto de recreo, algo atractivo y reluciente? -En tal caso estaré encantado de cederle el instrumento para que interprete una pieza- No es que apoyara el gesto de desfachatez del señor Thévenot (ofreciendo a su mujer sin consulta alguna), pero realmente estaba intrigado y deseaba escucharla -Dicen que la música amansa a las fieras. ¿Y que son dos empresarios sino dos lobos sedientos de sangre? Tocará algo para nosotros cuando terminen de cenar- sentencié. Y lo que yo decía iba a sacramento. Me extrañó que fuese capaz de hacerme el feo de no concederme al menos un recital. Ya que les abrí las puertas de mi casa y les estaba cebando como a dos marqueses, no podía esperar menos. Además, era uno de esos locos con demasiados fetiches. Observar a la señora Thévenot llevarse con cuidado la cuchara a la boca era mi propia visión de La Capilla Sixtina, casi sexual. ¿Inquieta por mí, o le pasa algo a la crema? No tenía mal color. De ahí a admitir que oliera bien, existía más que un trecho. La comida se me antojaba repugnante.

-Tiene usted una casa maravillosa, señor Archer. De un gusto exquisito. ¿Se ha encargado personalmente usted de la decoración?- Un detalle haber reparado en... -En qué cosas se fijan las mujeres. ¿Verdad, señor Archer?- Bien, hoy está visto que no me dejarían hablar ni un minuto, y eso que yo tiendo a alargarme. El caballero no podía ser más pelota, tratándome como si fuera su camarada. Un poco más y me invita a brindar mientras nos reímos de ella. ¿Ya es mi turno? Le quité importancia y decidí dejarle por los suelos:
-Pues no es tan raro, señor Thévenot- comenté -Es obvio que las mujeres son más sensibles, ven símbolos donde nosotros no vemos nada, en ello recae su atractivo- apoyándome en su respaldo, me incliné para coger la botella y servir más vino en la copa de Émilienne, sin que me lo pidiese, y a sabiendas de que no le gustaría -El misterio que las rodea y el afán por querer comprenderlas, es lo que nos provoca inquietud y nos vuelve completamente locos- al terminar dejé la botella a un lado sonriéndola con afabilidad -Por eso nos casarnos con ellas- ¿Si no, para qué iba un artista a inmortalizarlas en un lienzo? Nada me habría gustado más que retratar su cara en aquel instante, sosteniendo su mirada hasta el final, buscando el secreto que ocultaba, a pesar de dirigirme a su marido en todo momento -No estoy de acuerdo, señor Thévenot, para mí no es motivo de burla mirar el mundo con otros ojos. Eso denota que no es una ignorante- seducido por la idea, bajé mentalmente un tirante del vestido, un error bien calculado que corregí enseguida situándolo en su sitio con un dedo. Y tenía algo más que añadir, un comentario personal -Nunca habría invitado a mi casa a una mujer florero que sonríe cuando no tiene ganas. He aquí mi cubo de agua fría. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Los cuadros... Hice un gesto de mano para que el criado retirase los platos y trajera la carne. Actuó con torpeza sacándome de mis casillas.

-Me alegra que encuentre atrayente la decoración- soy algo meticuloso pero no estoy amujerado -Aún así he de confesar que no tengo tanto gusto, ni tanto tiempo, y menos aún interés, en la ornamentación de interiores- suspiré repiqueteando los dedos contra la mesa -En cuanto a los cuadros...- eran magníficos, dignos de un buen imitador. Los matices, los colores empleados, la profundidad de los paisajes; estaba orgulloso de todos ellos -ahí no puedo mentir. El autor soy yo- ¿Impresionada? Sonreí como un tunante dispuesto a alardear con gesto casi indiferente -También soy dueño de una galería prerrafaelista en la segunda planta. Entre mi colección podemos encontrar a pintores de la talla de William Waterhouse, Everett Millais, Dante Gabriel Rosetti, o la obra de William Morris "Queen Guinevere". Todos inspiraron sus lienzos en los paisajes y la literatura medieval de la antigua Gran Bretaña. ¿Qué puedo decir?- ¿Ahora es cuando me vendo? -Soy inglés, aprecio el arte, la buena lectura y... encuentro fascinante el misticismo.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 10.11.14 12:21

Qué sorpresa. El señor Archer se puso de lado de su marido. No le hubiera importado tocar para él, por cortesía, si se lo hubiera pedido, pero como Maximilien, lo que hizo fue exigirle que lo hiciera, sentenciando su voluntad de forma inamovible. ¿También estaba casada con él y no lo sabía? Apretó los labios y su inconformidad solo fue apreciable en una pequeña arruga en su entrecejo que desapareció tan pronto como había aparecido, como si jamás hubiera existido.

– Será un placer entonces tocar para usted, señor Archer.

Y le sirvió más vino, de nuevo sin consultar, como si Émilienne o su marido le debiesen algún tipo de pleitesía. Esta vez sí, no pudo evitarlo y levantó la mirada, fijándola en aquellos ojos fríos con cierta determinación, dejando ver, por una fracción de segundo, la mujer que había sido. No le importaba que con su boca estuviera contradiciendo los inoportunos comentarios de su marido si, con sus gestos, estaba haciendo su santa voluntad exactamente igual que él.

– Muchas gracias, señor Archer, pero no me gusta beber.

Ni le gustaba que hablasen de ella como si no estuviera delante. Y mucho menos aquella acusación velada que el señor Archer le lanzó sin que Maximilien se diera cuenta. “Una mujer florero que sonríe cuando no tiene ganas.” ¿En eso se había convertido? Probablemente sí, pero no había sido su elección. En otro tiempo se sentía con la libertad de dar su opinión y de mantener una conversación profunda, pero ahora estaba cansada de que sus palabras provocaran el enfado injustificado de su marido, o su burla.

Archer hizo un gesto y el sirviente retiró la crema que Émilienne no había probado y también el plato de su marido. Su torpeza le arrancó a Émilienne una sonrisa sincera y, al señor Archer, una mirada reprobatoria. Cogió la copa con delicadeza y se la llevó a los labios, humedeciéndolos suavemente con el dulce y afrutado caldo. Al menos dulce en primer contacto, porque poco después ciertos matices ácidos explotaban en la lengua. Era un vino exquisito, y sin duda Maximilien pensaba igual, pues era la tercera vez que se servía.

Cuando declaró que él era el autor de los cuadros Émilienne se descubrió con que no estaba sorprendida. En realidad, casi se lo esperaba. Ya creía haberse hecho una imagen mental del tipo de caballero con el que estaban tratando. Que, por cierto, aún no había dedicado un segundo a los planes empresariales de su esposo y cuya mirada sobre ella se volvía a cada momento más audaz Empezaba a incomodarse. La sonrisa de suficiencia cuando reclamó la autoría de los cuadros le hizo rodar mentalmente los ojos, aunque su imagen exterior seguía siendo tan inamovible como la de una estatua de mármol.

No le daría el gusto de alabar su talento. Ya lo había hecho y consideraba innecesario seguir haciéndolo. El ego del anfitrión no necesitaba más incentivos, y en el caso de que le hicieran falta, Maximilien los proporcionaba por los dos. Por cierto, se estaba impacientando, o aburriendo, porque empezó a mover los dedos sobre la mesa como si tocara un piano invisible. No faltaba demasiado tiempo para que dejara de contenerse y sus yemas no solo se posaran sobre la superficie, sino que empezaran a repiquetear contra la madera.

Prestó, por tanto, atención a lo que mencionaba sobre la galería de arte privada. ¿Otro alarde de prepotencia? Sin embargo, no pudo por menos que apreciar el patrón de las pinturas. Tardó los segundos en los que el servicio colocaba el plato de carne frente a ella en decidirse sobre hacer la pregunta que le rondaba la cabeza o no hacerlo. Finalmente, con otro sorbo de vino, las palabras se deslizaron por sus labios hasta la mesa.

– ¿Y quién es ella? Espero no resultar entrometida pero… ¿Quién es vuestra Jane Burden? ¿Vuestra Effie Gray? La que buscáis en los cuadros. Vuestra Proserpina.

Todos los autores que había citado compartían algo en común. La Proserpina. La doncella etérea y melancólica, atrapada en un destino que no le correspondía. La amante enjaulada de Rosetti, en brazos de un Hades que la mantiene cautiva. Que no es otro que su amigo Morris, incapaz de comprender la tristeza de su mujer ni la traición que le acecha. Effie Gray, la musa de Millais, también era una dama casada, la esposa del crítico John Ruskin. Damas de mármol de mirada ausente y expresión férrea.

¿Tendría ella también la mirada vacía de Proserpina?
_________________________________________________________

Offrol: Todo un acierto la elección de autores. Aunque Waterhouse lo pillas cronológicamente un poco justito, pero se perdona. xD
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 13.11.14 20:23

Ninguna pintura haría justicia a la reina. En mis tiempos mortales, arrojados con desprecio se amontonaban los lienzos en una pila, garabateados por mis propias brochas y pinceles (no sin antes matar una parte de mí en cada uno de ellos). Por más que intentara retratar su rostro (sabe Dios que probé desde distintas perspectivas, sobre varios escenarios, algunos variopintos y otros más acertados), no había forma alguna, hazaña imposible confirmando un fracaso, no era sensato intentar trasladar un rostro semejante como el suyo partiendo de un simple lienzo en blanco. Y ahora, que contaba con habilidades similares a las del todopoderoso, y que por lo tanto habría sido lógico que mis sentidos captaran con mayor apreciación los detalles y matices transparentes al ojo humano; ni con todo ello era capaz de retratar a la reina (ella, que ni corta ni perezosa se negaba a contribuir). Después de todo,  lo único que trajo consigo aquella estúpida proeza, fue confirmar las temibles sospechas que se cernían sobre mí: No se puede inmortalizar un sueño. ¿Por qué? ¿Qué se me escapa? Repasé los cuadros a distancia, uno a uno, y con desmesurada meticulosidad. Para mi no había nada irrealizable. ¿Y si no fuera culpa mía? A lo mejor ella no quería volver. Y pensé; Y si todo fuera mentira... Agaché la cabeza con resignación. Si, por un instante creí que quizás nunca me amó.

-¿Y quién es ella? Espero no resultar entrometida pero…- ...pero lo has sido. Sin desearlo, mi mandíbula se transformó en algo rígido. Un ingenuo habría pensado que su curiosidad, desmedida e inocente, se apropiaba de su voz. Un malpensado, como lo soy yo, interpretaría su curiosidad como algo malintencionado, como quien tira de un hilo sin importarle que la madeja de lana se desarme por completo. Mis comentarios habían conseguido incomodarla tal y como esperaba y ahora era yo quien recibía su contraataqué -¿Quién es vuestra Jane Burden? ¿Vuestra Effie Gray? La que buscáis en los cuadros. Vuestra Proserpina.

La diferencia entre Plutón y yo, es que yo nunca la rapté, yo la salvé. No fue Arturo quien ataviado con la armadura regional, escudo y lanza en ristre (de ahí mi nombre), erguido sobre un caballo y sin más compañía que su espada, marchó hacia los Bosques del Norte. Fui yo quien trajo de vuelta a Ginebra, era mi cintura la que agarraba esa noche y era en mi espalda donde apoyaba sus ondulados cabellos. Juntos cruzamos las puertas del castillo a caballo. Fui yo quién se interpuso entre ella y las llamas que la condenaban a la hoguera frente a todo el reino; fui yo quién luchó en nombre de Ginebra defendiendo su lealtad cuando no hubo ni un sólo aldeano que confiara en ella; y fui yo quien la salvó de un matrimonio de conveniencia más aburrido que el pene de un sacerdote. Así que, no. No sé por qué dijo Proserpina.

-Eso no es de vuestra incumbencia- respondí inflexible, alineando esos relucientes cubiertos que no tenía pensado utilizar -Sugiero que os terminéis la carne y que no gastéis fuerzas para no desmayaros sobre el piano cuando os toque interpretar el recital que os he pedido- ¿Cerramos la boca? Arqueé una ceja en su dirección para comprobar que el tema quedaba zanjado y proseguí dirigiéndome a su marido, un manojo de nervios -Usted ha venido aquí para hablar de negocios. Bien. Pues hablemos de negocios.

Mientras intercambiábamos ideas respecto al negocio de la oliva, y él señor Thévenot exponía su visión del mercado, me distraje un par de veces con mi supuesta Jane Burden. ¡Jane Burden! Toda una experta en pintura. Sonreí divertido preguntándome de dónde sacó esa comparación o dónde lo aprendió; una sonrisa que coincidió con un chiste pésimo que dejó caer mi supuesto socio, creyéndose autor de algún tipo de genialidad cabaretera de la que no había sido consciente hasta ese momento, y feliz de haber logrado revelar mi polémica simpatía. No le quitaríamos la ilusión al hombre. Le di la razón en varias ocasiones. Incluso le di la razón en muchas otras que no compartía y las negué de nuevo al cabo de unos segundos. Con la llegada del postre me interés fue creciendo, preguntándome qué sabría Émilienne sobre el amor. Debía quedarme a solas con ella, buscar la excusa, descubrir quien se ocultaba tras aquel velo, que más que una mujer casada en ocasiones se me antojaba como una viuda.
-Disculpe que le interrumpa, señor Thévenot- pedí educadamente con mirada astuta, recolocándome en la silla pues mis posaderas habían ido descendiendo con el transcurso de su interminable arenga y se me había puesto cara de oliva -¿Cómo se conocieron ustedes dos?- hice el gesto señalándoles con camaradería -Supongo que habrá una historia increíble detrás- ¿De cuántos años hablamos? ¿Cuántas discusiones, bofetadas, ventosidades y malas caras en la cama? Al parecer no tenían hijos. ¿Por decisión propia o porque no fluía lo que tenía que fluir? Quizás había problemas en el paraíso, nada de extrañar, estos jóvenes de hoy día se conforman con lo justo y van a tiro hecho.
Ya quedaron atrás esos días de conquista y el amor cortés, recuerdo vivido con pasión, entraña y angustia, que ni en cien guerras ni con la sangre de un millón de hombres y el sufrimiento de sus queridas esposas, habrían de compararse con la agonía de un amor prohibido.

off:
¡aaaah... qué lista eres tú! Shocked Es poco, una pizquita de nada, esos cuadros tiene que estar en mi casa
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 18.11.14 20:29

Al final todos los hombres eran iguales y el señor Archer no era una excepción. Le había recriminado ser una mujer florero al inicio de la velada, pero en cuanto había demostrado ser perspicaz y tener un punto de vista agudo, cuando había dejado vislumbrar un atisbo de su inteligencia, como todos los hombres, se había acobardado y se había retractado de sus palabras.

Si bien su pregunta podría considerarse inapropiada, su reacción había sido desmedida y el comentario, a todas luces, ofensivo. La tensión que se adueñó de la mesa era tan densa que hubiera podido cortarse con el filo de un cuchillo. Aún así, Émilienne no se amedrentó y sostuvo la mirada gélida de Archer con la dignidad de la que sabe no haber dicho mentira alguna. Ya tenía bastante con un hombre en su vida que la hiciera sentirse insignificante y pequeñita.

Sin embargo, lo que le hizo bajar la cabeza y apartar la mirada fue la fiereza con la que los ojos de su marido la desgarraban. Sin duda, para él era más importante cerrar aquel estúpido negocio que los desplantes que le pudieran hacer a su mujer. Ahora sabía que, si las cosas no salían como él había dispuesto, a ojos de Maximilien ella sería la culpable del fracaso. Daba igual lo que hiciera.

Obedeció, casi por inercia, como si ya no supiera hacer otra cosa. Cortó un pedacito pequeño de la carne, tan pequeño que casi resultaba difícil pincharlo con el tenedor, y se lo llevó a la boca en completo silencio. A pesar de que el sabor era exquisito, no pudo llevarse un segundo pedazo. Le daba la sensación de que, si masticaba, no podría respirar. Ahora mismo hubiera dado cualquier cosa por poder aflojarse las cuerdas del corsé.

<< Se está burlando de él y ni siquiera se da cuenta... >>

Reparó Émilienne. No hablaba, no intervenía y ni siquiera comía. Y aunque fingía ser un convidado de piedra, escuchaba todo lo que los dos caballeros decían. Archer daba la razón a su marido para negarla al momento siguiente, le reía las gracias sólo para contradecirle poco después, lo mareaba dándole vueltas de lado a lado sin decir nada concluyente. La mayoría de las veces insultaba su inteligencia, pero de forma tan velada que lo hacía parecer un cumplido.

Émilienne no sabía si sentir lástima o vergüenza. O tal vez una mezcla de ambas al darse cuenta del fantoche, la marioneta en la que se había convertido Maximilien. Él había sido un hombre culto, refinado, elegante, inteligente y sensible, sobre todo sensible. ¿Qué había hecho el alcohol con él? No era más que una sombra burda, una patética imitación del hombre que amó. Como si temiera que sólo por encontrarse expuesta a su cercanía el vino fuera hacer lo mismo con ella, alejó su copa con el dorso de la mano.

En otro momento se había sentido con libertad para intervenir, para espetarle al señor Archer que no eran estúpidos, que no eran perros amaestrados a los que se les puede poner un vestido y hacerlos bailar para entretenerse. En otro tiempo, Maximilien le habría escuchado y habría tenido en cuenta su opinión. Pero en ese momento, lo único que conseguiría sería enfurecerle. Y algo le decía que, si lo lograba, el señor Archer se sentiría satisfecho. ¿En qué había ofendido a este hombre? Pues sus intentos por molestarla eran anteriores a su desafortunado comentario sobre los cuadros.

Los sirvientes se llevaron la carne y trajeron el postre, y sólo de olerlo su boca se hizo agua. Siempre había sido una mujer dulce, y golosa. Contempló el postre valorando si hacía el esfuerzo de comerlo o no, pero cuando quiso llevarse la cuchara a la boca, la pregunta del anfitrión le hizo devolverla al plato. ¿De modo que ahora sí era oportuno hablar de asuntos privados?

Maximilien parecía dubitativo y desconcertado, ya que la pregunta le había interrumpido en medio de un tedioso monólogo sobre las importaciones y había perdido el hilo de lo que estaba hablando. Émilienne, sin embargo, se había propuesto en firme no volver a intervenir en la conversación ni abrir la boca. No quería correr el riesgo de que el sobre-esfuerzo la hiciera desmayarse encima del plato.

– Asistí a su primer concierto… – Émilienne le miró sorprendida de que el hombre que habitaba el cuerpo de su marido recordase aquello. – Ella sólo tenía dieciséis años. Estaba nerviosa, tan nerviosa que rompió a llorar encima del escenario… Y cuando la escuché tocar… Era la mujer más maravillosa del mundo. Eclipsaba todo lo demás. Sólo la podía ver a ella. Tan dulce. Tan pura… Decidí que tenía que ser mía. Tres años después nos casamos.

Casi parecía que todavía la amase. ¿En qué momento todo se había podrido todo? Émilienne apretó los labios y sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas. Apenas fue un segundo, una debilidad imperceptible en su fachada de alabastro que sólo alguien observador podría apreciar. Se levantó de la mesa y le hizo un gesto a Archer con la cabeza. Necesitó un par de segundos para que su voz no sonase tomada.

– ¿Me disculpan, señores? Tengo que ir al aseo. Me encuentro algo indispuesta.

Los hombres no solían hacer demasiadas preguntas ante aquella excusa de las mujeres. Daban por hecho que se trataba del periodo y no le daban más importancia. Cuando Émilienne llegó al baño cerró la puerta y apoyó la espalda en la madera, llevándose una mano al pecho como si le costase respirar y comenzó a llorar en silencio, cubriéndose la boca con la otra mano para ahogar los sollozos.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 20.11.14 1:40

¿Y bien? Esperaba alguna respuesta al menos. No me dejarían con la incógnita llegados a este punto. Incluso me pareció increíble que les pillase tan desprevenidos. Yo era quien hacia las preguntas aquí, él sólo debía abrir la boca. No quería emplear el peor método, recién comenzada la noche, tan pronto, y tener que sacarle la información utilizando como instrumento unas tenazas. Apuesto lo que sea a que él tampoco.

-Asistí a su primer concierto…- Vaya, menos mal. ¡Prometedor! Abrí los ojos tanto como su esposa. ¿Por qué se sorprendía ella? No parecía un secreto de estado -Ella sólo tenía dieciséis años. Estaba nerviosa, tan nerviosa que rompió a llorar encima del escenario…- Miedo escénico. Además era muy joven, normal que llorara. La primera vez que participé en una justa me temblaba hasta el dedo gordo del pie. Imaginé a una jovencita frente a un monstruoso público. Los tosidos, el sonido de los abanicos y de las butacas huecas. Un horror -Y cuando la escuché tocar…- alcé la vista atrapado por un "tour de force" -Era la mujer más maravillosa del mundo. Eclipsaba todo lo demás. Sólo la podía ver a ella. Tan dulce. Tan pura… Decidí que tenía que ser mía. Tres años después nos casamos- Anonadado quedo. Y no precisamente para bien. ¿Ya ésta, eso es todo? Mi mano se abrió esperando a que callera otra historia del cielo. Y cuando creí que mi incredulidad no podía llegar a más, las lágrimas de su espora resistieron a duras penas el impulso de escapar lejos de allí.

-¿Me disculpan, señores? Tengo que ir al aseo. Me encuentro algo indispuesta- me erguí de golpe por acto reflejo. Se daba a la fuga con el corazón desbocado. Aquí huele a podrido. Pensé con el cuerpo paralizado y el recuerdo de su marcha aún presente. Alguien me vigilaba con pasmosa atención. El caballero se estaría preguntando qué motivo me obligaba a permanecer en  pie durante tanto tiempo. Saliendo del paso, dije:

-Debería asegurarme de que su esposa encuentra con atino el lavabo. No querrá Dios que habrá la puerta incorrecta, descubra lo que no deba y me vea obligado a matarla- bromeé con ligereza. ¡Y qué sorpresa! Este matrimonio era una caja repleta. Reaccionó mejor de lo que yo creía. Su rostro pasó de la incomprensión a la risa, y con un gesto de mano, como quien retira el aire, me indicó que fuera tras ella sin el mayor inconveniente. Más no debió reírse tanto, el comentario no era tan ligero.
Así marché. Abroché el botón de mi chaqueta y partí en busca de Émilienne con el consentimiento de su señor.

De camino al aseo, los pasillos se me antojaron más pequeños que de costumbre. Las voces susurrantes del viento golpeaban las paredes y se colaban a través de las grietas y resquicios de las ventanas. "Está llorando", dijeron ellos. Y alcanzando a oír el sonido de un sollozo empotrándose contra el hueco de una mano, caminé por el pasillo en completo silencio y con la vaga sensación de estar viviendo un recuerdo. Sentí algo más que un pinchazo al detenerme frente a la puerta al final del pasillo, estremecido de pies a cabeza al levantar el puño y llamar tres veces golpeando la madera con los nudillos.
-Émilienne- musité con voz ronca -Se qué estáis ahí- un estrangulado silencio me devolvió la palabra. Escuché su respiración contenida, inhalé su piel bajos los numerosos tejidos que la encerraban, el olor impregnado en su cabello del color del otoño, la fragancia de una flor que se abre en primavera, la sal de sus lágrimas formando olas en las playas del país del Verano. Y la sangre, nunca olvides la sangre. No me importaba que su silencio deparase un temible invierno -Voy a entrar- espeté bruscamente poniendo en práctica mi atrevimiento.

Clausuré la puerta prácticamente con ayuda de la espalda y quedé allí tendido, observándola con cierto mal estar. Su corazón latía aún alborozado en mitad de una desfigurada sonrisa. Soy el último hombre al que espera -Se qué no me habéis llamado- Volví a pronunciar en alto aquella famosa frase tras tantos siglos atrás. Ni yo sé porque lo hice. Confiaba en que dejara de disimular. Para mí no existían los secretos. Y si los había, no tardaban demasiado en salir a la luz. El margen de privacidad que la concedí se excedía en demasía a lo que yo estaba acostumbrado a ofrecer. Sin embargo la situación lo requería y no deseaba que se cerrase en banda conmigo. Por otro lado, reconozco que en ese momento mi mayor debilidad recayó en el color de sus hinchadas mejillas. Supuse que fueron las culpables de hacerme dar varios pasos en dicha dirección, y de ahí mi deseo de hincarle el diente al menor descuido. Deslizando la mano a lo largo del mueble del lavabo, recité pausado una retahíla poco compleja -Yo lloro si lloras, si lloras yo lloro, tu llanto es mi llanto, tu llanto es mi lloro, si tú ya no lloras, yo tampoco lloro- Quizás no fuera de su apetito que me situase tan cerca. Sin embargo a mí me daba igual lo que le gustase o dejara de gustar. Con un dedo alcé su mentón como haría con una niña chica -Estoy aquí porque quiero entenderos- ¿Maximilien dijo algo inoportuno? Escruté sus ojos por separado. Después alcancé el pañuelo que sobresalía del bolsillo de mi chaqueta para acercarlo hasta su rostro y limpiar cualquier resto de agua con cuidado. En ese momento entendí que me hallaba en presencia de una mujer herida -Contadme qué os entristece.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 22.11.14 22:21

Cuando escuchó los golpes en la puerta, su aliento se cortó y se contuvo, en mitad de un sollozo que quedó ahogado, atenazando su garganta y encogiendo su corazón desbocado. Era como si tuviese el firme convencimiento de que, si no respiraba, no estaría allí y la presencia al otro lado de la puerta se desvanecería, dejándola tranquila.

Pero tarde o temprano tenía soltar el aire y volver a respirar y, cuando lo hizo, la voz del inoportuno visitante llegó del otro lado de la puerta. Qué estúpida había sido al creer, por una fracción de segundo, que sería Maximilien, que vendría a sacarla de allí y, que al día siguiente, olvidaría al señor Archer y sus pretensiones y la llevaría a conocer la ciudad. Los dos solos, de nuevo, juntos y felices.

-Voy a entrar.

¿Podía existir ser más entrometido sobre la faz de la tierra? Su desfachatez alcanzaba cotas escandalosas. ¿Qué caballero irrumpe de ese modo en el aseo donde se oculta una dama? ¿Ni llorar podía hacerlo en soledad? Parecía como si, desde que había puesto un pie en aquella casa, su intimidad y su voluntad pasasen a ser otras más de las propiedades del señor Archer.

Se había apartado de la puerta, y se abrazaba el cuerpo con las manos como si tuviera frío, o como si quisiera protegerse de aquella descarada invasión. Lo miraba con dureza, con fiereza desde sus ojos enrojecidos e hinchados, y también con desconcierto y sorpresa tratando de averiguar hasta qué extremos podría llegar el descaro de aquel hombre.

Su sorpresa era tal que no sabía cómo reaccionar, así que optó por seguirle con la mirada mientras se acercaba a ella, deslizando los dedos por el frío mármol de la pila mientras murmuraba una coplilla totalmente inapropiada dada la situación. ¿A qué jugaba? ¿Qué pretendía con aquello?

– Os estáis excediendo en vuestras confianzas.

Eran palabras que dirigirle a un ser amado, no a una mujer que acabas de conocer y a la que has mostrado cierto desdén desde el primer momento. Su cercanía le hacía sentirse incómoda y, cuando le cogió el mentón para alzarle la barbilla, apartó su mano con un gesto ladeado del rostro. ¿Había tenido los dedos tan fríos cuando le había cogido la mano para besarla al llegar?

Cuando le secó las lágrimas preguntando qué era lo que las había provocado, se vio en la oportunidad de devolverle el ataque de minutos anteriores durante la cena. De nuevo, le apartó la mano del rostro y dio unos pasos hacia atrás para mantener una distancia apropiada entre ambos.

– Eso no es de vuestra incumbencia.

Su cabeza sólo podía pensar en qué ocurriría si a Maximilien se le ocurriera ir a buscarla y los encontrase en aquella situación por demás comprometida. No habría mundo suficiente para escapar de sus celos ni de su furia. Un escalofrío le recorrió el espinazo sólo por pensarlo y volvió a notar la opresión del corpiño, dificultando que sus pulmones se expandiesen al respirar.

– Yo no soy como mi marido. A mi no vais a embaucarme, a enredarme con vuestras palabras envenenadas. No me daréis la vuelta a vuestro antojo ni jugaréis conmigo.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 03.12.14 4:23

Fui relativamente amable con ella. Un logro. Y aunque tras mi amabilidad (esa de la que escaseo), se escondía una intención, la de acercarme a ella de buenas maneras para sacarle todo lo referente a su matrimonio, me pareció de muy mal gusto, poco apropiado incluso ofensivo, que me apartase como a un molesto abejorro. ¿Ha olvidado por un momento con quién está tratando? Soy el hombre más rico de Francia. Cada vez que acudo a un baile, toda la muchedumbre guarda silencio mientras me observa y alaba. Es su marido el que necesita de mi ayuda para salir de las arenas movedizas en las que se ha metido por un error de cálculo; cosa que a mí jamás me sucedería pues el suelo por donde camino no es lo que me sostiene. Soy yo quien sostiene a la tierra. Y esa superficie de precio elevado, de textura granulosa y traslúcida diseñada para baños, a cuadros blancos y negros simulando un tablero de ajedrez, es la misma tierra que sostendrá a Émilienne hasta que yo decida que lo haga.

Normalmente no guardaría de nuevo un pañuelo usado en mi impoluto bolsillo, pero el recuerdo de sus lágrimas me hacía más fuerte. Además no quería olvidar nada, ningún detalle por pequeño que fuera. Con cara impasible, observé el rencor que la cegaba -Eso no es de vuestra incumbencia- parecía disfrutar devolviéndome "el cumplido", satisfecha al comprobar que tomaba de mi propia medicina. Pues... siento decepcionarla. El comentario hizo que una de mis comisuras se abriese socarrona ante sus niñerías -Yo no soy como mi marido- "Por supuesto que no." Di fe al percatarme de la profundidad de su escote -A mi no vais a embaucarme, a enredarme con vuestras palabras envenenadas- ¿Se refería a mí? Me señalé contrariado con un dedo. No tengo ni idea de lo que esta hablando -No me daréis la vuelta a vuestro antojo ni jugaréis conmigo.

-¿Daros la vuelta?- me acerqué como un depredador con el mismo pensamiento de un canalla -¿Qué confianzas son esas, señora Thévenot?- en ningún momento sugirió nada parecido. Pero me resultó tan agudo convertirlo en algo desfavorecedor y grotesco, que no pude resistirme. Con gesto relajado incliné la cabeza mirándola con desaprobación -No está bien hablar así a su anfitrión. Si sois tan lista, ya deberíais saber que un comportamiento infantil podría perjudicar de manera inmediata cualquier futura alianza entre nuestros apellidos- lancé aquel dardo envenenado (como ella dice) para sembrar el pánico. Y cuando sentí su miedo, comprendí que el paraíso se había tornado en un infierno. Así que clavé el dardo un poco más, no hasta el borde de desangrarla por dentro, pero sí hasta el punto de reducirla a un complejo de indescifrables escombros. Peligros por doquier.

-Compartiréis conmigo que nada me desagradaría más que tener que contarle a Maximilien lo antipática que estáis siendo- Mis ojos se ensombrecieron amenazadores -Después de venir hasta aquí para comprobar que os encontraseis bien, y después de lo sincero que fui...- la encaré con severidad recordando mis comentarios durante el transcurso de la noche, desde luego molesto por su silencio y sus acusaciones fáciles, en lugar de valorar mi honestidad -¿No os parece una completa falta de respeto?- no esperaba ninguna respuesta ni me interesaba lo que fuese a decir. Y mi reacción pudo traer consigo varias confusiones al quedarme literalmente enganchado, con la mirada fija en aquellos labios. Bajo la calidez del silencio enmascarado, su boca se transformó en un aperitivo de exquisita sencillez. Era ridículo y corriente acercarse a ellos, impropio de mí, conteniendo el impulso para no llevar mi deseo a cabo. La tentativa despertó mi lujuria opresiva. El carmín se había mezclado con su propia saliva y desprendía un olor agrio y dulce. Y la sensación agridulce siempre es tan confusa... Causa auténticos dolores de cabeza, algo imprevisto para un inmortal que ni siente ni padece, es más vergonzoso de lo que imagina. ¿Me delaté?
Con aquel deseo dejé de pensar durante un minuto. Y cuando creí que sus labios ya eran míos, ese maldito imbécil llamó a la puerta interrumpiendo de forma autoritaria cualquier contacto. Me aparté enseguida refunfuñando en mis adentros y caminado hacia la puerta para tranquilizarle con mi mejor cara.

-Su mujer parece estar... mejor- mentí por ella a sabiendas del poder que tenía ahora sobre ella, del destino de nuestra empresa y de la cólera del señor Thévenot. Para quitarle hierro, dije con una mano en el bolsillo -Supongo que a estas alturas se les habrá enfriado el postre- una pena -Lo mejor será que les deje a solas y les espere en el ala Este. Allí podrá tomar una copa de Coñac y Émilienne disfrutará del privilegio de tocar en un piano de cola de mediados del siglo XVI, una pieza de coleccionista satinada en negro. Si me disculpan...- hice un gesto con la cabeza por educación y salí del cuarto de baño para permitir a la pareja intimidad.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 09.12.14 9:34

– No retorzáis mis palabras de un modo tan obsceno.

Volvió a retroceder ante su insistencia por acercarse más de lo debido, pero el espacio se le acabó y fue a dar con la espalda en la pared, acorralada por el fino alicatado y su cuerpo. No había más que contemplar su sonrisa o seguir el baile de sus pupilas sobre su escote para saber qué clase de pensamientos, propios de un canalla de puerto, surcaba la sucia mente de su anfitrión

Un monstruo. Eso era aquel hombre. Un lobo feroz vestido con la piel inocente de un cordero. Pero aquellos rasgos hermosos, ese rostro bello y apuesto no podían ocultar el brillo de su mirada despiadada ni la mueca cruel de sus labios mientras parecía beber del miedo que sus palabras provocaban en la mujer. ¿A qué se debía aquel juego desalmado? ¿Se trataba del capricho cruel de un niño rico para demostrarse lo poderoso que era? ¿Disfrutaba viendo a los demás bailar al son que él marcaba?

No podía dejar de pensar en qué ocurriría si aquel hombre cumplía sus amenazas y hablaba con Maximilien. ¿A quién creería él? ¿Al empresario terrateniente cuya inversión anhelaba o a su esposa? ¿Sería capaz de poner en duda su corrección y su fidelidad con tal de no perder la oportunidad de un negoció con aquel demonio de doble faz? Sin duda alguna. Hacía tiempo que tenía perdida aquella batalla.

¿Cómo podía siquiera fingirse el ofendido? ¿Cómo podía ser tan cínico? Se mordió el labio inferior con tal de evitar que las lágrimas acudieran de nuevo a sus ojos y trató de mantener la mirada desafiante. Se sentía acorralada, rodeada de cascabeles y campanitas sobre los que debía pisar con cautela si quería sortear al dragón dormido. ¿En qué momento se había visto envuelta en aquella situación?

– ¿Qué os he hecho para que me tratéis de este modo? ¿Es todo esto por el comentario sobre aquellos dichosos cuadros?

***

Mientras tanto, en el comedor, Maximilien se impacientaba. Repiqueteaba con los dedos sobre el tablero de la mesa en gesto cansino mientras miraba sin ver la dirección en que su mujer, y poco después el señor Archer, se habían retirado. Aderezaba la espera con el excelente Burdeos abierto sobre la mesa, rellenando la copa con más frecuencia de la que podría considerarse correcta.

“¿Quién es vuestra Jane Burden? ¿Vuestra Effie Gray?”

Aquel absurdo comentario no se le iba de la cabeza. Con la copa en la mano se levantó y dio una vuelta por el salón para amenizar la espera. Los cuadros que habían pasado desapercibidos al entrar en la estancia, en aquel momento captaron su atención con la misma intensidad que lo hubieran hecho si pronunciaran en voz alta su nombre. Se detuvo ante ellos.

“Ahí no puedo mentir. El autor soy yo.”

Maximilien frunció el ceño y se acercó un poco más a uno de los lienzos. Alargó los dedos y acarició los rizos castaño-rojizos de la mujer retratada en él. Después pasó el pulgar por la forma de la pálida mejilla de pómulos marcados y los labios gruesos y sugerentes de la dama pintada que se le antojaron demasiado familiares.

“¿Quién es vuestra Jane Burden?”

Miró a su alrededor con el ceño cada vez más marcado. En cada cuadro, la misma mujer de mirada perdida y tez marmórea. Los mismos rizos cobrizos. Una y otra vez. Una y otra vez, Delante de sus narices como una burla macabra. Casi podía sentir que cada lienzo le señalaba con el dedo lanzándole la ofensa a la cara.

“El autor soy yo.”

Terminó la copa de un solo trago y la dejó en la mesa con un golpe seco, resistiendo las ganas de estrellarla contra la pared. En la primera reunión con el señor Archer este había mostrado un especial interés porque él le hablara de Émilienne y apenas si había prestado atención a los negocios. Y ahora todo cobraba sentido en su desequilibrada cabeza.

“El autor soy yo.”

***

¿No tendría la desfachatez de intentar besarla? Aunque eso era exactamente lo que parecía que estaba tratando de hacer. La voraz mirada del señor Archer estaba fija en el carmín de sus labios, que apenas era ya una sombra rojiza sobre la piel que le daba a su boca el aspecto sugerente y descuidado de haber sido mordida.

Ella se hizo chiquitita, sabiéndose acorralada y perdida a punto de ser devorada por el lobo. ¿Cómo podía siquiera impedirlo? Abrió y cerró los dedos, dispuesta a abofetearle si era necesario si finalmente tenía la osadía de que sus labios se rozasen siquiera. El corazón se le aceleró frenético.

Los golpes ansiosos en la puerta hicieron que su corazón diera un vuelco sin saber si alegrarse o no de que su marido hubiera acudido. ¿Cuánto tiempo llevaban allí? Demasiado como para que Maximilien se impacientase. Un sudor helado le recorrió la espalda y lo embarazoso de la situación le inflamó las mejillas y el nacimiento de su pecho.

Archer mentía con la facilidad del canalla que es. ¿A quién le importaba en aquel momento si el postre se había enfriado? Cuando les dejó a solas, miró a Maximilien a los ojos con la mirada intimidada y huidiza de una gacela asustada. Los tenía enrojecidos, sin duda por el vino. La yugular de su marido bombeaba como si tuviera un pequeño corazón en la garganta.

– Maximilien, por favor…

El golpe que dio con la mano abierta en la pared, justo al lado de su cabeza, le arrancó un pequeño gritito, además de sobresaltarla y hacerla encogerse sobre si misma, cerrando los ojos, incapaz de mirar el rostro de su marido, congestionado por la ira y los celos, a escasos centímetros del propio. El alcohol de su aliento le quemaba las mejillas.

– ¿Creéis que soy idiota, verdad? ¡¿Os habéis estado riendo de mí, verdad?! – Le tomó con fuerza la cara por el mentón obligándola a mirarle. – ¡Contesta! ¿Os habéis estado riendo de mí?

– No. No… Maximilien, por favor… No es lo que estás pensando…

– ¿Y qué estoy pensando, eh? ¡Dímelo! Mírate… Eres patética. ¿Cuántos años tiene? ¿Crees que me merezco aguantar ver como mi esposa se exhibe delante de mí seduciendo jovencitos? ¡¿Es justo eso?!

– Yo no he hecho nada… Sólo he sido amable. Por favor…

– ¡¿Amable?! – La risa de Maximilien helaba la sangre. – Amable… ¿Crees que no me he dado cuenta del jueguecito de los cuadros? ¿Del bailecito con la copa de vino? ¿De cómo te miraba mientras comías? ¡¿Quieres que me crea que simplemente estabais aquí encerrados porque no sabías encontrar el aseo?! Mírate… Sigues ruborizada como una puta.

– Eso no es cierto…

Maximilien la agarró del brazo con tanta fuerza que los ojos se le inundaron de lágrimas y la sacó del baño casi a rastras. Caminó por los pasillos casi a trompicones hasta llegar al ala este, donde Archer les esperaba en un hermosos salón, presidido por el magnífico piano de cola que había anunciado. Una verdadera joya, pero Émilienne apenas pudo reparar en ello, centrada en disimular que las uñas de su marido le laceraban la piel del brazo bajo la tela del vestido y en aparentar normalidad.

– Creo que será mejor que nos retiremos por hoy, señor Archer. – Escupió las palabras con tanto odio que lo hizo parecer un insulto. – Émilienne sigue encontrándose indispuesta. Será mejor que continuemos nuestras conversaciones otro día. Tal vez mañana. Nosotros solos.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 10.12.14 4:08

Los cuadros me daban igual. ¿Para qué conformarme con un dibujo si existía la posibilidad, por efímera que fuera, de que Émilienne guardara en el fondo de su corazón el recuerdo de mi añoranza? Di vueltas por la sala, algo caótico con los brazos cruzados a la espalda y una ansiedad desmesurada. La imagen de sus labios sustanciosos no se iba de mi cabeza. Y qué respondona podía ser a veces. Cada palabra era un rechazo que yo interpretaba como una invitación; provocarla se estaba convirtiendo en uno de mis mayores hobbies, hacía que sonriera más de la cuenta, como hacia años dejé de hacer, de un modo que olvidé por completo; ahí estaba de nuevo la esperanza. ¿Y qué era la esperanza sino un resquicio de luz en el fondo de una tenebrosa cueva? Por fin había encontrado a una mujer de enorme inteligencia. Su sentido del humor, por el contrario, no era de los mejores, eso seguro. Pero bueno, no se pueden pedir peras al olmo. ¿Y acaso no era más bella si cabe? Enfurruñada, como una niña chica de enormes ojos, labios fruncidos y barbilla pronunciada. cerré los ojos rememorando lo sucedido.

Con seguridad me odiaba. Pero, ¿Yo era realmente el enemigo con quién compartía lecho todas las noches? No. Lo tiene más cerca de lo que se imagina y no soy yo. Me describían de muchas formas, algunos decían de mí que era un hombre difícil, y los que me conocían mejor, decían que era una maldita serpiente reptando en silencio y esperando el momento adecuado para lanzar la picadura. Y aquí va mi verdad; no soy el mismo de antes. No estoy dispuesto a que una mujer, sea de la corte real o sea limpiabotas oficial del conde de Divinópolis, vuelva a mangonearme o a torturarme con sus "sí quiero" y sus "ni harta de vino". Ginebra alcanzaba enseguida el "puntito". Todo eso quedó atrás. Ahora era más fuerte que nunca. Me convertí en el jugador, no en el juguete a utilizar. Si mi actitud desagradable le ocasionaba rechazo, las cosas no podían ser de otro modo, cierto es que no se puede caer bien a todo el mundo.

Me detuve en seco, por motivos varios. El murmullo era lejano pero centré mi atención y mi agudizado oído en la conversación del cuarto de baño. Con los hombros encogidos, una silenciosa risotada, similar a la de un perro resfriado, salió de mis labios al escucharle decir con desprecio que yo era un jovencito. No diría que le doblaba en edad, ridículo e inexacto, pero si quería igualarme, debía contar al menos con la experiencia de 26 vidas para fingir una burda imitación de lo que sería mi bagaje. Además me parecía cómico que un pelele con la mente y la movilidad de un elefante alzase el brazo con el grito en el cielo acusando a su mujer de libertina, y a mí de... ¿conquistador nato? Volví a reírme sosteniendo mi barbilla como haría un niño que controla su emoción en un día de fiesta. Estaba borracho como una cuba. Pero su gilipollez era congénita. "Mírate… Sigues ruborizada como una puta." ¿Por qué le causaba tanto pavor alguien como Maximilien? Para mí era ridículo. Tenía más sentido que se acobardara ante mí, por mi naturaleza, por mi condición, por el peligro al que se expone el ser humano y por ese instinto de supervivencia que les hace correr al toparse con un ser carnívoro y de rango superior.

Comentarios aparte, la pareja entró muy unida y feliz al salón -Creo que será mejor que nos retiremos por hoy, señor Archer.- bajé la vista. Agarre peligroso el de Maximilien, empeñado en tatuar sus uñas en la carne de su mujer. ¿Por si se me ocurre escribir mi nombre en alguna nalga o seno? Nací en el medievo pero no estamos hablando de una yegua. Con mirada impasible sonreí al matrimonio mientras hacía girar con ayuda de mi mente dos clavijas en el interior de la caja resonadora del piano. El instrumento quedaba relativamente cerca del señor Thévenot. Las clavijas continuaron girando en silencio apretando las cuerdas y tensándolas hasta el extremo. Y cuando parecía que estaban a punto de alcanzar el máximo de su elasticidad, las giré dos veces más -Émilienne sigue encontrándose indispuesta. Será mejor que continuemos nuestras conversaciones otro día. Tal vez mañana. Nosotros solos- No tan rápido. Un toque de gracia hizo falta para que la primera cuerda saltara del sitio golpeando la mano de Maximilien. Y un segundo toque maestro bastó para hacer que la segunda cuerda se rompiera golpeando su ojo como si de un latigazo se tratara. Soltó a Emilienne, se echó hacia atrás, se golpeó la espalda con un masa e intentó agarrarse al mantel para no caer, esfuerzo en vano, arrastrando consigo un jarrón de cerámica y haciéndolo añicos contra el suelo. Todo muy teatral. ¡Bravo! A que ahora no le gusta tanto el piano...

-¡Oh, Dios mío!- expresé horrorizado. Por dentro quería morirme de risa y a pierna suelta. Había que llamar a alguien para que le ayudara. Desde luego yo no pensaba mover un dedo -¡Fabrani! ¡Pacciani!- avisé a los mozos -Hay que meter enseguida en la cama al señor Thévenot. Llamar al doctor- y entre los dos, se lo llevaron sangrando y entre gemidos a la parte de arriba de la casa. Las puertas se cerraron tras Émilienne.

Me acerqué al piano, mirando de tanto en tanto a su mujer, posiblemente furiosa con él, no esperaba que subiera a calmarle después de cómo se había comportado con ella. Enganché de nuevo las cuerdas a las clavijas y me di la vuelta chupándome la sangre de los dedos -Un día movidito el de hoy- comenté quitándome la chaqueta y dejándola sobre un sillón para remangarme la camisa frente al piano. Tomé asiento en una esquina del taburete. La invité a que hiciese lo mismo, señalando con la mirada el espacio vació que dejé para ella, y empecé a tocar las teclas, una por una, como quien intenta recordar una canción. Sólo quería ponerla nerviosa, nada más -Creo que hemos empezado con mal pie- mi antebrazo acarició el suyo al abrirme hacia su lado del piano -Contestaré a tus preguntas, siempre y cuando tú contestes a las mías- cualquiera sabría jugar a ese juego. Incluso ella -Y empiezo yo. ¿Conoces esta canción?- seguí tocando con la misma parsimonia que me acompañaba. Una melodía arcaica y cercana. Los músicos terminaban con aquella canción todos los banquetes que Arturo Pendragón celebraba en la corte -¿La habías oído antes? ¿Quizás en un sueño?- bromeé acordándome del viejo cuento de la bella durmiente -Por favor, el piano es vuestro- sí... ya era hora de dejarle vía libre a sus manos. Se lo ofrecí sin más dilación.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 10.12.14 11:38

– ¡Maximilien!

El grito horrorizado y preocupado de la mujer cortó el aire instantes después de que las cuerdas del piano se desprendieran de su sujeción. El sonido silbante del aire al vibrar a su paso todavía hacía eco, fundiéndose con las palabras angustiadas de la dama mientras corría en pos de su marido, que caía al suelo con estruendo, llevándose por delante parte de la decoración del señor Archer.

Tenía una mano en el rostro, allí donde la cuerda lo había golpeado, y la sangre corría entre sus dedos. Émilienne se agachó a su lado, tratando de tranquilizarlo, sin prestar ya atención al señor Archer o a sus ofensas. – Déjame ver, Maximilien. – Dijo con tono preocupado alargando la mano para retirar la que cubría el rostro de su esposo, pero él sí parecía guardar todavía recuerdo de la discusión, pues apartó la caricia con un gesto airado de la mano herida, casi un manotazo.

Émilienne quedó de rodillas todavía en el suelo, entre dolida y angustiada, cuando los dos mozos corrieron para socorrer a su marido. Se levantó del piso para seguirles hasta la alcoba donde fueran a llevarlo, pero como si una mano invisible las hubiera empujado, las puertas del salón se cerraron tras ellos, justo delante de sus narices.

– ¡Maximilien!

Apoyó la mano en la madera y no le sorprendió ver que estaba temblando. Allí se quedó unos segundos hasta que la voz del señor Archer llegó a ella de nuevo. Lo había olvidado. Había olvidado que él seguía allí. Se giró para enfrentarlo mientras el anfitrión tomaba asiento en la banqueta del piano como si lo que acababa de ocurrir careciera del más mínimo interés o importancia para él.

– Tengo que ir con mi marido… Tengo que ver que está bien… Es mi deber…

Respondió a su invitación de tomar asiento a su lado y apoyó la mano sobre el pomo para abrir la puerta del salón. No sabía en qué lugar de la casa se encontraba, y lo último que Maximilien había hecho cuando ella había tratado de ayudarle, había sido apartarla. Bajó la mirada hacia su brazo y apartó las finas telas del vestido para descubrir los cardenales negros con la forma de sus dedos rodeándole la fina piel como un macabro brazalete. Todavía podían intuirse las señales de sus uñas.

Al final, como si su voluntad no fuera suya, negó con la cabeza, apartó la mano del pomo de la puerta, cubrió de nuevo las marcas y su vergüenza con las telas y se acercó con paso lento a la banqueta. Con la misma prudencia del que se acerca a la jaula de los leones en el zoo, como si un movimiento en falso pudiera hacer que las bestias saltaran contra ella para devorarla con sus afiladas fauces.

Tomó asiento con un gesto delicado, elegante, y a la misma vez lleno de fuerza. Como si estuviera en el escenario y se debiera a un público exigente. La falda de su vestido se distribuía en abanico alrededor de sus pies como la soberbia cola de un pavo real. La mirada ausente, la barbilla alzada en gesto orgulloso y, cuando contemplaba las manos del hombre a su lado deslizar por las teclas de marfil, lo hacía con ojo crítico.

Ante el piano, ella era soberana.

– Parece que quisierais apuñalar las teclas…

Le recriminó con cierta dureza mientras se tomaba la libertad de apartar sus manos anchas del piano. Puede que la mayoría de los mortales envidiasen el modo de tocar del inmortal, pero no había vidas suficientes que sustituyeran el talento innato, algo de lo que Émilienne gozaba a raudales. Y no había experiencia, por vasta que fuera, que compensara aquello. No, ni siquiera el talento inmortal que Dios parecían haber puesto en las manos de Archer era capaz de impresionarla cuando del piano se trataba.

No contestó a la pregunta de Nicholas, pero sus dedos, finos y delicados, comenzaron a deslizarse por las teclas como lo harían sobre la piel de un amante, con la misma delicada mesura, completando la canción que él había iniciado. ¿La había escuchado antes? Tal vez estaba anclada muy dentro de su alma, en recuerdos aletargados y dormidos. O tal vez su talento le permitía captar las notas que el vampiro había tocado para completar la pieza por ella misma.

Era la misma canción, y a la vez no lo era. Pues mientras estaba al piano, el alma de Émilienne se desnudaba y sus manos, ya no eran sus manos. se movían solas sobre la composición, reescribiéndola y reinventándola al antojo de sus anhelos, de los deseos prohibidos y del miedo y la congoja que le atenzaban el alma.

Fiera, indómita, soberbia y orgullosa. Así había sido Émilienne alguna vez. Y el reflejo de esa esencia se vertía en las suaves pulsaciones del aire, cargadas de pasión. Su piel se perló suavemente con una ligera transpiración cuyo olor personal se fundió con el de su perfume. Un mechón de su cabello rizado tuvo a bien liberarse del recogido y caer sobre su frente mientras ella ya no era ella. O lo era realmente, dejando atrás a la mujer acobardada y reprimida en la que la habían convertido.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 15.12.14 20:24

Ella era una soberbia, incapaz de admitir mi talento, incluso habiendo empleado apenas diez teclas y habiéndolas tocado a un ritmo sumamente lento. Éstos mortales siempre tan pagados de sí mismos, ¡no tienen complejo del ridículo! Por si las dudas, mi intención no era eclipsar a Émilienne. Quería que tocara tal y como su marido apuntó. Diremos que me ilusionaba contemplar su fuerza y derroche de energía desbordadas en cada una de las teclas y pedales del piano. No hablaré de mí ni me extenderé más de lo preciso, pero fue la mismísima Nimué, la dama de las aguas, quién invirtió su tiempo en convertir mi cerebro en una mente maravillosa. Añadir a esto que la inmortalidad, además de traerme inconvenientes, también trajo consigo ventajas; la capacidad de ver el mundo con otros ojos y de entender su funcionamiento por dentro, como quién desmonta un artefacto complejo, separa tornillos, muelles, ruedas y manivelas, y vuelve a montarlo, pieza a pieza, sin un manual de instrucciones que lo precise. Émilienne me envidiaría si supiera que puedo introducir diez fraseos en un mismo segundo sin que esto perjudique el aspecto rítmico de la pieza. ¿Podría ella realizar el mismo ejercicio? Honestamente lo dudo.

Si hubiera mostrado el mismo orgullo con su marido del que por entonces hacia gala (para disfrute mío), cuando hubo de sacar las garras, la sangre no se acumularía en su brazo como un charco teñido por la derrota. Aún me preguntaba por qué. Por qué habría de comportarse como la mujer obediente y fiel que ese gusano no merecía. Y mi conclusión no fue otra que la del ser humano engañándose a sí mismo para hacer frente a las adversidades. ¿Alguna vez hubo amor? Puede que así fuera años atrás, cuando todo era nuevo, cuando nadie conocía realmente a nadie, cuando diseñó la vida que deseaba llevar tan brillante e imaginativa cuan grande es un sueño. Pero no existe el desenlace fortuito. Sangre y lágrimas, eso es lo único que veo, apariencia y pantomima. ¿Es así como quiere morir, enterrada junto a su captor? La consideraba una mujer inteligente con enormes capacidades, muchas de ellas censuradas y amedrentadas por el señor Thévenot. No comprendía por qué una mujer con semejante fuerza, podía enterrar el hacha de guerra y dar todo por perdido cuando su enemigo continuaba erguido en el fragor de la batalla. ¿Se conformaba con el dicho de: quien te quiera te hará más daño? Pobre infeliz.

La observé con cierta amargura una vez tomó el piano con la vanidad que posiblemente la convirtió en un pianista sobresaliente, el genio del que tanto hablaba su marido. Y cuando comenzó a tocar, poseída por el fantasma del padre de todos los compositores de la nueva era, supe que estaba ante un fenómeno. No lograría expresar en palabras lo que no puede describirse sin oídos. Su rotundidad era asombrosa. Conocía la canción al dedillo. Y hay más, se permitió la licencia de realizar sus arreglos personales, mejorándola y explorando la pieza más allá de lo que un compositor de baja estofa haría. Por un instante me encontré frente a la mujer poderosa que creí perder hace un milenio. ¿Habría olvidado quién fue? Sus dedos recorrían el piano como si de mi espalda se tratara, o eso imaginé, quizás lo recordé, no lo sé.

No sabía a ciencia cierta cómo funcionaba la reencarnación, no había suficiente información en el mundo. Los libros explicaban el tema por encima, demasiado genérico y abstracto; los hechiceros a los que acudí no eran más que un atajo de impostores echando las cartas sin ningún juicio con tal de ganar unas monedas, y Sir Bors me tendió la cerilla en la mano y me animó a buscar la dinamita sin darme pistas de cómo encender la mecha. Así estaba, en las mismas. Quizás llegó el momento de realizar ese viaje no deseado. La única que podía ayudarme era Nimué, aquella que cuidó de mi con sabiduría y me crío durante mi lejana infancia. Sólo con pensar que debía regresar a Britania me causaba estragos y una sensación de vómito fantasma que no me permitía tragar -Deteneros- pedí con la garganta seca, lamentando haberla animado a tocar. Por si no me escuchaba, yo mismo detuve aquel frenético éxtasis que me dejó fuera de combate. Coloqué las manos encima de las suyas y el piano resonó en la sala con aire tétrico. El contacto y la cercanía hizo que mi agarre continuara firme sobre ella, como quien mete los dedos en una trampa para ratones -No deberíais seguirme el juego de esa manera, no tenéis ni idea de lo peligroso que es- obligándome a soltarla, mi mirada le advirtió que tuviera cuidado.

-Dónde la habéis oído, Émilienne- pregunté con rudeza. Estaba pasada de moda, nadie tocaría algo parecido en un banquete, además era una rareza que compuso la reina mano a mano junto al músico personal del rey. ¿La partitura se perdió en algún momento, viajó hasta París y se reeditó? -Émilienne..- insistí con prudencia. De un modo más amable, retiré cariñosamente el mechón que asomaba fuera de su aparatoso recogido -Intentad recordarlo, quizás en una fiesta o quizás a manos de vuestro instructor de piano; en algún lugar debisteis escuchar los acordes que con tanto acierto habéis reproducido; esos que con infame saña me acribillan- confesé sin que ella entendiera una palabra -No soy yo el que apuñala.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 18.12.14 0:03

Tan perdida estaba en aquel éxtasis musical, en la pasión de las notas vibrando en el aire, en el ritmo sensual y poderoso de la pieza, que no escuchó la primera vez que pidió que se detuviera. Ni la segunda. Y no fue hasta que sus manos heladas agarraron las suyas que alzó la cabeza, sobresaltada, con las últimas notas rasgando el aire como un cuchillo cercenando la carne, de forma cruel, fría y violenta.

¿Por qué los hombres siempre hacían lo mismo? ¿Por qué no le dejaban disfrutar libremente de aquellos minutos de paz y libertad? ¿por qué se creían con derecho de decidir el momento, el lugar y la forma de expresar su creatividad o su talento? En la cena la obligó a tocar aunque ella no quisiera y, ahora que se entregaba en cuerpo y alma a las teclas de marfil, le ordenaba detenerse.

– Tocad. Ahora no toquéis. Hablad. Cerrad la boca. ¿A qué jugáis? Estoy cansada de que os creáis con derecho a dirigirme como si fuera una yegua.

Zafó las manos de su frío agarre, mirándole con cierta furia. Todo el genio que con Maximilien se mantenía dormido ahora amenazaba con desbordarse, tiñéndole las mejillas de un rubor muy especial. Los ojos le brillaban con determinación y todavía tenía húmeda la piel. El cabello alrededor de su frente se había rizado, rebelde e indómito.

Pero si los cambios de humor de Archer la desconcertaban, sus palabras y su actitud en ese momento le hicieron creer que, definitivamente, aquel hombre había perdido el juicio. Una mente desequilibrada era lo único que podía dar explicación a su extravagante comportamiento durante toda la velada.

– Dónde la habéis oído, Émilienne…

Émilienne parpadeó, negando con la cabeza. El contacto de sus dedos de mármol en la hirviente piel de su sien le provocó un escalofrío que le sacudió es espinazo. ¿De qué estaba hablando? ¿De qué la acusaba? Se dirigía a ella como si fuese su verdugo, como si estuviera encontrando un extraño placer en torturarle. ¿No le había él mostrado esos acordes? Nada tenía sentido.

– ¿Oído? No la he oído en ninguna parte… Sólo estaba improvisando. Improvisando a partir de vuestro pie… ¿Por qué suponéis que la he escuchado el algún lugar? ¿No me creéis capaz de crear? ¿Creéis que sólo soy un loro que reproduce lo que le enseñan?

Cada minuto que pasaba al lado de aquel hombre era más extraño que el anterior. A veces se le antojaba familiar. A veces no le parecía ni siquiera humano. Lo mismo se mostraba cómplice ante las ofensas de su marido que reivindicaba su independencia. A un tiempo se comportaba como el más educado y elegante de los señores y al rato como el más impertinente de los canallas.

Contradicciones, contradicciones y más contradicciones.

Émilienne se levantó de la banqueta, recogiéndose el vestido con gracia y elegancia. Dio unos pasos hacia atrás, sin apartar por un instante la mirada del inglés, como si quisiera vigilar que no hacía ningún movimiento osado. ¿Miedo? No, no era miedo lo que sentía. Aunque hubiera sido lo más prudente. Era desconcierto. Y rabia. Y una sensación de extrañeza que le atenazaba el estómago.

– Debería marcharme. Debería ver cómo se encuentra mi marido. Es lo apropiado… Y usted debería ordenar sus ideas o acabará por volver loco a todo aquel que le rodea.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 26.12.14 15:32

-¿Oído? No la he oído en ninguna parte…- Miente. Y no soporto que me mientan. Con un nudo en la garganta, esperé a que se retractara. No lo hizo -Sólo estaba improvisando. Improvisando a partir de vuestro pie…- sus palabras se clavaron en mi pecho como las tijeras malolientes de un repugnante pescadero. Avergonzado de mi propia impulsividad, mantuve los labios sellados en un fruncido apretado -¿Por qué suponéis que la he escuchado el algún lugar?- Fue la ceguera.Impulsivo de mí, que no quise creer ni una sola palabra. ¿Simplemente imitó la pieza? ¿De verdad hablaba en serio? Retiré el rostro unos segundos con tal de mantener al margen la tentación de estrangularla. El piano me devolvió la misma mirada fría. Parecía tan descontento como yo, apagado en medio de la trémula oscuridad de la noche enrarecida -¿No me creéis capaz de crear? ¿Creéis que sólo soy un loro que reproduce lo que le enseñan?- ¿De qué me acusaba? ¿Primero destroza mis ilusiones y después pretende que me apiade de ella? Su autocompasión no tenía límites. Empecé a creer que era una enfermedad, su percepción distorsionada de la realidad. En ningún momento dije nada parecido, que se deje de loros y de loras.

Cuando se incorporó de la banqueta, la miré con una mezcla de rencor y desafío. ¿Adónde se supone que iba? No la di tal permiso. ¿Dije; "adelante, eres libre de marcharte y dar tumbos por la casa terriblemente insultada por tu anfitrión? Creo que no. Me vigilaba con veinte ojos, mujer prudente a la que le habría encantado que un rayo me partiera en dos. Pero ella sabía de primera mano que había que dirigirse con respeto a ciertos individuos. Yo no era uno de ellos. Yo era el único e inigualable Nicholas Archer, por encima de la escoria autocomplaciente del mundo. Egoísta, intolerante, sexista, clasista, racista, mezquino y rencoroso. Yo era todo lo que un ser humano trata de ocultar de puertas para dentro. Pero lo que no consiento es  que me tilden de loco. Ni siquiera alzó el rostro al cielo agradecida de su buena suerte (y me refiero al accidente de Maximilien). Otra en su lugar estaría montando una fiesta. No sólo porque el caballero mereciera un escarmiento, sino porque evité que se desquitara a gusto con ella en el hotel, o en donde sea que se hospedaran, y me arrepentí de ello. Me arrepentí de evitar que un nuevo moratón adornara su delineado y perfecto cuerpo. ¿No es cierto que hay algo rematadamente atrayente en los juguetes rotos? Yo creo que sí. Sobretodo porque fui responsable de sembrar la discordia en sus sencillas vidas, un hito inolvidable.

-Debería marcharme. Debería ver cómo se encuentra mi marido.- Alcé las cejas dándole la razón con gesto complaciente. Salir corriendo era su sello personal, no quería quitarle la ilusión -Es lo apropiado…- Ni que hubiéramos jugado a las casitas, a las mamás y a los papás, o a lo que sea que su imaginación invente... Bufé divertido. Aún no había terminado, y añadió -Y usted debería ordenar sus ideas o acabará por volver loco a todo aquel que le rodea.- Sorprendido, abrí la boca graciosamente. ¿Ella incluida? Porque volver locas a las mujeres era un hecho constatado -Tiene gracia que precisamente le aconsejes orden al príncipe del caos- Me incorporé de la banqueta con un movimiento grácil -es como pedirle a una morsa que adelgace- ¿Se sentiría realizada? Consejera, pianista de élite, cultureta, la protagonista incondicional de su propio drama... Para escribir una novela. Me reí de ella -¿No te aburre ser siempre una víctima?- dije desabrochando el reloj de mi muñeca. No quería que se rompiera -Yo estoy un poco cansado- lo dejé sobre el piano. Y a continuación, y con una solidez aplastante, me acerqué y atrapé su mejilla con una mano -¿Le damos algo de emoción?-  alcé su rostro girándolo hacia un lado, había delicadeza en mis movimientos. Su cuello quedó expuesto, sus latidos me desquiciaron, su carótida larga, blanda y atractiva clamó por mí. Mortales. Me contuve para no hincar el diente (cosa difícil) y golpeé agresivamente su cabeza contra la puerta. Así la quería yo; suavecita. Su cuerpo se aflojó debido al impacto y me vi obligado a sostenerla. Fue lo suficientemente fuerte como para revolverle las ideas, pero no lo bastante como para que perdiese el conocimiento. Prefiero que estén despiertas.

Mi cuerpo se pegó al suyo incapacitándola. Al agachar la cabeza para comprobar su estado, caí como no podía ser de otra forma en la tentación sugerente de sus labios entreabiertos. Era increíble ser tan dependiente de algo que ni siquiera había probado. Quizás ese fuera el motivo -Deberías soltarte la melena por una vez en tu vida y olvidarte de Maximilien- pegué el pecho al suyo sin corazón que bombeará mi irrefutable energía. La sensación de estar frente a Ginebra no se me iba de la cabeza. Ella lo negaba, sí.  Pero, ¿Por qué se parecía tanto? ¿Era algún tipo de broma, una jugarreta con la que reírse a mi costa? Mi voz cayó en un hilo melancólico de desprecio -Ni siquiera creo que le importe, se la trae floja lo que hagas o dejes de hacer-  Necesitaba comprobar una última cosa, y con extraña delicadeza (esa que auguraba una catástrofe), despegué su cráneo de la puerta para deshacerle el recogido del cabello. Éste cayó en cascada ante mis ojos. Las hondas se desparramaron sobre sus hombros materializando a un fantasma y mis músculos se paralizaron. Con la duda sembrada, no sabía a quién creer, si a ella o a mis ojos.

Tiré el pasador al suelo con deseos parricidas de grabarle en la memoria más de un recuerdo con el mismo aplomo que Maximilien utilizó para dejar sus huellas en el brazo de su mujer, y con una chulería desmedida y muy poca vergüenza, dije:
-A ver quién te pone más roja. Si yo o tu marido- antes de que dijera nada, mis labios se abrieron hambrientos y me estrellé como un infeliz reclamando a Émilienne. Probé su resistencia henchido de vigor estirando el labio de aquella mortal como si fuera una goma de mascar, y desgarré la carne para dar paso a un beso ensangrentado. Tristemente su barbilla comenzó a gotear manchándome la camisa y descendí la lengua para no dejarme ni una gota, estaba completamente desatado. Perdí las manos entre la espesura de sus cabellos aprisionándola el pecho con un nuevo arranque y sus consecuentes voracidades animales, y las bajé lentamente a la altura de los hombros, y proseguí por su extenso recorrido para detenerme en una cintura acentuada que no pude evitar acariciar con los pulgares. Succioné la pulpa afrutada de Émilienne, quien incidiría en la tremenda locura que la atormentaba sin un hálito de descanso. No era muy consciente de cuál era su opinión. Pero desde luego era como para perder el juicio. Obligué  con mayor exigencia a que abriera la boca y diera paso a mi lengua, que se enroscó buscando la suya con la facilidad de un reptil y a un ritmo magnético. Y sin muchas ganas, encontré necesario detenerme antes de asfixiarla. Qué visión... Me separé con lentitud admirando mi obra; la desfiguración de una rosa. ¿Querría decirme algo? ¿Podría?


Última edición por Nicholas Archer el 30.12.14 23:08, editado 1 vez
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 26.12.14 21:34

¿El príncipe de caos? ¡Valiente prepotente estaba hecho! Émilienne negaba con la cabeza, tan sorprendida de la arrogancia, la desfachatez y la locura de aquel hombre. ¿Quién se creía que era? No era más que un niño. Un chiquillo mimado que se había encontrado con más poder del que podía manejar y eso le hacía creerse dueño del mundo. ¿Cuántos años tendría? Daba el aspecto de tener, al menos, diez años menos que ella. Y sin embargo…

Sus ojos no eran los ojos de un chiquillo, de un joven arrogante e impulsivo. Eran los ojos del que ha visto demasiados amaneceres. Bueno, tal vez no sea el símil más acertado en aquel caso, pero eran los ojos del que había sido testigo de toda una vida. Cientos de ellas tal vez. Aquellos ojos perturbaban a Émilienne. Había algo terrorífico en ellos. Algo antinatural y cruel.

Dio un paso atrás, pero no tuvo tiempo suficiente para escapar de su agarre. Cuando los dedos marmóreos y fríos se aferraron a su mejilla, un escalofrío recorrió su espina dorsal desde la nuca, sacudiendo su espalda. ¿Cómo había podido moverse tan rápido? Tragó saliva, mirándole a los ojos con una expresión de desconcierto mientras ladeaba el rostro en la dirección que él la forzaba. ¿Qué pretendía hacer?

De pronto, el mundo dio vueltas a su alrededor y su visión se nubló por un instante en que sus piernas fallaron. Dejó escapar un gemido de dolor cuando su cabeza golpeó en la maciza madera e, inconscientemente, apoyó las manos sobre el pecho contrario para no caer redonda al suelo. Jamás hubiera imaginado que la noche acabaría de ese modo. ¿Por qué no estaba allí Maximilien para protegerla?

El golpe de la cabeza le dolía y latía como si se alojara en ese rincón de su cerebro un pequeño corazón auxiliar. Había sido lo suficientemente violento para que le costase mantener la mirada centrada. Apretó los dientes y sacudió la cabeza, tratando de despejar las cabeza. – Maximilien… – ¡Cómo le costaba encontrar las palabras! – Él me ama... – ¿Lo hacía? Cada vez dudaba más de ello. – Dejadme en paz… ¿Qué..? ¿Qué os he hecho para que me odiéis de este modo?

Trató de llevarse una mano a la cabeza, donde la había golpeado. Las palabras de Archer le sonaban obscenas y grotescas de puro melosas. Su cuerpo la aprisionaba de modo que ni siquiera podía levantar los brazos. Era una marioneta entre sus manos y, sin que ella pudiera resistirse, le soltó el cabello con la delicadeza de un amante entregado. Una de cal y otra de arena, como el mismo Maximilien la trataba. ¿Acaso todos los hombres actuaban de igual manera?

– ¡Soltadme! Yo no soy de vuestra propiedad.

Sacudió la cabeza con fuerza para zafarse del roce de sus dedos sobre sus rizos cobrizos, pero eso sólo logró marearla un poco más. Predijo sus intenciones apenas una fracción de segundo antes de que sus labios violentos y voraces reclamasen su boca dulce. Demasiado tarde para poder reaccionar a tiempo y evitar aquella invasión. Le golpeó el pecho con las manos, tratando de apartarle de ella, empujando aquel cuerpo inamovible que parecía tallado en alabastro.

Gritó de dolor cuando el sabor metálico de la sangre le llenó la boca, pero sus gritos estaban opacados por la boca ajena que la aprisionaba voraz y atrevida. Sus manos anchas también recorrían su figura a placer, con la indecencia propia de un salvaje y no del hombre respetable que aparentaba ser. ¿A dónde llegaría aquello? ¿Pensaba forzarla acaso?

Su lengua acarició su cuello, su barbilla y la comisura de sus labios en un gesto tan lascivo y obsceno que la hizo estremecer. Cerró los ojos y, su rostro, esbozó una inconsciente mueca de desagrado y desprecio. Cuando tuvo a bien detenerse para dejarla respirar, una Émilienne enfurecida, con el rostro y el pecho ruborizados y la respiración agitada, le abofeteó con tanta fuerza que se hizo daño en su propia mano.

– ¡Sois un cerdo! ¡Un cerdo y un canalla! Soltadme ahora mismo o gritaré.

El labio le palpitaba hinchado, y estaba segura de que se le pondría morado por la sangre acumulada. Se pasó el dorso de la mano por la barbilla y la boca, limpiando la pegajosa sangre que él había extendido sobre su blanca piel con aquel beso grotesco. Los ojos de Émilienne brillaban con rabia, con odio, y también con las lágrimas que trataba de contener. Tal era su ofuscación que no se había percatado, pese a la cercanía, que no había latido en su pecho ni aliento que besara su piel.

El miedo a flor de piel, era tan familiar e inherente a ella que casi lo sentía.

–  Estáis loco. Cuando os comportáis así me dan ganas de mandaros a la hoguera por vuestra osadía, deberíais sujetaros esa lengua si no queréis perderla. ¿Vos os hacéis llamar caballero? ¡Soltadme ahora he dicho!
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 30.12.14 23:07

Enfurecida y agitada... para comérsela a besos... ¿Soy yo o es una ricura? Jugueteé con un extremo del tirante del vestido. Colé el dedo y tiré con conocimiento de causa, me fascinaba lo fácil que sería romperlo. Un accidente lo puede tener cualquiera. ¿Mi aptitud justificaba su inconfundible desprecio? Supuse que sería incapaz de admitir que le gustó, aunque sólo fuera un poquito. Y el tortazo que me dio... (y que me busqué muy a mi pesar) eso sí que no tubo nombre. Fruncí el ceño insultado por el coraje con el que me rechazó, ¡a santo de qué!

-¡Sois un cerdo!- ¿Sólo un cerdo? -¡Un cerdo y un canalla!- Eso está mejor -Soltadme ahora mismo o gritaré.
-Mylady... lo que quiero es que gritéis precisamente- ¿Tengo que escribírselo en una nalga para que lo entienda? A lo mejor debí succionarle la sangre de la ingle o colgarme de un pecho con los dientes. Así no habría tenido el valor ni las fuerzas suficientes como para agredirme. No se había ganado mi respeto y no tenía por qué concedérselo. Estuvo a la defensiva desde el principio. Y en cuanto a lo que se refiere a mí, tenía mis motivos, todos respetables. Que no me conociera no la concedía el placer de reírse de mí o acusarme de insensato. Coloqué los antebrazos sobre el muro, cerca de su cabeza, y la miré como un emperador dueño de un puñado de reinos capaz de cometer otra bestialidad para ganarme el que más trabajo me estaba dando; el suyo. El miedo atronó en el corazón de Émilienne pronunciando las palabras que hicieron que flaqueara frente a ella.

-Estáis loco. Cuando os comportáis así me dan ganas de mandaros a la hoguera por vuestra osadía, deberíais sujetaros esa lengua si no queréis perderla. ¿Vos os hacéis llamar caballero? ¡Soltadme ahora he dicho!- Lo hice de inmediato, sus deseos eran órdenes. Di un paso atrás y me tropecé con una silla perdiendo toda la percepción del espacio que siempre había poseído desde que Sir Bors me concedió el don de las tinieblas -Mi lengua- Qué extraño sonaba cuando lo decía yo -¿La misma que ha logrado tantas conquistas como espadas se han desenvainado, la misma a la que vos os negáis a entregaros? ¿Habláis de esa lengua, mi señora, por ella estáis tan furiosa?- no hace falta que respondas. Agaché el rostro derrotado. Para mí todo estaba dicho, todo lo que necesitaba saber quedaba frente a mis ojos tan claro como el día -Muy bien- me apoyé en el piano buscando el equilibrio. ¿El diablo me había abandonado? Porque ahora si que había perdido los cabales. Una gota de sangre descendió por mi mejilla y giré el rostro enseguida con miedo a que lo viera -Marcharos con Maximilien si es lo que queréis- no podía creer lo que estaba diciendo. Para colmo de todos mis males se me abrieron las compuertas. Dios no quiera que me eche a llorar. -Os deseo buenas noches- murmuré precipitado. No podía  soportar su presencia ni un segundo más y abandoné la sala  por otra puerta con tal de no cruzar la que ella clausuraba. Así subí a mi habitación cerrando con pestillo.

Quería contárselo a Sir Bors. Tantos años sin creerle, tantos años de vagar sin rumbo, de perseguir un sueño imposible. Me llevé las manos a la cabeza al caer en la cuenta de lo gracioso que podía ser el destino concediéndome a Ginebra de nuevo para recordarme que no era yo quien calentaba su lecho en la intimidad o en quien pensaba cuando nos separaba un océano. Esta vez, no permitiría que escapara. Así de mundano era pensar en un "para siempre."

Antes de que despuntara el alba hablé con el médico, que pedía reposo para el caballero -¡Por poco pierde el ojo!- Desafortunado en amores, afortunado en el juego. Debí descolgar la lámpara para asegurarme del todo. Tras despachar al doctor, desperté a las cocineras para darles instrucciones. No debían reparar en gastos a la hora del desayuno y colocarían una flor de Jazmín sobre el plato de Émilienne. También me pasé la noche entera pintando. Necesitaba mantener la cabeza ocupada y la retraté con el labio amoratado. Colgué el cuadro en el salón junto al resto de las representaciones y con la intención de que lo viera. Quería que la persiguiera más allá de la eternidad como su fantasma me había perseguido a mí durante todas esas décadas solitarias. Con la llamada del letargo, volví a mi habitación y me tiré en la cama echando de menos el ataúd mullido y fino de Guardia Gozosa. Confiaba en conciliar el sueño tan pronto como cerrase los ojos. Pero la idea de despertarme y volver a verla no me dejaba dormir. Di vueltas retorciéndome entre las sábanas y peleándome con colcha y con la camisa de mangas anchas. Las mayas me apretaban. Sólo a mí se me ocurría no traer ropa conformándome con la de hace décadas. Con razón suspiraba a veces Sir Bors. No puedes ser más antiguo.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 31.12.14 3:30

Su mirada era escalofriante, tan fría y ardiente a la vez. Implacable y voraz. Cuando la miró de aquel modo, como un gigante miraría a un insecto molesto en el suelo, y a la vez con aquella obsesiva devoción, tan incongruente, tan intensa; sintió que se hacía pequeñita, que su corazón se agitaba aún un poco más y que el miedo la sacudía. Sentía que podría aplastarla con uno solo de sus dedos, que a cada segundo le estaba perdonando la vida.

Era la mirada de un demente.

Las palabras brotaron de su boca inconscientes, como si no pudiera contenerlas. Ni siquiera las había pensado realmente. Acudieron a sus labios en una especie de automatismo extraño que le resultó ajeno a sí misma. Eran palabras trasnochadas, incluso inapropiadas para aquella época, aquel momento y aquel lugar. Y sin embargo, trajeron a su pecho una sensación de familiaridad, de sueño ya vivido.

Y funcionó.

Para su sorpresa, aquel hombre de frío mármol la liberó de su prisión. Parecía que sus palabras le hubieran asestado un contundente golpe, pues trastabilló y hasta el equilibrio estuvo apunto de perder. Émilienne le miraba estupefacta, sin comprender la reacción que había provocado en aquel demonio que se hacía llamar su anfitrión. Archer parecía haber perdido el aliento, y también el color.

<< ¿Quizá simplemente se ha pasado con el vino? >>

Confusión, miedo, desconcierto, rabia, odio, curiosidad, incluso una cierta lástima… La amalgama de sensaciones era tan brutal, tan intensa y desbordante que no pudo por menos que quedarse paralizada contra la puerta, como si su cuerpo se hubiera fundido con la madera lacada y cuidadosamente labrada. Pero las emociones que más la confundían eran las que le gritaban a voces que nada de aquello era nuevo.

<< ¿De qué nos conocemos? >>

A veces, una persona entra en tu vida sin anunciarse. Un rostro con el que coincides en una calle cualquiera un día cualquiera, pero que se graba en tu mente sin quererlo. No es consciente, ni siquiera te percatas de ello… Pero luego el destino tiene a bien cruzar de nuevo las líneas de ambos y, entonces, ese rostro no te resulta extraño. Es familiar en cierto modo, aunque ninguna palabra se hubiera cruzado entre vosotros previamente. Aquella sensación era la que embriagaba a Émilienne, sorprendiéndose de que las reacciones de Archer no le sorprendiesen, al contrario.

Archer hablaba de espadas, de conquistas, en un anacronismo extravagante, tratándola de “mi señora” como si aquello fuera un drama interpretado en un escenario. Aquel caballero fantoche sin espada ni caballo vivía una fantasía delirante alimentada, sin duda, por aquella obsesión malsana por las leyendas artúricas y había decidido hacer a Émilienne la protagonista de su propia novela, sin pedir permiso ni tener en cuenta la voluntad de la mujer, tomando sus naturales intentos por defenderse como ofensas y desaires. ¿Hasta ese punto tenía la realidad distorsionada?

Cuando se marchó, con su frío glacial abandonando tras él la estancia, Émilienne se dejó deslizar con la espalda apoyada en la pared hasta acabar en el suelo, abrazándose las rodillas con los brazos y rompiendo a llorar liberando la tensión que había acumulado en aquella noche. Los hombros le temblaban en cada sollozo mientras su pelo alborotado caía hacia adelante como las pesadas cortinas de terciopelo ocultando su rostro.

Caminó como sonámbula por los pasillos, sin saber a dónde debía ir, y sin cruzarse con nadie del servicio que pudiera ayudarla. Alcanzó el aseo y se limpió el rostro, las lágrimas y el orgullo. Después, una doncella dio con ella y le anunció que habían preparado aposentos para alojarla. ¿Por qué todo en aquella casa parecía tan descontextualizado? ¿Tan fuera de época y anticuado?

Se cambió de ropa sin saber a quién había pertenecido anteriormente el camisón con el que se cubrió el cuerpo y acudió junto al lecho de su marido, a pasar la noche en una butaca aunque él no era consciente de su presencia. Lo miraba dormir como podría mirar a un extraño, con una extraña y fría apatía que no había sentido antes a su lado. Se sentía obligada a estar allí, pero le hubiera gustado correr lejos, muy lejos, tan lejos como sus pies quisieran llevarla.

El alba la encontró todavía con los párpados abiertos. No había logrado conciliar el sueño en toda la noche, pese a que la butaca era más cómoda de lo que en un principio pudiera imaginar. Pero su mente inquieta no había cesado, ni un sólo instante de aquella madrugada, de buscar una explicación coherente a lo que había ocurrido tras la cena, sin encontrar respuesta satisfactoria.

Antes de que Maximilien pudiera despertar, pues no quería darle explicaciones sobre por qué tenía el labio partido e hinchado, se cubrió el cuerpo con una fina bata de seda que las doncellas habían dispuesto en su cuarto y decidió bajar al salón principal, al comedor o a cualquier lugar. Debía agradecer a su anfitrión su hospitalidad y marcharse tan pronto le fuera posible de allí.

– Por todos los Santos… Esto es una completa locura…

El lienzo todavía estaba húmedo al tacto. El retrato era tan perfecto que Émilienne podría haber jurado que estaba mirándose al espejo si no fuera porque la había retratado con el vestido de la noche anterior. Aquello era enfermizo y aterrador a partes iguales. Todavía estaba paralizada por la sorpresa de haber descubierto aquel nuevo cuadro cuando una doncella llamó su atención.

– El señor ordenó que le sirvieran el desayuno…

La mesa estaba dispuesta, solo para ella, con bandejas repletas con dulces de varios tipos, bollos y mermeladas, mantequilla recién batida y leche fresca, piezas de frutas y una jarra con té. Y en su plato, como él había ordenado, una flor de jazmín. La doncella se retiró con una leve inclinación y Émilienne se acercó al plato, cogiendo con delicadeza la flor y acariciando los pétalos con sus dedos pálidos. La acercó a la nariz para aspirar el sutil y sugerente aroma.

Los sentidos despertaron evocando imágenes bucólicas de un jardín exótico en una tierra lejana, en otra era quizá, en otro tiempo… Un pozo de piedra con arco de forja, con trepadoras entrelazadas, floridas en primavera. Las aguas de un arrollo corriendo más allá. Una risa, tal vez. Un encuentro prohibido. Un beso furtivo al caer la noche. Y el aroma de los jazmines inundando la escena con su exquisita complicidad.

Los dedos se abrieron y la planta cayó al suelo. Recogió las faldas con las manos para correr en dirección a las escaleras. Su zapato cruel pisó la flor en su huida, pero no se dio cuenta ni se detuvo hasta llegar a la alcoba principal, cuya puerta no cedió a su presión ni a sus intentos por girar el picaporte. Golpeó con fuerza la madera con la mano abierta, con insistencia.

– Sé que está ahí, Archer. Abra la puerta. ¡Abra la puerta! Este juego ha llegado demasiado lejos. ¿Me oye? ¡Abra la puerta!
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 31.12.14 18:23

De pie, junto al riachuelo de aquel paraíso rústico, escuché el murmullo de las aguas arrastrando los cantos rodados y tiñendo de plata las rocas sobresalientes del río. El sol produjo destellos sobre mi aparatosa armadura y evidenció mi emplazamiento. De no ser por la concurrencia de los jardines y de los numerosos árboles que se erguían frondosos allá donde mirases, los helechos y los jazmines, no habría permanecido junto al río ni un instante más por temor a que alguien me viera. La impaciencia podía advertirse cada vez que estiraba la cota de malla que aprisionaba mi cuello. Nadie me había seguido. Les dije a todos que saldría a practicar con el arco ante la inminente guerra que amenazaba de nuevo al pueblo Bretón. Galván, sin embargo, sospechaba que mi ausencia estaba fuertemente influenciada por algún tipo de encuentro furtivo con una mujer. A ello se debía mi alborozo bajo la armadura. Toda ella vibraba ante el miedo. Había luchado contra dragones, masacrado ejércitos, librado peligrosas batallas  enfrentándome con un miserable escudo a la ferocidad de más de un millón de flechas, y no había nada más aterrador que el descubrimiento de mis traiciones a la corona. ¿Sospecharía de mí? ¿Sospecharía de ella? Ante todo, la discreción imperaba en nuestras vidas. Pero supuse que Galván notó algo diferente, algo que no prometía una simple práctica de tiro.

Intenté dejar de pensar en lo que estaba bien y en lo que estaba mal. Nadie sospecharía de mí. ¿Quién en su sano juicio deduciría que se trataba de la reina? ¿Por qué habría de prestarme más atención que a cualquier otro? A menudo me lo preguntaba. La primera vez que escalé por su alcoba y arranqué los barrotes de cuajo, y ensangrenté mis manos manchando sus ropas y el pañuelo con el que envolvió mis heridas con una delicadeza que me conmovió, no creí ser nunca más afortunado. La única persona que guardaba el secreto era Ina, su doncella, una mujer de edad avanzada que aún podía entender el amor que enloquecía a los jóvenes. Sin embargo era incapaz de mirar a Ina a la cara cuando nuestras miradas coincidían. Los remordimientos no me dejaban ni un minuto tranquilo.

Los ruidos entre la maleza me sacudieron. Con el corazón en un puño, situé la mano sobre la empuñadura de la espada que colgaba de mi fajín y esperé. Esperé a que el intruso se descubriera. Y de ser enemigo, la hoja se clavaría en su carne como un cuchillo cortando la mantequilla. La tensión de mis músculos se disipó tras un suspiro de alivio al ver quien era la invitada -Ginebra- murmuré para mí. Cómo si no la esperara. Avancé a zancadas hasta ella para besar sus manos, las sostuve en las mías en forma de cuenco -Por qué habéis tardado tanto- Dulzura del país del verano, que no soy yo el que te corresponde. ¿O a mí me pareció una eternidad? Sacudí la cabeza desechando  aquellas ideas -Es igual, ya no importa, ahora estáis aquí- después acerqué su barbilla para brindarle un beso colmado de ternura.
¡Toc, toc, toc!

-Sé que está ahí, Archer.- me vi besando la almohada retorcido entre las mantas. Mi aspecto debía ser terrible. Apenas pegué ojo y aún era de día. Lo supe por lo  pesados que eran mis movimientos al incorporarme de la cama para sentarme en el borde -Abra la puerta. ¡Abra la puerta! Este juego ha llegado demasiado lejos. ¿Me oye? ¡Abra la puerta!- ¿al menos podría darme unos segundos? Ni siquiera estaba presentable para recibirla. ¿Y por qué diantres parecía tan enfadada? De pronto recordé el cuadro. Habría bajado a desayunar y debió quedarse con la cuchara suspendida en el aire y la cara de una boba. Lástima, me lo perdí. Encendí los candelabros con un chasquido de dedos para iluminar la oscuridad del cuarto. Luego retiré el pestillo y entreabrí la puerta apoyando la cabeza en ella sin que la luz del pasillo me rozara. Dejé un hueco lo suficientemente ancho para que entrase y cerré a cal y canto. El ratón en la ratonera. La miré de arriba abajo con tierra en las córneas ¿De dónde sacó ese camisón? Caray...qué soltura tiene. Por lo visto estuvo revolviendo entre mis cosas.

-¿Y bien?- insistí ceñudo. Ella fue la que vino gritando. Que hablara pues -Estaba durmiendo. Estaba teniendo un sueño precioso.- contigo, si... Gruñí despejándome la cara. Luego apoyé un brazo sobre la pared y esperé. ¡Estás no eran formas! ¿No podía esperar a la noche? Además, adónde pensaba ir. Su marido aún seguía en cama, el médico dijo que reposara, digamos que va a tener que quedarse en mi casa durante una buena temporada; unas largas vacaciones.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 02.01.15 21:21

Apenas la puerta dejó resquicio suficiente para poder escurrirse por el hueco, Émilienne entró en la habitación sin pensar en lo inapropiado del gesto, pero estaba demasiado ofuscada. Aún así, le hubiera gustado que Archer hubiera sido un caballero y hubiera dejado la puerta abierta para dejar ver que no había nada indecoroso en ese encuentro. Pero no comentó nada al respecto, no había ido allí a discutir por eso y ya bastante tenía que decirle.

– ¿De verdad? – Dijo en tono cruel e irónico. – Cuánto lamento haber interrumpido su sueño. Yo no pude pegar ojo en toda la noche.

La habitación olía a cerrado y ni siquiera disimuló el gesto de arrugar la nariz al entrar pese a ser desconsiderado. Tampoco él había tenido cuidado en no ofenderla a ella, ¿por qué debía ser ahora cortés si no se había ganado su cortesía? Las sábanas estaban revueltas y, sin embargo, la habitación no olía como debería, a esa mezcla de vaho y el olor corporal de un cuarto que no se ha ventilado en la mañana.

Las pesadas cortinas estaban echadas y el inglés presentaba un aspecto lamentable. Pálido, ojeroso, y los movimientos resultaban más lentos y torpes que en la víspera. ¿Sería que el vino que había tomado en la cena con aquel conocido, la que le había impedido acompañarles a ellos en la velada, todavía le daba vueltas en la cabeza? Valiente calavera estaba hecho, durmiendo a aquellas horas como un holgazán. Contuvo las ganas de abofetearle de nuevo.

– ¿De qué le conozco? ¿De qué nos conocemos? No vaya a decirme que se comporta como lo está haciendo conmigo con todas las mujeres, por muy patán que sea. Déjese de juegos y hable a las claras. Habla como si me conociera de antes. Se comporta de forma extravagante… Demasiado extravagante. Y ya no soy una mocita para estar pendiente de los dimes y diretes de un chiquillo con pretensiones.

Ahora se había dado cuenta de que nada de aquello era casual. Que no podía ser posible que ella se pareciera tanto a las mujeres que él pintaba, que él le hablase de ese modo o el trato que le había dispensado, demasiado intenso para una extraña. Ahora entendía la insistencia porque ella acompañase a Maximilien en aquel estúpido viaje de negocios y también el porqué él parecía tan poco interesado en una reunión que él mismo había concertado. Porque, como bien había dicho cuando llegaron, “el negocio” era ella.

– Detenga ya esta obsesión malsana. Esto no tiene ningún sentido y se le está yendo de las manos. He… He visto ese cuadro que ha colgado en su salón. ¿Qué es exactamente lo que pretendía con eso? ¿A quién pidió permiso para tomar mi imagen de ese modo? ¿No pensó en que podía verlo mi marido? ¿O es exactamente eso lo que pretendía?

No quería ni imaginar qué hubiera pasado si Maximilien lo hubiera llegado a ver antes que ella. Parecía que disfrutara metiéndola en aprietos y situaciones violentas, como la noche anterior con aquel beso, o con aquella visita en el baño. Parecía que quisiera ofuscar a su marido, y lo había intentado por activa y por pasiva, encendiendo la mecha que ya de por sí era demasiado corta.

Inconscientemente se acercó hacia la ventana. Aquella penumbra la agobiaba y la hacía sentirse incómoda. Caminó con paso decidido, casi soberbio, dejando que la bata de encaje que llevaba sobre el camisón ondease con el airado caminar y agarró las pesadas cortinas con las dos manos, dispuesta a descorrerlas de un seco estirón, como si fuera una madre reclamando a un hijo el ser tan holgazán.

– Nos marchamos. Hoy mismo. Ya hemos abusado bastante de su hospitalidad.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 03.01.15 19:49

¿De verdad?- Sí...se propuso librar una guerra a primera hora de la mañana... -Cuánto lamento haber interrumpido su sueño- ¿Es mucho pedir que baje el sarcasmo unas onceavas? Más que nada para darme un poco de cuartel a mí -Yo no pude pegar ojo en toda la noche- Pues cualquiera lo diría... Me pregunté si fui yo el causante, quizás montado en mi caballo blanco. ¿Quién se negaría a salvarla de los aburridos brazos de Morfeo? Dulce obsesión.
Obviamente no fue el cuadro. Sus ganas de volver a verme la motivaron a venir. Pero habría preferido recibirla de otro modo y no de esta guisa, con la cama revuelta, embutido en unos pantis y con una cara de dormilón que daba pura vergüenza verla. Oler, no huelo mal. Ni aunque hubiera sido así. Más de una vez acudí a la reina sudoroso y cubierto de tierra a causa de la batalla y no la importó lo más mínimo. Eso era el amor.
-¿De qué le conozco? ¿De qué nos conocemos?- No estoy autorizado ni obligado a contestar. Por lo pronto guardé silencio. Que piense lo que quiera -No vaya a decirme que se comporta como lo está haciendo conmigo con todas las mujeres, por muy patán que sea- ¿Celosa? La idea desde luego me complacía. Se lo hice saber con una mueca digna de un granuja. ¿O dijo canalla? Patán era más desafortunado, pero me había llamado tantas cosas... Qué más da. Sería mi niña consentida -Déjese de juegos y hable a las claras- no entendía por qué los mortales se impacientaban cuando no había motivo. ¿Por qué no eran capaces de dejar que el paso del tiempo desvelara el mañana? Recordé cuando tenía veinte años y disfrutaba con el simple hecho de dejarme sorprender. En esta época ya no existe esa magia, los nuevos avances se difunden para inmediatamente después olvidarse. ¿Dónde quedaron los soñadores? -Habla como si me conociera de antes. Se comporta de forma extravagante… Demasiado extravagante. Y ya no soy una mocita para estar pendiente de los dimes y diretes de un chiquillo con pretensiones- Muy bien. Asentí con mandíbula tensa sin dirigirle una mirada, más pendiente de encontrar el momento oportuno para defenderme en caso de que me dejara. Porque... ¿esto era un monólogo o...? Ni si quiera interrumpí su silencio. Observándola de reojo advertí que su cabeza trabajaba y le daba vueltas a algo. Y fuera lo que fuera, no la emocionaba precisamente.

-Detenga ya esta obsesión malsana. Esto no tiene ningún sentido y se le está yendo de las manos- En su opinión, claro. Aparté el antebrazo de la pared para dar un paso cuando me sentí ofendido por lo que estaba diciendo -He… He visto ese cuadro que ha colgado en su salón- ¿Y? -¿Qué es exactamente lo que pretendía con eso? ¿A quién pidió permiso para tomar mi imagen de ese modo? ¿No pensó en que podía verlo mi marido? ¿O es exactamente eso lo que pretendía?- Menos mal que tenía buena memoria porque había que estudiar una carrera si querías acordarte de todas aquellas preguntas. De ser posible, habría contestado a todas, una por una. Y a pesar de que amenazó con marcharse hoy mismo, me preocupó más que tocase las cortinas. Sacudido por un latigazo, dejé a un lado todo lo demás, y corrí hacia ella tan pronto me fue posible -¡No!- detuve sus manos para impedírselo. Mi pecho colisionó contra la espalda de Émilienne y respiré junto a su oído pesadamente debido al cansancio -No descorráis las cortinas. El sol no puede entrar en esta habitación- me quedé engarrotando, sosteniéndole las manos para descenderlas lentamente a la altura de sus caderas y pegarlas a ellas impidiendo que volviese a levantarlas -Es...primordial...- en un hilo de voz, acaricié su piel he hice bailar en un siseo los cabellos sueltos que asomaban tras su oreja -Estoy enfermo. "Alergia a la luz solar". Mis ojos sangran, me salen erupciones en la piel, me provoca picores y terribles dolencias- no era todo mentira -Sé que estáis agotada, cansada de mí y cansada de las inquietudes que suscito. Pero no lo hagáis... De lo contrario esa ventana será mi muerte. Y no creo que me odiéis tanto- ¿Lo merecía? Que lo pensara bien antes de actuar. Ahora que lo sabía y era más consciente de mi fragilidad. Desde luego, estaba en su derecho. Si quería librarse de mí, sólo debía tirar de ellas y dejar que la naturaleza hiciese el resto.

Despacio la solté, mi intención era explicarme. Pero antes de nada, debía beber algo. Estaba a un soplo de desmayarme sobre la alfombra. Me acerqué al escritorio, rodee la mesa y saqué de un cajón una petaca de plata que aún contenía algo de sangre. Mi alijo para imprevistos. Estaba fría como ella sola. Pero bueno. Mejor esto que nada. Dejé la petaca y apoyé los puños sobre la mesa para poner las cosas claras -La respuesta es "vuestra atención"; a nadie; Maximilien está en cama a falta de un perro lázaro que le guíe y no; no era mi intención que lo viera y no me interesa lo más mínimo su opinión- ¿Suficiente por hoy? -Ahora...- me acerqué de nuevo más enérgico -...si me lo permitís...- la guíe con una mano, situándola en la parta baja de su espalda  -...os ruego que salgáis inmediatamente de mi cuarto y que os toméis una tila- Que no ponga esa cara -Sé que os encanta discutir pero a mí no- dije  aclarándome la garganta -Ya que estáis aquí, en Roma, y tengo entendido que es la primera vez que venís, podríamos aprovechar paras visitar la ciudad- mucho más agradable, creo yo. Además tenía rasgos romanos al igual que Ginebra. Fue una gozada retratarlos a pesar de las consecuencias que trajo. Eso no lo diría en alto, lo guardé para mí -Os veo esta noche- cerré la puerta y me derretí contra ella apoyando la frente desesperado. Ya estaba bien de trastear.

A la noche siguiente la esperé fuera. Iríamos andando. Bien podía cogerme de un brazo si se cansaba, yo se lo tendería encantado. Estaba de mejor humor, por fin había dormido, me alimenté bien antes de partir y ya no llevaba pantis. Así que podría decirse que la noche prometía. Aún así, me asoló la idea de que prefiriese quedarse con Maximilien en lugar de bajar. No quería parecer impaciente, pero cuando se abrió la puerta de la casa me giré más rápido que un molinillo. La desilusión me empapó el cuerpo al ver que sólo era el mozo.
-¡Mi señor, se deja el chaleco!- Vaya por Dios... No me había dado cuenta. ¿Qué me pasa? Menos mal que el chico era atento y sacó la prenda. Iba en camisa con un pañuelo negro atado al cuello. Descocado y muy viva la virgen para mi gusto.
-Un poco más...y me dejo los pantalones- no pretendía hacer una broma, pero el joven lo encontró graciosamente entretenido. Bueno, si le hace gracia, que se ría, a mi me la trajo sin cuidado. Me abroché el chaleco y le dije:
-Sube al cuarto de la señora y dile que la estoy esperando- el mensajero salió disparado a contárselo.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 05.01.15 0:47

– ¡No!

El inesperado y repentino grito logró dejarla paralizada, sorprendida, con las manos aferradas a las cortinas pero sin mover ni un músculo. Hasta el aliento se le había cortado. ¿Cómo había podido moverse tan rápido? Hace un segundo estaba junto a la puerta y, en un pestañeo, sus manos inmovilizaban su muñeca y su aliento azotaba con una suavidad inusitada su oreja, haciendo revolotear los rizos sueltos a su alrededor.

Parecía fatigado, exhausto por aquel simple movimiento, como si bajarle los brazos fuera un esfuerzo sobrehumano. Su nariz acarició la piel de su cuello y provocó un escalofrío en la blanca piel de su cuello, estremeciéndose con el roce y cerrando los ojos de forma inconsciente. – Estoy enfermo. – Eso explicaba muchas cosas. Enfermo de la mente, y de los nervios sin duda.

– ¿Qué clase de dolencia es esa?

Espetó con tono seco y con incredulidad ofensiva. Pero dudaba. Tal vez lo más fácil era descorrer las cortinas y comprobar de primera mano si sólo eran patrañas lo que salía por su boca. Pero no era tan cruel y, cuando soltó las tenazas sobre sus muñecas, ella bajó las manos y dio un paso atrás, alejándose de la ventana asesina. Por eso les había citado en la noche y por eso dormía durante el día.

<< Qué tristeza de vida. >>

Se compadeció mientras se daba media vuelta y le enfrentaba, componiendo el semblante para que aquella renuncia, aquella pequeña flaqueza no se reflejase en su determinación. No quería darle el más mínimo cuartel. Era un manipulador redomado y la más mínima ventaja conseguiría que impusiera su santa voluntad. No, no pensaba ceder un ápice. Ya tenía bastante con su marido.

– ¿Bebéis de tan buena mañana?

Preguntó con desagrado y disgusto. El alcohol era una bebida horrible que convertía a los caballeros en canallas y a los educados en patanes. Confundía la mente, enturbiaba los sentidos y alimentaba los demonios que todos guardan en lo más hondo de su pecho. No, definitivamente Émilienne odiaba a los hombres que no eran capaces de controlarse con el alcohol.

<< Pero duermo junto a uno. >>

– Mi atención… Así que sois como el niño malcriado que comete travesuras para que su madre ausente fije los ojos en él. – ¿No sabía impresionarla sin ofenderla? – ¿De qué os sirve mi atención si sólo os granjeáis mi desprecio?

Y después volvió a su actitud de siempre. La echó del cuarto sin paños calientes y decidió por ella que, no sólo se quedaría, si no que la llevaría a hacer turismo por la ciudad, como si fueran excelentes amigos. Quiso protestar, quiso volver a entrar y enfrentarlo, pero cuando abrió la boca para replicar se encontró con la puerta cerrada en sus narices. Dejó escapar un bufido de indignación y volvió junto a su esposo.

Dedicó la mañana a velar a su esposo, que debido a los sedantes y cuidados del doctor se mantenía inconsciente. Paseó por la casa, explorando los rincones y, finalmente, cuando decidió que no había más que ver, se sentó en el piano y comenzó a tocar la misma pieza que había tocado la noche anterior y que, por alguna extraña razón, no había podido borrar de su cabeza en todo el día.

Al llegar la noche, ella estaba sentada en la butaca junto a Maximilien, leyendo, con el largo cabello recogido en un sencillo moño en su nuca que había peinado ella misma. Alguien, que supuso que había sido el señor Archer, había ordenado que trajeran sus cosas del hotel, y ahora el baúl descansaba a los pies de la cama que ocupaba Maximilien y ella iba vestida con un sencillo vestido de seda color verde.

– ¿Señora? –El mozo dio dos golpecitos a la puerta para hacerse notar. – El señor la está esperando abajo.

Émilienne ni siquiera levantó la vista del libro, se humedeció el dedo índice y pasó la página del libro para seguir leyendo, acomodándose un poco más en la silla. A su lado, Maximilien murmuró algo en sueños y se removió levemente. Ella lo miró de reojo y, al ver que todo seguía bien, volvió a centrarse en la lectura.

– Dígale al señor que puede esperar lo que le plazca. Quizá le venga bien que el fresco le despeje las ideas.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 07.01.15 17:57

El mozo regresó sin la liebre y le miré con gesto apático. No creí que fuera tan difícil. ¿pedí una locura acaso? A no ser que ella se hubiese negado -¿Y bien?- esperé a que recuperase el aliento. Subir y bajar escaleras podía ser agotador. Pero mi paciencia también se agotaba -¡Qué te a dicho!- exigí con brazos apremiantes -Ha dicho que espere cuanto quiera, que le sentará bien el aire- Con que esas tenemos... Se ha propuesto sacarme de quicio. Quizás le parezca divertido enfurecer a un vampiro milenario. En tal caso me veré obligado a tomar medidas. De nuevo se cumplía ese dicho. Si deseas que las cosas se hagan bien, lo mejor será que las hagas tú mismo -Y también dijo algo sobre aclarar sus ideas al fresco- sí, sí, lo he entendido -No va a bajar- Antes muerta que sencilla -Está leyendo un libro. Me da que no tiene intención- ¡Cómo no! Ocupada con una afanosa lectura, tirada a la bartola en mi cómodo sofá. Debía sentirse de lo más satisfecha, ella era la causa de mi aflicción. Por curiosidad, pregunté -¿Qué libro?- Émilienne debió traerlo escondido en el fondo de la maleta, quizás para amenizar el viaje. Desde luego era una opción. Cualquier cosa con tal de ignorar al plomazo de su marido. Por un instante quise saber qué relatos atrapaban su atención, qué historias conseguían sin esfuerzo hacer que olvidar las peleas, el miedo, la amenaza a cada minuto, lo que le daba esa calma, esa paz al amparo de una vela. ¿Se fijó el muchacho? -No lo sé- a lo mejor a él no le pareció importante. Pero se puede conocer a una persona simplemente por lo que lee -Averígualo- si no sabe leer, entonces que se lo pregunté -Y dile que si no baja, subiré a por ella personalmente. La cogeré de los pelos y la arrastraré hasta aquí- por su expresión, advertí que el comentario era desafortunado. ¿Agresivo? Quería que bajara, el modo era lo de menos -Espera...- recapacité por un instante --Di mejor que lamento lo del cuadro. Dile que estoy muy arrepentido y que entiendo su aptitud. Dile que esperaré toda la noche si hace falta. ¿Mejor? Para mí era un cambio de 180 grados -¡Bravo!- pero no era como para aplaudir. ¿Se acordaría de todo, punto por punto tal y como señalé? Hice que repitiera el mensaje. Cabe decir que fue un completo desastre -¡Que lo del cuadro no importa! que se arrepiente de su aptitud y que la espera fuera- me restregué la mano contra la cara y por casi me arranco la boca con tal de no matarle. Todo el sentimiento y la carga emocional tirados a la basura. Haríamos otra cosa.

Pedí que me acompañara. El muchacho parecía perdido aunque obediente; me siguió hasta el salón. Debería tener papel a mano en alguna parte. Así que le mandé a mi despacho con un encargo y esperé a que trajera las cosas. Tenía las piernas largas y llegó pronto aunque igual de agotado. Se inclinó sobre la mesa del comedor ocupando mi espacio personal, cosa que me incomodó, y observó mi letra; la soltura con la que deslizaba la pluma suavemente a lo largo de un papel en blanco. Escribí una nota:


Querida Émilienne:

Lamento lo ocurrido. A veces no me doy cuenta de mi propia arrogancia. Sé que soy el patán que nunca quisisteis. Pero también soy el hombre que os enseñará Roma. No debí romperos el labio, no debí hacer nada de lo que hice. Mandaré que retiren inmediatamente el cuadro, dejaré a un lado mis rarezas, todo aquello que entendéis por un comportamiento extravagante; haré cuanto sea si con ello consigo que bajéis. Por favor, bajad o contestad al menos, no me dejéis así. El exceso de aire me desabrochará las orejas. Y aunque no creo que exista mejor forma de volar hasta donde estáis, reconozco que es un intento pésimo y se que odiáis las bromas. No lo haré. Por favor, no podéis evitarme eternamente, en algún momento tendréis que salir de vuestro escondite y enfrentaros a mí.
Ahora no puedo contaros nada. William Shakespeare dijo una vez que un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto. Es cuanto puedo daros. Lo último que desearía es haceros daño.



Examiné de nuevo la carta poco convencido de su contenido. La leí a grandes rasgos. Palabras que jamás pensé pronunciar resaltaban en rojo dentro de mi cabeza. Era sincera, no me detuve a contar el número de líneas ni me fijé en su estética; en si carecía de florituras, o era demasiado escueta, o quizás me alargué. ¿Hablé de más? Una mirada vale más que mil palabras. Pero ella no estaba allí para verme. Y llegué a la conclusión de que no había otro modo, o al menos yo no lo encontraba. Cerré la carta de inmediato un tanto avergonzado y sin querer darle más vueltas, e hice una flor con ella. Doblé las esquinas y las prensé con los dedos -Siempre quise aprender a hacer eso- no era tan difícil, se sorprendería, yo acabo de aprender -Vuelve a subir y entrégale la flor a su propietaria. Dile que es una carta del señor Archer. Asegúrate de que se toma al menos un tiempo para leerla. No te olvides del libro.
Enseguida mandé al mayordomo retirar lo que prometí. Y no sólo el cuadro que sembró la discordia, sino todos los que había.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 07.01.15 19:28

No iba a ser tan sencillo, eso estaba claro. Apenas pudo centrarse en la lectura, esperando que un Archer enfurecido llegara a pedirle explicaciones sobre por qué se había creído con derecho de semejante osadía. También esperaba que fuera el mozo el que regresase con un nuevo mensaje, tal vez menos amistoso. Tal vez cargado de amenazas. Pero el mozo no venía, y tampoco el señor, y a punto estuvo de creer que, simplemente, se había aburrido de esperarla.

Pero al final los pasos en el pasillo captaron su atención y volvió a pasar las páginas del libro fingiéndose totalmente enfrascada en sus letras. Era el mozo, sus andares eran demasiado pesados, nerviosos y torpes para ser Archer, que se deslizaba por el suelo como si apenas lo rozaran sus pies, como una peligrosa y sibilina serpiente de cascabel. Ahora estaba allí y, al instante, estaba detrás de ti sin que se desprendiera tan siquiera un mechón de su cabello.

– ¿Señora?

Émilienne dejó escapar un suspirito de resignación y apoyó el libro en sus rodillas, manteniendo el dedo índice entre las páginas marcando el lugar donde la lectura había sido interrumpida. El joven parecía azorado, con las mejillas encendidas por el sofoco y la respiración entrecortada. Iba de un lado al otro de aquella mansión corriendo como una cervatillo asustado. << ¡Así tiene esas piernitas que tiene! >> Pensó de forma maternal.

–El señor me mandó que le diera esto. dice que es una carta para usted.

Aquello le pilló con la guardia baja. La flor de papel era un detalle bonito, bonito y elegante, tan exquisito como todo en aquella casa. Si sólo fuera un poco más educado toda aquella ostentación en la decoración no resultaría artificiosa. Pero desde que había descubierto el canalla que se ocultaba tras la piel del cordero, los cuadros, las obras de arte y las exquisitas alfombras solo le parecían pomposidades destinadas a enardecer un ego desmedido.

<< ¿Conocerá siquiera el valor de lo que tiene o se limitará a coleccionarlo porque es caro y único? >>

Apartó la flor a un lado, dejándola abandonada y sin abrir en la mesilla, dispuesta a coger el libro de nuevo e ignorarla, pero el mozo, con la gorra entre los dedos y dándole vueltas de forma nerviosa en las manos, utilizó el chantaje emocional para hacerla cambiar de opinión. – Leedla, señora, por favor. Me pidió que me asegurase de que la leíais. Si no lo hago creerá que no le tomé bien el recado. – Con un suspiró de resignación abrió la carta con cruel indiferencia,por si el señor Archer le había pedido que describiese también su expresión.

Palabras bonitas en una caligrafía esmerada. Que se arrepentía, que no volvería hacerlo, que jamás tuvo la intención de hacerle daño… Pues eso debería haberlo pensado antes de ponerle la mano encima. ¿Tendría idea acaso de las veces que había escuchado cosas así? Maximilien también le pedía perdón tras cada golpe, le rogaba y le suplicaba con palabras tan sentidas y bonitas como aquellas, incluso más. Con las lágrimas corriéndole por las mejillas juraba no volver a hacerlo y se volvía el hombre más cariñoso y romántico del mundo…

Hasta la siguiente paliza.

– El señor también quiere saber qué estáis leyendo.

Por supuesto. Y la talla de su zapato y el número de centímetros que apretaba su corsé. ¿Por qué no? Cogió la nota y fue a dejarla en la mesilla, pero luego pensó que podría ser peligroso si Maximilien la leía y la guardó entre las páginas finales del libro. Era Alicia en el País de las Maravillas. Nunca lo había leído hasta ahora. Era una lectura exquisita, sin lugar a dudas. Mucho mejor que soportar a su anfitrión.

<< Así tenga que volver de Italia sin poner un pie en la calle. >>

– Dígale al señor que el libro lo cogí prestado de sus estanterías. – Si sabía lo que tenía, sabría cuál es. O quizá sólo tenía todas aquellas joyas cogiendo polvo en los estantes para aparentar. – Y dígale también que sí, que bajaré con él. Que acepto sus disculpas y que estoy encantada de poder conocer Roma de su mano. Que será un placer. Corre.

Y sin embargo, se volvió a acomodar en la butaca, abrió el libro y continuó leyendo sin tener la más mínima intención de moverse de allí en toda la noche. Hasta se tomó la libertad de quitarse los zapatos y subir los pies encogidos al sillón. El mozo la miró confundido, pero obedeció y se fue a cumplir con el encargo. Quizá así, cuando se cansase de esperar, entendería lo sencillo que era soltar palabras complacientes por la boca cuando no se tenía el valor de mirar al destinatario a la cara.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

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