La bella Italia. || Nicholas Archer

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La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 09.10.14 9:56

Recuerdo del primer mensaje :

Su cruz y castigo. El hombre al que amaba, entró en su dormitorio. Hoy estaba de buen humor. Lo evidenciaban sus ojos brillantes y aquella sonrisa radiante de la que se enamoró. De nuevo, volvía a ser el hombre que hacía que su corazón latiese agitado con su mera presencia. Continuaba haciéndolo, sólo que las más de als veces era el miedo el que provocaba aquella reacción, y no el deseo. Pero, aquella mañana, su sonrisa encontró eco en el pálido rostro de su esposa cuando rodeó su cintura estrecha con las manos y la besó en los labios con aquel profundo amor que sentía.

– ¿Qué ocurre, cariño?

Émilienne le acarició la línea del cabello, retirando un mechón de su cabello rebelde de la frente. Siempre le había encantado hacer eso, recorrer con sus dedos finos cada centímetro de la piel de su marido. Como una niña curiosa e ingenua dando sus primeros pasos, reconociendo el mundo, a ella le gustaba descubrir las sorpresas que aquella piel, aquel cuerpo que amaba, le escondían. Por desgracia, no todas las sorpresas descubiertas habían sido placenteras y, bajo la piel, aguardaba un monstruo dormido.

– ¿Recuerdas que me pediste que hiciéramos un viaje? ¿Tú y yo solos? Una segunda luna de miel...

***

Italia. Un magnífico país. El esplendor, el arte, la historia viva compartiendo las calles con las soberbias construcciones más modernas. Un reflejo del imperio que una vez fue allí su sede y apogeo y que, a pesar de los años que les separaban de aquello, todavía era capaz de cortar el aliento con su grandeza. Émilienne siempre había querido conocer Italia, recorrer sus calles, sus plazas, sus catedrales y mausoleos. Contemplar la belleza de cada pieza de museo…

Y aún así, no era capaz de entusiasmarse con aquel viaje, aunque fingía sonrisas y complacencia cuando Maximilien estaba cerca, tan henchido de orgullo y satisfacción como un pavo real. Ella, pobre ingenua, había creído que aquel viaje era, como ella le había pedido, una oportunidad de empezar de cero. Pero sólo era otro viaje de negocios. ¿De verdad había sido tan estúpida de creer que él haría algo así por ella?

Pero ella era su esposa, y como tal debía acompañarle a las cenas y eventos sociales. Era su deber, sonreír y fingir una perfección que estaba lejos de existir. Maximilien la necesitaba para mantener aquella imagen de seriedad, respeto y triunfo que la sociedad imponía.  Su matrimonio no estaba bien avenido, pero eso no importaba. Émilienne era una buena esposa, dulce, culta, educada y talentosa. ¿Para qué querría Maximilien una esposa así si no era para exhibirla en sociedad?

Ella ya sabía que no tendrían tiempo para ellos dos. Tiempo para disfrutar de aquel viaje como la pareja que eran. Tiempo para reconstruir el amor que se les había resquebrajado. Reuniones de negocios, cenas de compromiso, tal vez algún baile en el que él trataría de obtener un buen acuerdo, un gran beneficio mientras ella, aparcada en una esquina, vería pasar las horas rezando porque todo saliera tal como él había planeado pues, las sonrisas que fingía ante el resto, se volverían endemoniadas cuando, a solas, pagase con ella su frustración.

El carruaje se detuvo delante de la puerta principal de la mansión. Maximilien había recibido una invitación formal del caballero con el que pretendía hacer negocios para cenar y, por supuesto, la invitación se hacía extensiva a su esposa. Habían llegado a Italia la noche antes, y aquella misma mañana había llegado la misiva con un mozo, dándoles la bienvenida a la ciudad y ofreciéndoles su hospitalidad y su morada.

Tal y como se esperaba de ella, Émilienne se había arreglado a conciencia para la ocasión y, cuando el cochero le abrió la puerta y le tendió la mano para ayudarla a bajar del carruaje, esbozó una sonrisa en su rostro que no debía abandonar en toda la noche. Sin embargo, para el ojo experto, la tristeza se reflejaba en sus ojos, en aquella mirada siempre melancólica que, de un tiempo a esta parte, jamás la abandonaba.


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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 12.01.15 20:50

Sacaron los cuadros y los metieron en un armario ropero. Cualquiera vería que dejaron un espacio irremplazable. Algo había cambiado en aquellas paredes desnudas. La sensación era similar a cuando una pieza del puzle se extravía y no puedes terminar lo que empezaste. Di vueltas sin detenerme a tomar una silla pues sabía de sobra que no aguantaría ni un minuto sentado. Me pregunté que habría hecho yo hace décadas. Luchar contra un dragón no arreglará éste desastre. ¿Leyó mi carta? ¿Hizo el esfuerzo? El mozo parecía divertirse a mi costa cuando entró corriendo.

-Se ha quitado los zapatos- le agarré del cuello en el acto, alcé su cuerpo y apreté. Al cortar el grifo, no había gota de oxígeno que suministrara un soplo de aire. Sus pulmones y la sangre que los rodeaban lucharon en una batalla que ya estaba perdida desde el momento en que Émilienne se cachondeó de mí -¿Te hace gracia?- le rompí el hueso hioides. Estaba a punto de cagarse encima. Le acerqué a mí antes de que sucediera y me viera obligado a tirarle por la ventana para no tener que olerlo. Sus manos peleaban sobre las mías, su rostro pasó del rojo al color púrpura. Le miré fijamente con la mandíbula prieta y la sensación bestial de ser lo último que viera cuando abandonara la tierra. Con mirada enfebrecida, apreté los dientes con violencia -Cuando llegues al cielo, y te reúnas con tu creador, cuéntales quién te arrancó la vida- Diles la verdad... murmuré en su mente -Di que fue esa puta consentida de Émilienne- repetí aquellas palabras durante su larga y prolongada agonía sin armas o máquinas complejas de tortura, nada que por medio de mi propia mano, que también la cargaba el diablo, nos entorpeciera. Los humanos siempre me daban la razón. Si decía que la luna era negra, así la creían negra como el carbón. Y él bailaría al son que yo tocase hasta que pereciera. Y cuando lo hizo, y sus brazos cayeron rendidos a ambos lados como un muñeco de trapo, abrí la ventana del salón , le lancé decidido, alcanzó el río, se sumergió en él, y todo con una exactitud que habrían envidiado en los juegos olímpicos de la antigua Grecia.

Nadie se reiría más de mí, y nadie incluye a Ginebra. Si por algún casual encontraba algún tipo de placer en aquello, torturarme con el mero hecho de darme un no por respuesta, se le iba a acabar el chollo. No me arrastraría como un miserable pidiendo un poco de atención por su parte, no esperaría toda la noche a que se dignara a bajar con aires de suficiencia, tampoco subiría a su alcoba ni aporrearía su puerta para montar una escena con el marido ahí. Con la ferocidad de un torbellino recorrí el pasillo de la planta inferior y entré en la sala de estar donde reposaba el piano. Me quité la chaqueta y me remangué. Tenía un antebrazo del tamaño de una columna Dórica; no sólo era perfecto, era la perfección hecha persona, rompía corazones por doquier (literalmente los rompía, los espachurraba entre dos dedos como quien revienta una uva); ¿Qué loca estupidez la impedía quebrarse entre mis brazos? A santo de qué... ¡De qué! Me senté en la banqueta y toqué el Preludio de Bach en C Menor. Las notas comenzaron a expandirse por la sala, revoloteaban, saltaban y gritaban espasmódicas bajo mis dedos amenazando a Roma. Y así, en la habitación de Émilienne, una vela de aceite que reposaba sobre la mesilla de noche, se desplomó por gracia divina (mi gracia) con tan mala suerte que rodó hasta las cortinas y comenzó a prenderlas con el fulgor de una puesta de sol y la sensación de que allí dentro se había hecho de día. La llamas se extendieron con presteza y se comieron los armarios, danzaban de un lado a otro reflejando sombras demoníacas sobre las paredes, cada tecla que presionaba sembraba una nueva chispa en aquel artificio que yo mismo había creado. El humo se coló por el resquicio de la puerta avanzando por el pasillo y avisando a los criados. No me quedó otra que controlar las llamas para que no alcanzasen la piel de Émilienne (aunque no me esforcé mucho en mantener intacto su vestido, la idea de ver algo de carne nunca estaba de más); incluso salvaguardé los flancos que rodeaban la cama donde dormía su marido. Sí... era consciente del cariño que sentía por aquel imbécil, comportamiento extraño e incomprensible, pero bueno.

Tras finalizar la pieza, y a paso ligero, me encaminé hacia allí. Reventé la cerradura golpeando la puerta con un hombro y entré como un energúmeno. Los criados venía cargados con palanganas de agua, un servicio de veinte personas gritando por doquier. Entre todo aquel caos, el humo sin lugar a dudas había sido el peor enemigo de Émilienne. Me arrodillé frente ella, entre las llamas rugientes que se extendían por las paredes negras. Cogí el libro del suelo, limpié la tapa. Lo único rescatable eran un puñado de páginas viejas y el recuerdo de un amor perdido. El patetismo no tenía fin. La alcé en brazos para sacarla de allí. Su cabeza reposó contra mi pecho y la estreché con ávida devoción a ojos del señor Thévenot gritando auxilio hasta que dos hombres de buena complexión le levantaron y se quedó totalmente mudo al ver que me la llevaba, como si quisiera matarme. Ya estoy muerto.

En volandas la saqué. Enterré la nariz en sus cabellos, dulce perdición, y caminé en dirección contraria para alejarme del barullo y tumbarla con cuidado sobre mi cama. Parecía una princesa en un lecho de rosas. Las mejillas encendidas y el hollín cubriendo los pliegues de su frente. Allí estaba, imperecedera. Acaricié su sien retirándole el pelo con ternura al sentarme a su lado. Si no hubiera sido tan caprichosa, las cosas habrían terminado de otra manera. Dejé el libro sobre la mesilla apesadumbrado. ¿Por qué no podía reconocerme? O al menos ser consciente de mi esfuerzo. Era por su bien. Conmigo sería feliz, por fin. De lo contrario su cabezonería acabaría con los dos, sobretodo si seguía por ese camino donde yo no entraba en la ecuación. Pero era tan cobarde... Siempre lo fue. Y yo insistía en que su miedo no era más que pura enfermedad, que acabaría matándola si se quedaba con Arturo. Nunca tuvo el valor de fugarse conmigo. Yo habría vivido para siempre en alguna casa perdida al otro lado del océano, más allá de los bosques y de los ríos que conocíamos, un lugar humilde escondidos de la gente con una vida tranquila y sin lujos. Habría dejado la corte y la mesa redonda, las armas, el escudo, mi casco, lo habría enterrado todo en una tumba vacía donde creerían que descansaban mis restos, habríamos desaparecido del mapa, juntos hasta el fin del mundo.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 13.01.15 15:05

¿Había desistido al fin? Al menos eso parecía. Por fin había comprendido la lección. Émilienne dejó escapar un suspiro de alivio que danzó cruel en sus labios voluptuosos mientras retomaba la lectura allí dónde la había dejado. Y la calma se adueñó de aquella habitación, con el silencio sólo roto por la suave respiración que escapaba de su pecho y por el suave ronquido de Maximilien, que sonaba casi sacrílego rompiendo de forma tan vulgar el sacrosanto remanso de paz de su esposa.

Desde la cena fallida de la noche anterior, no había probado bocado. Y ni siquiera se puede decir que la noche anterior hubiera cenado, pues después de aquellas cucharadas de crema que tomó más por cortesía que por querer hacerlo, la velada se había torcido de forma estrepitosa. Tampoco había dormido esa noche ni había tenido ocasión de hacerlo en todo el día. El cansancio y la debilidad finalmente pudieron con ella, dejándola traspuesta encima de la butaca.

El libro se cayó de las manos con un ruido sordo sobre la alfombra.

No escuchó a la vela caer. Tampoco la escuchó rodar hasta las cortinas. Fue el calor en el rostro y el denso olor del humo lo que la hizo despertar. – ¡Maximilien! – Trató primero de apagarlo, inútilmente, con la jarra de agua del tocador, pero el siseo de las llamas casi sonó a risa burlona mientras evaporaban el líquido elemento con pasmosa celeridad. La música de la planta baja llegaba a sus oídos con tanta nitidez que parecía estar sonando directamente en el interior de su cabeza.

– ¡Maximilien, levanta!

Intentó levantar a su marido de la cama, pero ella sola no podía. Se dañó la cara, no las piernas. Hasta ahora no se había dado cuenta de que era extraño que no se hubiera movido de la cama y que apenas hubiera salido de aquella extraña somnolencia desde la noche anterior. Láudano. El doctor debía de haberle dado láudano para mitigar el dolor. – Maximilien, yo sola no puedo… – Corrió a la puerta y trató de asir el pomo, pero quemaba al tacto y tuvo que apartar la mano de golpe con un siseo. Usó un extremo de la bata que usaba para envolverlo y girarlo, pero no cedió a sus intentos.

– ¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Ayuda!

Se dio la vuelta, apoyando la espalda en la puerta, con el pecho agitado. ¿Cómo podía un fuego extenderse tan rápido? Se sentía rodeada por aquellas llamas que danzaban a su alrededor. Y realmente danzaban, porque el crepitar en su seno y el titilar furioso de las lenguas de fuego creaban el caprichoso efecto de estar siguiendo el crescendo de la música que llegaba de abajo, como una serpiente que, hipnotizada, baila ante su encantador siguiendo el ritmo de las notas.

Las lamas se aferraron a la falda de su vestido y a las sábanas de la cama. Intentó apagarlas a puros manotazos, y no consiguió más que quemarse las manos de nuevo. Los ojos le lloraban y le escocían, irritados por el denso humo que empezaba a sustituir el oxígeno en la habitación. Se filtraba por cada rincón, se impregnaba en cada poro, y poco a poco fue ocupando también el espacio en sus pulmones. Cuanto más trataba de respirar, más humo inhalaba, haciéndola toser.

Al final cayó al suelo de rodillas, golpeando la puerta con los puños mientras las fuerzas la acompañaban. La cabeza le daba vueltas y sentía que se asfixiaba. – Ayuda… Por favor… – Los golpes en la madera fueron sustituidos por un roce casual de las yemas de los dedos cuando, finalmente, se desplomó en el suelo. A su alrededor, todo se volvió negro.

***

Cuando abrió los ojos le costaba reconocer dónde estaba o acordarse de lo que había pasado. Se sentía confundida y le costaba abrir los ojos. Había demasiada luz. Protestó con un pequeño gemido que intentaba hacer referencia un poco a todo lo que sentía que estaba mal y a nada en concreto. Bien podría quejarse del intenso dolor de la cabeza, o de los pinchazos agudos de las ampollas de las palmas de sus manos, o del ardor en su garganta como si hubiera tragado brasas, o a todo un poco.

– ¿Dónde…? El fuego… Había fuego… la música...

Se lo había recordado el olor del humo, que se había impregnado en los cabellos y en la ropa. Se removió en la cama, incómoda. Sentía el peso en la cama, junto a ella, pero supo al instante que no era Maximilien quién la velaba. Lo supo por el aroma de su cuerpo. Hizo un esfuerzo por abrir los ojos, y parpadeó hasta que se acostumbró al fulgor de las velas que iluminaban una habitación desconocida a su alrededor. Y a él.

– Mi marido… ¿Dónde está?
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 13.01.15 22:24

Inmediatamente antedí con cien ojos. Émilienne se quejaba de los dolores, estaba herida. No era grave o algo que no pudiera solucionar, pero sus gemidos me provocaron una sensación de vacío existencial. Me sentía...¿culpable? La observé desorientada, balbuceando palabras cercanas al suceso como si con ellas se teletransportara a mi alcoba -¿Dónde…? El fuego… Había fuego… la música...- calla... La tranquilicé con un siseo afectivo. La pesadilla había terminado, no debía forzarse -Mi marido… ¿Dónde está?- Su puñetero marido de nuevo. Era horrible la forma con la que se aferraba a él. A mí me juzgaba por ser un canalla pero al menos lo admitía. Iba de frente, no me escondía para moler a palos a mi señora en un impulso machista por demostrar quién llevaba los pantalones (para inmediatamente después, sonreír de cara al público haciendo que todos creyeran que éramos felices). Yo era un animal, mataba para sobrevivir, no elegía a mis víctimas por su sexualidad o clase social, un depredador no se alimenta de una cebra porque tenga más rayas que ninguna. Me alimentaba de la sangre, del sufrimiento de los humanos, de sus miedos y de sus pasiones. Así era el caballero de las sombras, creado en las fauces del infierno, "vampiro" sinónimo de muerte cuyo nombre se alza desde las cumbres más tenebrosas. No tengo la culpa de ser un monstruo. Aparté la mano, no dije ni una palabra. Era desesperante estar tan perdido y solo. Salí del cuarto para concederla unos minutos.

Los criados habían conseguido apagar el fuego. Me informaron del estado del señor Thévenot. Por supuesto había sobrevivido, preguntaba por su mujer, podía oírle desde el otro lado de la casa. Era divertido ver cómo trataba de esconder la rabia que sentía por mí. No parecía preocuparle si su mujer estaba bien. Lo intentaba. Y bajo toda esa capa de falso amor, los celos le dominaban, le reconcomía la impotencia. Siempre me ha gustado esa palabra; impotencia. Dícese de la falta de fuerza para llevar a cabo algo o incapacidad en el hombre para realizar el coito. Los vampiros no podíamos eyacular, cierto. Pero el pico siempre estaba listo y preparado para entrar a matar. Volviendo a los alaridos del señor Thévenot, es obvio que a un mentiroso no se le puede mentir. Y lo que le preocupaba era que estuviese conmigo, que retozásemos a sus espaldas intercambiando miradas ardientes. La idea de provocarle me contentaba sólo un poco. Digo "sólo un poco", porque me sentía sucio. Traté de lavarme las manos frente al espejo del baño. La sensación de haber cometido algo tan atroz no me la quitaba el jabón. Froté con agua caliente. El monstruo me observaba al otro lado del espejo, dibujaba una mueca enfermiza con los ojos inyectados en sangre, disfrutaba viéndome sufrir como si contemplara un maravilloso espectáculo. Creo que trataba de decirme algo, algo que yo no quería oír. Y en un acto demasiado humano, reventé el espejo de un puñetazo. ¿Y me sentí mejor? Que va... Ojalá los cristales hubiesen continuado incrustados en mis nudillos, ojalá no me hubiese curado, ojalá doliera.

Me di un paseo de los que hacen historia. Fui a las cocinas, serví yo mismo la sopa en un plato, rebusqué con el tenedor dentro del cazo para pinchar el filete más dorado, llené una jarra con agua, descolgué un vaso con un movimiento grácil, del cesto cogí un hogaza de pan y una pieza de fruta para rematar. También necesitaba vendas y alcohol. Así que tuve que entrar en la despensa. Supuse que no se me olvidaba nada. Como un camarero paseé la bandeja por todo el pasillo. Ella seguía en la habitación cuando volví. No sabía hasta qué punto había recuperado la consciencia pero me alegraba verla con los ojos totalmente abiertos. Dejé la bandeja en la mesilla y el libro se cayó al suelo con el empujón. Lo recogí:

-"Alicia en el país de las maravillas"- qué irónico. Caí sentado sobre la cama. Yo también buscaba a mi conejo blanco. Me llamó la atención un papel que sobresalía al final del libro. Era mi carta. Cambié de tema y dejé el libro en su sitio -Te he traído algo de comer- Suspiré empapando una venda en alcohol -Si estás demasiado débil puedo darte la sopa y cortarte el filete- Apoyé su mano en mi pierna y cubrí las ampollas con la venda -No te muevas- avisé antes de nada. Obviamente y por las palizas que sufría, se habría curado mil veces sola. Pero no sé si es posible acostumbrarse al dolor. Por eso intenté no apretar demasiado el nudo, por una vez tuve cuidado. Quién me iba a decir a mí que terminaría de enfermero. Desde luego siempre fui resuelto, me contentaban mis pequeños triunfos, tales como calmar sus ampollas. Ya estaba lista para tocar las castañuelas. No lo dije en alto, mi humor negro no caía en gracia. Ella era de las que te pedían algo mejor de lo que podías dar. Está bien. Le acerqué la primera cucharada a la boca con la esperanza de que no me tuviera una hora para un plato de sopa. A mí con melindres y remolona no me gustaba. No querrá que me enfade, ¿verdad? -Abre...- inquirí colmado de paciencia. Pensé un momento, a lo mejor colabora si le informo de la situación -Tu marido está bien. Se ha propuesto borrarte el nombre hasta que aparezcas. Creo que no le ha hecho mucha gracia que te vengas conmigo- Adivina adivinanza. Le eché un vistazo al vestido, estaba más corto de lo normal, en mi opinión mucho mejor. ¿Confirmamos que tiene rodillas? Lo confirmamos. Redondeadas, flexibles... incitan a cometer perjurio.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 14.01.15 17:44

Cuando consiguió recuperar completamente la conciencia, se encontraba sola en la habitación semi en penumbra. ¿Dónde había ido Archer? No es que le gustase tenerlo a su lado, pero quería respuestas a varias preguntas. Las necesitaba. – ¿Archer? – Lo llamó en voz baja y quejumbrosa. ¿Por qué se había marchado sin contestarle cómo estaba Maximilien? ¿Acaso no habían conseguido sacarlo de la habitación incendiada? Intentó incorporarse para ser ella misma la que fuera a comprobarlo, pero al hacerlo la habitación empezó a darle vueltas y un pinchazo agudo tras los ojos la hizo tumbarse en la cama de nuevo, mareada.

Los minutos se alargaron hasta antojársele horas que pasaron en una estado intermedio entre el sueño y la vigilia, una somnolencia pesada que no tenía nada que ver con el cansancio. En esa ensoñación estuvo acompañada de sueños febriles sin demasiado criterio ni sentido. Soñó con un palacio, con bailes de otra época. Soñó con dragones y un mundo lejano. Soñó con un caballero, montado en un corcel blanco, cuya armadura refulgía con tal fulgor que no le permitía discernir las facciones de su portador. Soñó con el olor del jazmín, el ruido del agua y el sonido de las espadas al desenvainarse.

Sus sueños también se volvieron lúgubres, y soñó con amargas despedidas, soñó que corría por un laberinto de zarzas negras con paredes tan altas que ocultaban el sol, y con un enorme perro de presa que la perseguía hasta acorralarla contra un rincón, amenazando con devorarla. Soñó que un lobo blanco salía en su rescate y desgarraba la garganta del perro. También soñó que el lobo blanco se giraba, con la sangre cálida todavía goteándole del morro, sólo para abalanzarse sobre ella para hundir los dientes en su carne blanda.

Se despertó con un grito, temblando y con la piel perlada de sudor. Se abrazó a la almohada, enterrando el rostro entre las mullidas plumas y aferrándose a las sábanas con los dedos crispados. Cada sombra de la habitación, alargada y temblorosa por el titilar de las velas, se le antojaban largas garras de dedos largos y nudosos que intentaban atraparla para arrancarle la ropa. En ese momento, Archer apareció por la puerta, y pareció que las sombras se encogían, intimidadas por su imponente presencia, para esconderse de los rincones de los que procedían.

– Archer… – Murmuró con un suspiro que bien pudo ser de alivio y cerró los ojos. Observó su camino hasta la cama, y la trayectoria del libro hasta golpear en el suelo. – Ya no sabré cómo termina…

Y en aquel momento aquella le parecía la peor de las desgracias de esos días. Todo lo que le hacía bien, todo lo que le arrancaba una sonrisa, todo lo que le ayudaba a evadirse, acababa convirtiéndose en cenizas, deshaciéndose bajo los dedos como aquel papel quemado. Desde su matrimonio a aquel viaje a Italia, hasta aquella lectura frívola e infantil que había sido su mejor compañero en esa larga noche. ¿Por qué no podían dejarla ser feliz aunque fuera con esos caprichos nimios? ¿Que deuda estaba pagando?

Sin abrir la boca, miraba a Archer cuidarle las heridas. El olor de la comida le hizo la boca agua y le caldeó el espíritu. Dejó escapar un siseo cuando el alcohol le escoció en las palmas, pero el frescor sobre la piel también era reconfortante. Cuando terminó, se recogió las manos en el regazo, contemplando cómo su anfitrión parecía dispuesto a darle de comer como si fuese una niña pequeña. – ¿Por qué haces esto?– Y no sabía si se refería al cuidarla pese a los desplantes, uno tras otro, que no había dejado de darle desde que llegó a la casa. O a que le dijera que su marido estaba reclamándola, dejándose llevar por los celos, sabiendo que eso la inquietaría.

– Yo no elegí venir aquí… No tuve opción a negarme… – Abrió la boca al final y tomó la sopa. Quiso ocultar lo bien que le sentó aquel trago, pero cerró los ojos cuando el calor reconfortante recorrió su garganta. – Aunque eso a él le dará igual… – Murmuró de forma inaudible. Se sintió expuesta cuando sus ojos recorrieron sus piernas y se cubrió con las mantas.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 23.01.15 17:18

-¿Por qué haces esto?- contraje el rostro afligido por la compasión que me inspiraba. ¿Tan imposible era que mostrase un poco de humanidad? No negaré que la había perdido. Hablamos de más de mil años en la tierra. Había muerto y vuelto a nacer, quizás como un ave fénix que emerge de sus propias cenizas. Pero si ella era la reina por la que luché y a quien protegí en mis días de vasallaje, no podía permitir que pasara hambre o enfermara. Así estaba escrito por los autores y así lo viví, más intensamente y desbastador de lo que contaban los libros he de decir. ¿Que por qué hago esto? Menuda pregunta...

-Porque si no lo hago yo, no lo hará nadie- un tortazo de realidad. Lo peor de todo era que no parecía escarmentar. ¿Debía dejar que se fuera? Disponer de un carro que les trasladara al hotel, y por desgracia sin maletas. Al menos conseguí que abriera la boca, con eso me daba por satisfecho -Yo no elegí venir aquí… No tuve opción a negarme…- Ya empezamos... Le di otra cucharada con tal de que no comenzara otra guerra campal contra mí. Ya veía por donde iban los tiros. Y por muy bajo que lo dijera, alcancé a oír su murmullo a la perfección "Aunque eso a él le dará igual…" A mi me daban igual muchas cosas. Ella desde luego  era la excepción que confirmaba la regla.

-Tú tampoco me has dejado muchas opciones- añadí algo cansado. ¿Cree que para mí era fácil? Terminé de darle la sopa para poder cortarle el filete sin nada más que añadir. Creí que habría perdido práctica a la hora de desenvolverme bien con el tenedor y el cuchillo, no es lo que suelo utilizar cuando me alimento de algún cuello. Dejé la bandeja sobre su regazo y me senté en un sofá de orejeras cercano. Podía esperar a que se durmiera o preguntarla si quería irse de allí. Parecía muy desgraciada conmigo. ¿El cuento se había dado la vuelta? -Tengo una pregunta para ti- chasqueé la lengua convencido de mi inocencia y dispuesto a realizar una terapia de choque. Mi intención, alejada de causarle mal estar, era ayudarla a comprender -Hasta cuándo vas a soportar esta humillación- y no me refiero a mis atenciones, sólo faltaría que me acusara de ellas. Era de locos que su situación me enfurezca más a mí que a ella. Y sí, claro que lo sabía, no había que ser muy listo para darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Quizás sus amigas o las que decían ser sus amigas volvieran el rostro cada vez que presenciaran algo fuera de lugar, fingiendo que no sucedía nada. Pero no permitiría que Émilienne hiciese lo mismo.

-Escuché la conversación que mantuvisteis en el baño, la forma con la que te retorció el brazo, su manera de avergonzarte, te hizo quedar como una estúpida- lamentaba tener que hacer un recorrido de toda la velada y que volviese a revivir los sucesos. Sin embargo no encontraba otro método -Si...- suspiré resignado -Me sorprendió que te dejases ridiculizar por un borracho de barra- ¿Dónde estaba esa fortaleza? ¿el porte de una reina? La estaba deshumanizando por completo -Y cuando te sentaste al piano...- me incliné hacia delante inundado por su música, la libertad que expresaba, sin límites, como si el instrumento tuviese más teclas de las que presentaba -...algo cambió- me arrepentí de interrumpirla. Quizás no volviera a escucharla nunca más -Me recordaste a una mujer que conocí- confesé al fin -Ella eligió ser infeliz toda su vida, era cobarde.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 05.02.15 11:48

Mientras comía la sopa, despacio para que la postura, medio reclinada en la cama, no la hiciera atragantarse, las palabras homicidas de Archer se le hundieron en el pecho con la voracidad de una estaca. “Porque si no lo hago yo, no lo hará nadie.” Sabía que no se refería simplemente a darle de comer como la hacía ahora, era una revelación más amplia, más trascendental. “Nadie más se preocupa por ti”. Y en cierto modo, llevaba razón, y aquella certeza le abrasó el pecho como si una brasa encendida se le hubiera alojado en un pulmón. Negó con la cabeza a la siguiente cucharada de sopa y se arrebujó un poco más en la almohada.

Al final, Archer decidió de seguir alimentándola como a una niña y se sentó en la butaca, dispuesto a velarla. Antes, Maximilien solía hacer lo mismo. Cuando ella acaba postrada en la cama, retorciéndose por la fiebre y los dolores de aquellos embarazos malogrados, él se sentaba a su lado, le leía pasajes de novelas para distraerla de su sufrimiento, cambiaba los paños de su frente, empapados en alcohol o en vinagre, y no dejaba que fueran las criadas quienes la atendieran. Pero poco a poco, la devoción se volvió obligación y los desvelos, reproches. Archer no podía entender el amor que hubo y el amor que, aunque marchito, seguía habiendo bajo la capa de hielo. Ella simplemente no podía olvidarlo con tanta facilidad.

¿Pero quién conocía de su agonía? Una familia ausente, viviendo demasiado lejos para enterarse de lo que ocurría. ¿Cómo podían saber que había dejado de reír? Poco a poco había perdido sus amistades, las que realmente le importaban, y sólo quedaban compañeras de frivolidades con las que compartir un té puntual de tarde en tarde, que preferían hacer oídos sordos a su realidad con tal de no ver perturbada la paz en la que ellas vivían. No era de su incumbencia, y camuflaban en discreción el desamparo al que la condenaban. ¿Cómo contarles a ellas lo que ocurría? ¿Cómo desahogarse cuando sólo podían hablar de telas y bailes? ¿De la puesta de largo de alguna mocita descastada?

Al parecer, no todo el mundo estaba ciego, o no todo el mundo cerraba los ojos. Y Archer había tenido más valor que nadie al ponerla frente al espejo, para que viera su realidad. ¿Pero con qué derecho? Émilienne volvió la mirada al lado contrario de la cama, como si por no verle, sus palabras no llegasen nítidas a sus oídos, dolorosas y ensordecedoras como el replicar de una enorme campana, imposible de ignorar porque molesta, porque perturba la paz y convulsa el espíritu. Tuvo ganas de taparse los oídos con las manos y enterrar la cabeza entre las almohadas, como una niña asustada, para no oír lo que no le interesa. Pero se contuvo.

– Tal vez yo sea tan cobarde como ella… Sólo soy una muñeca rota, estúpida y ridícula. Un juguete al que manejan a placer. ¿Entonces por qué no me dejáis en paz y buscáis a una dama valiente en lugar de acosarme con atenciones que no os he pedido?

La hipocresía alcanzaba cotas inimaginables. ¿Cómo se podía ser tan osado y sinvergüenza? ¿Cómo se podía ser tan cínico? Archer no se había presentado ante ella como un dechado de virtudes precisamente para permitirse el lujo de criticar a Maximilien. No les conocía lo suficiente para permitirse juzgarla a ella, juzgar la relación con su marido o el modo en que ella quisiera llevar su vida. ¿Qué le importaba su suerte? Mañana, pasado, cuando ella se marchase, su vida seguiría igual que antes de haberla conocido. Ella sólo era un inciso puntual en su rutina. Una novedad a la que mareaba como el niño que acorrala una hormiga con un palo, sólo por pasar el rato, pero a la que olvidará cuando asuntos más interesantes, o simplemente un insecto más vistoso, reclamen su atención.

– ¿Quién sois vos para juzgar cómo vivo mi vida? ¿Acaso habéis demostrado ser mejor que él? Bien que recordáis lo que él ha hecho, pero, ¿y lo que habéis hecho vos? ¿Acaso no me habéis humillado vos? ¿No me habéis tratado como una estúpida? ¿No me habéis herido y golpeado? ¿Acaso no habéis pretendido someterme a vuestra voluntad como si os perteneciera? Maximilien me dio más amor del que puedo describir, y si ahora soporto sus desplantes es porque conozco la clase de hombre que puede llegar a ser. Por qué sé todo lo que ha perdido y sacrificado por mi culpa. Pero vos… ¿Qué habéis hecho vos para que os consienta nada? No sois digno de lanzar la primera piedra.

¿Y el miedo? ¿Qué sabía él del miedo? De ese miedo sutil, que te cala los huesos y anida poco a poco en tu pecho como un parásito. No es esa clase de miedo consciente y arrollador que te acelera el pulso al pasar por un oscuro callejón o tras una pesadilla. Es un miedo silencioso y sibilino, que te atrapa sin darte cuenta, que se aferra como una enredadera alrededor de tu alma y no lo puedes arrancar sin arrancarla también. Un miedo tan voraz e invasivo que, cuando eres consciente de que está ahí, te ha infestado el espíritu y ha destruido a la persona que eras, dejando en su lugar una carcasa hueca que se mueve por inercia, y que no es capaz de correr ni de escapar pese a no tener cadenas ni barrotes que la cercan.

¿Cómo podría él calmar esa angustia?

<< No podéis ayudarme… Nadie puede. >>
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 11.02.15 19:47

No había escapatoria para ella, hacer oídos sordos o girarme la cara no apartaría de lado el sufrimiento de su corazón. Toda esa rabia contenida que dirigía hacia mí, ¿es que no existe el perdón? ¿No son los humanos los únicos capaces de rectificar, de concederme una nueva oportunidad? Me hacía daño de un modo poco común. Te ha olvidado por completo. Las noches eran tan largas con motivo. Pensé en rendirme. Si amé a la reina en la distancia durante tanto tiempo, qué me impedía continuar haciéndolo, nada había cambiado -Tal vez yo sea tan cobarde como ella…- no digas eso.. Me habría gustado acercarme, ¿Pero cómo? -Sólo soy una muñeca rota, estúpida y ridícula. Un juguete al que manejan a placer.- Si le diera la gana comprobaría que no estoy de acuerdo. Deseé que me mirara a la cara y que su voz se quebrase al verme -¿Entonces por qué no me dejáis en paz y buscáis a una dama valiente en lugar de acosarme con atenciones que no os he pedido?- pídele al loco que se baje de la cornisa. No tenía alternativa, me atrapó como a un insecto y me mantuvo en su tela de araña hiciese calor o hiciese viento.

-¿Quién sois vos para juzgar cómo vivo mi vida?- Nadie. A su lado olvido quién soy y cómo me llamo -¿Acaso habéis demostrado ser mejor que él? Bien que recordáis lo que él ha hecho, pero, ¿y lo que habéis hecho vos?- no sabía que era ella. ¿Cómo podía justificarme sin contarle la verdad? Sin quedar como un hombre irracional que ha perdido la cabeza -¿Acaso no me habéis humillado vos? ¿No me habéis tratado como una estúpida? ¿No me habéis herido y golpeado? ¿Acaso no habéis pretendido someterme a vuestra voluntad como si os perteneciera?- Y por eso me martirizaba. ¿Porque cometí un error en 1000 años de vida? Qué hay de todo lo que sacrifiqué. No puede juzgarme por un desliz, si hubiera sabido desde el principio que era mi mujer, no estaría reprochándome con tanta saña algo que apenas es comparable con años de violencia doméstica -Maximilien me dio más amor del que puedo describir,- eso es mentira, me niego -y si ahora soporto sus desplantes es porque conozco la clase de hombre que puede llegar a ser. Por qué sé todo lo que ha perdido y sacrificado por mi culpa- la juventud se esfumó. Es inútil engañarse con un vendrán tiempos mejores. Los hombres empeoran con los años, se vuelven agresivos, despiadados, dejan de cuidarse, dejan de cuidar su hogar a medida que el fin se acerca, sólo se preocupan de sus propios logros -Pero vos…- yo, qué... -¿Qué habéis hecho vos para que os consienta nada?- no sabía que tuviera que demostrar algo para ganarme su respeto. ¿Es así como concibe el amor? ¿Una transacción? Me incorporé ofendido dirigiéndome a la cama. Quizá no fuera digno de lanzar la primera piedra, pero no tenía pensado dejar de tirarlas hacia su tejado hasta construir una fortaleza que no fuese capaz de derribar. Al sentarme a su lado, apoyé los antebrazos a ambos lados de la cabeza de Émilienne y la observé de cerca recordando cuan difícil era mantenerse de una pieza y no hundir los labios.

-He hecho más de lo que sois capaz de recordar- y me dolía que todo fuera pasajero, un ritmo pegadizo que al día siguiente sustituyes por otro -He infringido las leyes cristinas, sacrificado mi vida, malgastado mi juventud, he infringido los códigos de honor y derramado sangre, he destrozado a otros que sufrían de igual modo al mío, por vos- supongo que las palabras no son suficientes. ¿Pero quién es capaz de resumir una leyenda artúrica en un sólo libro? Acaricié sus cabellos con pesar, odiaba que estuviéramos siempre tan lejos -El tiempo ha podido malograr vuestros recuerdos, o puede que hayáis decido enterrarlo todo, o simplemente os neguéis a remontaros a esos años con tal de no admitir que os equivocasteis y que ahora también os equivocáis- sé que soy un monstruo. ¿Pero no sería maravilloso que lograra ver más allá de lo que nuestros ojos nos dicen? -Cómo puedes compararme con él...- cómo... Me derretí apoyando la frente sobre la suya. Mis labios rozaban el propio anhelo -No soy quien calienta tu cama, no me he casado contigo, no he roto ningún voto, jamás se me pasaría por la cabeza levantar si quiera la voz a la mujer que amo- deslicé la nariz por su mejilla entre murmullos, como quien arrulla a un gato. Posiblemente sacaría de nuevo las garras. Pero no me importaba. Mentiría si dijera que no me dejaría herir. Dios... ¿debía decírselo?

-Me preguntaste esta mañana si nos conocíamos- cuidé mis palabras al milímetro, no quería desvelar más de la cuenta y sin embargo tampoco podía retener el impulso -Si, nos conocemos- fascinado por su rostro, no existía cuadro más fiel que la propia musa -lo he descubierto hace poco, quizás demasiado tarde para ambos- y lo fastidié todo. ¿La he perdido? Porque no dejaría que me diese con la puerta en las narices sin antes conocer la verdad, mi verdad, que también es válida. Deslicé las yemas a lo largo de su cintura, digna de admiración, me provocó un estremecimiento -Conozco cada centímetro de tu piel como si yo mismo la hubiera esculpido con las manos, cada gesto, cada risa, aunque parezca mentira sé cuando estás enfada y cuando estás ardiendo en deseo, sé todo cuanto debería saber un amante y sin embargo no soy nadie- ¿Cómo cree que me siento? -Qué hago entonces...Dímelo de una vez.- Habla y ódiame... pero di algo. -¿Debo dejarte marchar? ¿Eso es lo que quieres?
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 07.03.15 14:56

Un gemido escapa de sus labios cuando se encuentra encarcelada contra la cama bajo su cuerpo. Una cercanía innecesaria, inapropiada, indebida y censurable en cualquier religión conocida por el hombre a todas luces. Una intimidad en el gesto sólo reservada a una mujer y su marido, no a dos extraños. El rubor le enciende el pecho y las mejillas y se le agita la respiración. El corazón bombeando con fuerza en el interior de su caja torácica. La sangre, corriendo rauda por sus venas, caliente, furiosa, haciéndole sentir más viva de lo que se había sentido en mucho tiempo. El miedo a flor de piel, destilándose en cada poro. Y una cierta expectación malsana sobre cuál iba a ser el siguiente de sus impredecibles, caóticos y erráticos movimientos.

– He hecho más de lo que sois capaz de recordar – Por qué nada de lo que decía tenía el más mínimo sentido y, sin embargo… Los ojos descienden a los labios, moviéndose anhelantes sobre los de ella, resistiendo el impulso de dejar de hablar para volver a darle un beso. Podía sentir el deseo reprimido debatiéndose en su interior, centelleando en sus penetrante mirada azules y, por un momento, se sintió cohibida. ¿Cuánto hacía que no se había sentido deseada de ese modo por hombre alguno? – He infringido las leyes cristianas, sacrificado mi vida, malgastado mi juventud, he infringido los códigos de honor y derramado sangre, he destrozado a otros que sufrían de igual modo al mío, por vos. – El modo de pronunciar las dos últimas palabras, le corta el aliento. << Sinsentidos. No son más que sinsentidos. >> Pero pronunciados con tanto ardor que hubiera podido inflamar el ánimo de la dama más casta.

Cierra los ojos cuando le acaricia en el pelo y, por un momento, le hubiera gustado poder dejarse llevar por ese delirio, por esa fantasía en la que él estaba asumido. Poder decir que es verdad, que se había equivocado, sólo por poder sentir de nuevo que su sola presencia podía perturbar hasta tal punto la existencia de un hombre como para hacerle perder el juicio de ese modo. Dejar de ser un fantasma relegado a un segundo plano, una sombra silenciosa y pequeña, una vela apunto de consumirse. Sentirse joven, hermosa de nuevo, y deseada, como debería sentirse cualquier mujer. Conseguir ese resplandor, ese brillo especial que sólo el piano era capaz de darle ahora, aunque fuera por unas efímeras horas en las que podía escapar de su jaula y aletear de nuevo bajo el sol.

– Dejad de hablar así, os lo suplico… – Y su tono se quiebra, incapaz de abrir los ojos para no sucumbir a la manzana que el diablo, juguetón, le estaba poniendo delante. Sabía que si los abría, estaba perdida sin remedio. Su frente contra la suya auguraban una cercanía a la que sería difícil escapar. La habían situado al borde de un profundo abismo, que la incitaba, con voz dulce y melosa, a dejarse arrastrar a la profundidad de su negrura, de la que ya no habría ni salvación ni marcha atrás. – No debo… No puedo… ¡¿Por qué no podéis entenderlo?! – La nariz se desliza por su mejilla y un gemido escapa de su garganta, agónico y suplicante, mientras un escalofrío sacude cada fibra de su cuerpo. El aliento inexistente sobre su cuello sólo logra conferirle al momento una imagen de onírica irrealidad. Él no es humano, es un íncubo que han colocado en su camino para hacerla tropezar y caer en la tentación.


Los dedos recorren su cintura y dejan a su paso una estela ardiente, eléctrica. Hacía tiempo que había olvidado esa sensación. La respuesta de la piel a una piel extraña, la intensa química que eriza cada vello con una suave descarga… Hacía tanto tiempo que nadie la tocaba de ese modo, con la delicadeza del que aparta con cuidado las sedas que ocultan una joya delicada por miedo a cualquier torpeza pueda quebrarla, la insegura devoción del que no sabe si es pecado semejante osadía, pero con la seguridad del amante joven y confiado que pretende provocar con su atrevimiento. Oh, tanto tiempo… – ¿Cuánto tiempo…? – Y la pregunta no se cierra. Y busca en su cabeza las respuestas a sus preguntas. Aunque no las entiende. – N-no lo sé… – Hace tiempo que no sabe diferenciar qué está bien o qué está mal… – No lo sé… – Y una lágrima, fina como el cristal, desciende de nuevo por la pálida mejilla. – Ni siquiera sé quién soy...
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Nicholas Archer el 19.03.15 18:38

Parecía ida, nunca la había visto así antes, salvo aquella vez en los jardines reales, la noche que escalé hasta su alcoba. Ina, la doncella de la señora, me observaba con curiosidad desde el telar. Después nos dejó a solas –¿Cuánto tiempo…?– Décadas. Podíamos revivir juntos cada segundo si así lo quería –N-no lo sé…– ¿Qué hay que saber? Mi mandíbula se apretó. No la entiendo. Cerré las manos en un puño sobre la almohada, por pura frustración ya –No lo sé…– si hablábamos de su marido, lo que conllevaría cometer una locura a sus espaldas, puedo entender su apocamiento. Pero ya habíamos pasado por esto antes. ¿Es posible cometer los mismos errores en dos vidas? Quizás el error fuera continuar con un idiota integral, que lo piense bien. Pero por más que intentara amedrentarla con dureza, la fuerza se me iba por la boca. Aparté una lágrima de su mejilla con el dedo y maldije mi propio nombre. Era yo quien empañaba sus ojos –Ni siquiera sé quién soy...– está bien A pesar de que metafóricamente me moría por volver a probarla, suspiré resignado con la tonta idea de respetar su espacio personal y que se ordenara un poco las ideas. ¿Qué lo consulte con la almohada? Sonreí por un instante. Mejor confusa que cabreada -No os forzaré esta noche, prefiero que guardéis cama.

Me levanté con la intención de arroparla hasta la altura de los hombros y dije -Mañana dispondréis de un carruaje que os lleve de vuelta al hotel. Si el señor Thévenot no ha cambiado de idea, nos reuniremos a las siete del anochecer para concretar los últimos preparativos– tocaría ordenar el papeleo y mandar un par de cartas, así como avisar a Sir Bors para que empezara a seleccionar la mano de obra, comprar una parcela para las plantaciones de aceituna, etcétera. Calculé el precio mientras corría las cortinas y encendía otra vela para que mis dependencias no la resultasen tan extrañas y pudiese captar la belleza de los tapices -Vos misma le comunicaréis que el negocio es totalmente vuestro– La lumbre dibujó mi silueta y sacudí la cerilla para apagarla.

-Recibiréis las ganancias mensualmente y serán depositadas en una cuenta personal que abriré dentro de unos días. La decisión de que Maximilien goce del dinero que ganéis, dependerá de vos– A mí me parece divertido pillarle los dedos con el cajón. ¿O eran los huevos? Avancé hacia ella con la certeza de haber ganado otra guerra -Pienso redactar un estatuto donde conste que en caso de muerte la cuenta sea cancelada y todo el dinero disuelto– así, la próxima vez que decida darle otra somanta de palos, se lo pensará dos veces antes de levantar su corta entereza -¿Alguna objeción?– pregunté con actitud desafiante, con la capacidad de entrar en un estado iracundo. Conociéndola se negaría de lleno. Incluso me bombardearía a "por qués". ¿Qué les pasa a los humanos? Odio esa necesidad de resolver acertijos mirando las soluciones. Mi posición era obvia dada su calidad de vida (y mi preocupación por mantenerla sana y salva). Conociendo lo suelta que tenía la mano su caballero, prefería asegurarme de que sus espaldas estuvieran cubiertas. Las cosas se habrían solucionado de otra manera y más pronto de lo estipulado si me hubiese permitido meterle en una bañera de ácido nítrico -Me gustaría que no tuvierais nada que decir, ya que no sabéis quién sois, puede que con suerte también hayáis olvidado negaros a todo lo que os concedo– sonreí bravucón, encantado de escucharme.
OFF:
-¿Puede saberse quién eres tú?- preguntó la Oruga. (…) Alicia contestó, algo intimidada:
-La verdad, señora, es que en estos momentos no estoy muy segura de quién soy. El caso es que sé muy bien quién era esta mañana, cuando me levanté, pero desde entonces he debido sufrir varias transformaciones.
-¿Qué es lo que tratas de decirme?-dijo la Oruga con toda severidad-. ¡Explícate, por favor!
-¡Ésa es justamente la cuestión! – exclamó Alicia-. No me puedo explicar a mí misma porque yo no soy yo, ¿se da usted cuenta?
-Pues no, no me doy cuenta – dijo la Oruga.
-Siento no poder explicárselo a usted con mayor claridad- dijo Alicia en un tono muy cortés- porque, para empezar, ni yo misma lo entiendo… ¡Comprenderá usted que cambiar tantas veces de tamaño en un solo día no es fácil de entender!
-Sí es fácil- le replicó la Oruga.
-Bueno, lo que ocurre es que usted todavía no ha pasado por ello- dijo Alicia-, pero llegará el día en que se convertirá en crisálida y después en mariposa, y entonces ¡ya veremos lo que siente usted!
-¿Y qué iba a sentir? ¡Pues nada!
-Está bien -concedió Alicia- Es posible que sus sentimientos y los míos sean muy distintos, pero puedo decirle que yo en su lugar me sentiría muy rara.
- ¡Tú! -exclamó con desdén la Oruga- ¿Y quién eres tú, si se puede saber?
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

Mensaje  Émilienne Thévenot el 20.04.15 8:41

<< ¡Qué considerado! >> Pensó sarcástica cuando declaró su voluntad de “no forzarla esa noche”. ¿Por qué tenía que ser tan contradictorio? Lo mismo la cuidaba con devoción que se convertía en un monstruo canalla de manos largas. No se molestó en discutir. Prefirió ahorrar fuerzas. ¿Para qué molestarse cuando de todos modos iba a ser inútil? Era como hablarle a una piedra. Dejó que la arropara y se acurrucó bajo las sábanas, de medio lado, como una niña pequeña, apretando la almohada contra la mejilla con la mano colocada debajo. El cabello cobrizo de desparramaba alrededor de su cabeza como una aureola, arrancando infinidad de reflejos bajo la titilante luz de las velas. Parecía tan frágil, tan pálida y ojerosa, tan taciturna y apagada, apenas visible el óvalo de su rostro entre los cojines, las sábanas de satén y las colchas de encaje de una cama demasiado ancha para su menudo cuerpo. Los dedos de la mano libre se entrelazaron en el extremo del emboce sintiendo el consuelo que la tela fresca al tacto le proporcionaba.

¿De verdad quería continuar los negocios con su marido? ¿Después de todo lo ocurrido y pese a la patente animadversión que le profesaba?  Émilienne parpadeó perpleja, pensando en que tal vez era Maximilien el que ya no estaría tan dispuesto a convertirse en socio del inglés… O tal vez sí. A estas alturas ya no creía que hubiera afrenta suficientemente grande para que su marido no considerara la posibilidad de perdonarla con la promesa de una inversión suficientemente beneficiosa. Pensar en su marido la hizo removerse incómoda bajo las sábanas. Casi había olvidado que posiblemente se encontrase herido por el incendio. Pero ella también estaba herida, y apresada, pese a no llevar cadenas. No podía culparla por no estar a los pies de su cama velando su convalecencia, ¿verdad? No podía castigarla por eso… Al menos le quedaba el consuelo de que, al día siguiente, volvería a casa, a su rutina, y podría olvidar esos días de locos como el que despierta de un mal sueño.

<< ¡¿Qué?! >> Su propia voz interna sonó dos octavas más aguda y escandalizada ante la rotunda afirmación del extravagante anfitrión. ¡Por el amor de Dios!, ¿cómo podía existir ser tan obstinado? Parecía haberse dispuesto con vehemencia el poner su vida del revés, patas arriba, a cualquier precio y por cualquier medio. Pero aquello… ¿Cómo que ella sería la titular del negocio? ¡Pero si ella no tenía ni idea! Y encima quería que fuera ella misma la que le informara de esa decisión, impidiéndole al menos la posibilidad de ampararse en la ignorancia, pretendiendo que aquella insensatez sólo era el capricho de un hombre excéntrico y orgulloso con un peculiar sentido del humor, pero que ella no tenía nada que ver en esa decisión. Encima pretendía venderle aquella condena como una tabla de salvamento. ¿Pero realmente era tan ingenuo o se burlaba de ella con fino cinismo? ¿Quién le había dado permiso para erigirse en salvador de nadie?

– Me estáis condenando… Y lo peor es que ni siquiera os dais cuenta de ello. Estáis demasiado pagado de vos mismo para reconocer que no tomáis las decisiones acertadas, que sois insensato, imprudente e impulsivo. Pero lo peor es que vuestros arrebatos y caprichos voy a pagarlos yo.

Hay infiernos que no empiezan tras la muerte, si no que acaban con ella. ¿Qué es lo que iba a interponerse entre Maximilien, su orgullo y su cuerpo ahora? Nada… ¿Cómo iba a quitarle de la cabeza que no había nada entre ella y aquel hombre después de aquello? ¿Acaso no era consciente de la humillación que supone para el ego de un hombre que su esposa sea la administradora de sus ingresos? Claro que lo sabía. Y eso la divertía. Pero mientras él se llevaba los plácemes y los rendibúes, sería ella la que pagase los platos rotos en la intimidad de su hogar. ¿Tan ciego estaba?  Aquello no era un poema artúrico ni Maximilien poseía el honor intachable de un caballero de brillante armadura. Ningún hombre en su sano juicio se sometería sumiso a los caprichos de su mujer en cuestión de economía familiar, y el juicio de su esposo hacía tiempo que estaba en entredicho.

– Buenas noches. – Replicó dando por zanjada cualquier posibilidad de réplica, cerrando los ojos. Mañana pensaría en una manera de no salir tan mal parada de aquella situación… Pero en el horizonte se empezaban a formar espesos nubarrones.

Se avecinaba tormenta.
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Re: La bella Italia. || Nicholas Archer

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