TRICK OR TREAT... |Relatos de Miedo|

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"Así como el valor hace peligrosa la vida, el miedo la protege"

El día llegó, y todo aquello que nos negamos a creer o aceptar surge ante nuestra mirada incrédula.

***
En este mismo tema podrán comenzar a postear sus relatos.
Recuerda que cuanto antes lo cuelgues más votos podrás recibir. El 31 de octubre es el último día de postear el relato y que los votos de todos los usuarios del teatro cuenten ¡El 1 de noviembre conoceremos el ganador!
El ganador se decide por el número de votos positivos que reciba en su relato. Para que no haya dudas os muestro una captura de pantalla justo donde debéis pulsar para otorgarle un positivo a ese relato o relatos que más os hayan gustado:
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PARTICIPANTES DE LOS RELATOS:


  • Katrina Volkova
  • G.Dominique Mérimée
  • Josephine Boucher
  • Sophie Dubois
  • Antonio Fernández
  • Claudette Lune
  • Nicholas Archer
  • Morgana Ivory
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DIAS DE SOL

Mensaje Morgana Ivory el 23.10.14 9:23

DÍAS DE SOL.

"No hay mayor dolor que recordar tiempos felices en momentos de sufrimiento"

Aquella noche, después de una vida tan larga, se le antojaba como la peor de todas, e incluso podía sentir un suave olor a muerte envolviendo el aire. Sin embargo, aún a pesar de todo, no dijo nada.
Quizá si prestabas la más mínima atención, podías diferenciar en sus ojos claros como el día, el miedo haciendo mella en ellos, sin embargo, se negaba a llorar, pues no permitiría que unas lágrimas, tan rojas como su propio carmín recorrieran sus tersas y pálidas mejillas.

El cielo crujió, y la única luz que entró por la pequeña ventana, que más que ventana eran un par de ladrillos fuera de su sitio, (que habían sido sacados de su lugar a propósito aquella noche) , fue la luz de los relámpagos que acompañaban aquella tormenta, seguramente muestra de que el verdadero otoño, atacaba los cielos parisinos. Pronto, otro ruido alertó a Morgana e hizo que levantara su mirada del suelo de piedra, el graznido de un cuervo tan negro como sus cabellos. Entonces Morgana recitó para si misma versos de aquel poema de Edgar Allan Poe.

"Escudriñando con atención estas tinieblas, durante mucho tiempo quedé lleno de asombro, de temor, de duda, soñando con lo que ningún mortal se ha atrevido a soñar..."

Cuatro días, con sus cuatro noches llevaba en aquel agujero putrefacto alejado de la mano de aquel dios al que todos los humanos rezaban buscando a un padre poderoso que compensara sus buenas acciones; religión, el opio del pueblo.

Sentía pues, que cuatro días eran similares a la misma cantidad de años, eso o definitivamente se había vuelto loca, quizás incluso soñaba, o eso se hacía creer así misma; "Esto es un sueño, y nada más"

Aquella torre de piedra húmeda, era escalofriante. La suciedad, la claustrofobia al verse tan cruelmente encerrada, la ausencia de él, el olor a putrefacción de los cientos de cuerpos en estado de descomposición que había a su alrededor, lo que sinceramente, la alteraba y la sumía en un estado permanente de ansiedad.
Sus ojos felinos, claros, aquellos ojos que añoraban admirar por unos segundos cada rincón de la piel de Aros, ya estaban acostumbrados a aquella húmeda oscuridad. Morgana, podía perfectamente decir cuantas piedras componían aquellas cuatro paredes que la encerraban. Setenta pequeñas piedrecitas, quizá así os hagáis una idea al reducido espacio en el que se encontraba encerrada.
Cada piedrecita cubierta por moho por las goteras que lentamente, aquella noche, al igual que muchas otras en las que tiempo atrás había llovido, vomitaban y vomitan sus lágrimas.

Ese sitio, parece su tumba. Húmedo, cerrado por una enorme puerta que únicamente se abre desde fuera, con miles de gusanos alimentándose de los cientos de cadáveres, de cientos de personas que, al igual que ella, han corrido la mala suerte de estar allí encerrados.

¿Tiene miedo? muchísimo. Teme esa inaguantable soledad, teme que realmente eso que se avecina con tanta prisa, sea su muerte... (y resulta irónico que alguien como ella, vaya a morir). Tiene miedo a la muerte, le aterra, y por eso tiembla cada vez que gira los ojos y observa los cuerpos putrefactos, cuerpos que son en ese lugar, su única compañía. Tiene miedo al sol, a su calor, porque sabe que al amanecer, serán sus rayos los que entren por la pequeña e improvisada ventana que hay en el techo, sabe que el graznido de un cuervo, no son buenas noticias.

Tiembla, su cuerpo tiembla. Desde las manos, las cuales no puede parar de mover, hasta sus piernas y rodillas, las cuales tiene pegadas a su pecho. Está sedienta, y al borde de beber su propia sangre tras cuatro días de hambruna y... ¡una rata!

No tiene piedad ninguna: odia alimentarse igual que lo haría alguien de su condición encerrado en la bodega de un navío, pero no le queda otra salida. Sus colmillos desgarran sin pudor ni asco, desgarra a su presa, sintiendo la sangre brotar en sus labios, sintiendo como, a pesar de todos sus principios, y a pesar del mal sabor que aquel roedor deja en su paladar, disfruta. No es mucha la cantidad, no es suficiente, ahora quiere más, necesita más, pero no, sabe que no hay nada más allí.

De hablar, su voz sonaría ronca, quizá por eso no grita.

Entonces, en el silencio, en el cruel silencio que la envuelve, puede distinguir unos pasos y pocos minutos después, observa desde su húmedo y mugriento rincón, como la puerta se abre. Su cuerpo se tensa, ninguna de sus extremidades parece responder: el miedo la paraliza por completo. Sabe, que aunque no es la parca, esta no tardará en querer venir.

Frente a ella, un hombre. Otro vampiro, acompañado de un niño, también condenado a la eternidad. El niño, siente como en sus ojos, comienzan a brotar las lágrimas al ver allí a su creadora, sin embargo, se aferra al mayor, al culpable de que ella esté encerrada.
Sin mediar palabra, este, lanza contra  ella lo único que sabe que podrá "matarla en vida" antes del amanecer: un anillo.

No hace falta esperar, las lagrimas, la sangre, bañan los ojos y rostro de Morgana. ¿Reconoce aquel objeto? por supuesto que sí, pertenece a Aros, a su amado, a su más bella creación.

Es irónico como un igual, como otro vampiro, la este tratando como a un sucio animal. Sin embargo, es de conocimiento propio el saber que la Justicia siempre es ciega, y que la balanza siempre está equilibrada al lado opuesto de lo deseado. Sin embargo, a Morgana no le importa que pueda pensar de ella la multitud de vampiros que entonces, hay reunidos en el Teatro, porque si ella no sabe nada de ellos, ¿que pueden saber pues de ella?

El vampiro, su igual, le ofrece la mano para alzarse del suelo, y ella, confiada, acepta la ajena, creyendo que tal vez, aquella tortura a llegado a su fin. Se equivoca.
Cuando abandona el suelo, es empujada a la celda continua, donde de nuevo, el único espacio abierto es un agujero en el cielo, sin embargo esta vez, al ser empujada, no cae al suelo, si no que cae sobre una montaña de cuerpo apilados, unos encima de otros, sintiendo bajo de si misma el tacto de un cuerpo que a penas debe llevar un día muerto.

Grita, grita histérica, aterrada. Las nauseas atacan su garganta, un terrible mareo se hace dueño de su cuerpo y entonces sigue llorando como si no viera otra opción más. Llora de manera desgarrada, su voz pronto se romperá y quedará afónica por semejantes gritos de tortura. Es consciente de que ese ahora es su hogar, y pronto aquel hogar, sustituirá su cómodo ataúd de ébano junto al de Aros. Al fin y al cabo, para la sociedad de vampiros, es lo que merece por incumplir las normas.

De nuevo, el miedo hace de ella una presa vulnerable y débil cuando la imagen de Aros, cuando la simple idea de abandonarle, cruza su cabeza. No puede, se lo prometió, le prometió una eternidad juntos, sabe que no es capaz de separarse de él otra vez.
De nuevo, un llanto amargado mientras tiembla. Quiere moverse, pero no puede, quiere alejarse de esos cuerpos, quiere alejar de ella el olor a putrefacción, la descomposición, pero es completamente imposible.

Un suave cosquilleo recorre sus piernas, incontables gusanos están recorriendo su piel creyendo que pueden alimentarse de ella. Siente algo similar a miles de agujas acariciando su piel, y un inmediato escalofrío recorre toda su columna vertebral. Grita y sacude sus piernas, sin ser consciente de que acaba de golpear un cráneo bastante fresco, de algún pobre desgraciado.

De nuevo oye como la puerta se cierra, vuelve a estar sola, completamente sola, siendo acompañada quizás, por sus pensamientos, pensamientos que nadie querría escuchar ni relatar.

Entonces, en ese momento es cuando tras tantos siglos, se siente vulgarmente humana. Siente miedo y algo similar al dolor cuando alza los ojos y observa que, por el agujero del techo, el único rincón que alardea de ausencia de humedad, comienza a deslumbrarse claridad. Su cuerpo tiembla y entonces, cubre su rostro con sus propias manos, como si aquello pudiera salvarla de cualquier mal. Tiene la vaga idea de rezar, pero sabe que eso no la va a salvar, sabe que en el infierno hay un lugar con su nombre, sabe que es ahí donde ahora deberá esperar a Aros.

Entonces grita, pero grita su nombre. Quizá él no la oiga, pero se está despidiendo. Grita promesas de amor que jamás podrá cumplir, grita desgarrando la poca voz que su garganta conserva. Grita por impotencia, por terror...
El calor en su piel comienza a hacerse intenso y es entonces cuando las convulsiones la hacen víctima de una muerte instantánea.

Su cuerpo se mueve, parece estar poseído. Su voz hace retumbar ladrillos y piedrecitas, y sus gritos de nuevo, son acompañados por los repetidos graznidos del cuervo que observa de forma tajante y analítica todo lo que está ocurriendo.
Su antes tersa piel se está volviendo gris por momentos, quema, arde, pero sobretodo duele, un dolor difícil de explicar, un dolor inhumano, porque al fin y al cabo ella no es humana.
Pronto su voz se apaga, deja de gritar, y su cuerpo deja de moverse. El silencio vuelve al lugar, el sol entra con más fuerza y únicamente puedes observar como los cadáveres conservan las marcas que muestran que, como si se estuviera aferrando a la vida, Morgana se aferraba a ellos y clavaba con fuerza bruta y sadismo las uñas en la putrefacta piel que estaba siendo devorada por los insectos.

¿Dónde está Morgana? ...

Esperando en el infierno a su bello compañero.

Entonces, oficialmente, el cielo de París es iluminado por el sol. La tormenta ha pasado, los truenos de la noche, ahora quedan como un pequeño recuerdo. Miles de parisinos salen de sus hogares para, ese uno de noviembre, visitar a sus difuntos. Y mientras tanto, el cuervo, abandona aquel lugar, despliega sus alas negras y se dirige al hogar de Morgana y Aros. Esta noche, de nuevo se posara en el filo de la ventana más cercana a la habitación donde ambos ataúdes son guardados, picoteará la ventana y cuando Aros despierte de su sueño, para hacerse dueño de la noche, el cuervo, emitirá su graznido antes de que él pueda abrir la tapa del ataúd de su bella creadora y contemplar sus cenizas, quizás restos, o lo poco que pudiera quedar de ella, especialmente allí colocados, y únicamente para él.

We burn in its flames again... And again for it is our dark secret love.
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"El resplandor eterno de los recuerdos"



La casa entera olía a pan recién horneado. Mi nariz olisqueaba en el aire como si de mí gato se tratara. Me di a la tarea de bajar las escaleras, atravesar la estancia y adentrarme en la cocina, donde Marie yacía inclinada sobre una pequeña hornilla. Aquel cuarto tenía una temperatura mucho más cálida que el resto de la vivienda. Mis labios se apretaron en una línea recta ante la imagen de aquella mujer canosa. Quería reírme, pero también quería asustarla.
Con el mayor de los cuidados, comencé a caminar de puntitas. Era imposible que los zapatos me traicionaran, pues la suela era de lo más delgada, tanto que en lugar de caminar, me sentía flotando —No te atrevas o te golpeo con la charola caliente— me detuve en seco, abriendo ampliamente los ojos —No pensaba hacer nada— exclamé en mi defensa. Cosa que era una gran mentira.
Marie se levantó, mirándome con ojos entrecerrados. Sus manos sostenían una charola con panecillos recién horneados. Mis ojos siguieron todo el trayecto de éstos, a lo que Marie pareció tomar a mal —Los comeremos cuando todo esté preparado. Todavía necesito unas pocas cosas más, ¿me acompañarías al mercadillo?— la observé completamente inmóvil. Disfrutaba ir al mercadillo pero hoy no me apetecía salir —Claro. Iré por algo más abrigador— dicho eso, di la vuelta rápidamente para coger lo necesario.

***

Por aquellas épocas, el mercadillo era una fiesta. Caminar entre las angostas calles resultaba un tanto complicado, pero me gustaba. Me gustaba poder confundirme entre el gentío, ser simplemente una más.
Esa noche, realizaríamos una pequeña cena, de esas reuniones que avivaban la convivencia familiar y reforzaban los lazos, o al menos así lo había dicho Susane, la entusiasta hermana de Leonardo, que poseía el don de realizar lo irrealizable. Los quería —demasiado diría yo— y debido a eso terminaba cediendo con facilidad —¿Te gusta?— Marie colocó frente a mí una calabaza de tamaño mediano. Pensé en encogerme de hombros, pero lo medité por un instante más. Sabía lo mucho que se esforzaba por tenernos juntos, porque se sintiese real, después de todo ¿quién era yo para negarle un poquito de convivencia? Más aún cuando había dedicado su vida a cuidarme a mí y a mi hermano —Me gusta. Me gusta mucho— la tome entré mis manos, simulando felicidad —Podemos abrirla, dejarla limpia por la parte de adentro y colocar una vela para que nos dé luz en el centro de la mesa. Tendríamos que hacerle algunas aberturas a los lados… y eso es todo— sonreí de lado sabiendo que le gustaría —Ya te puedes casar, Jos— rió cogiendo la calabaza y acercándose al puesto para pagar por ella. Esa era la clase de comentarios que hacía cuando alguna de mis ideas le agradaba. Me di la vuelta cruzándome de brazos ante la brisa que comenzó a soplar.

A un extremo, varias personas se arremolinaban alrededor de un pequeño puesto, donde una mujer de mediana edad ofrecía pequeñas tartas que parecían ser de chocolate. Por curiosidad, me acerqué, quizá podría comprar algo, a Leonardo le encantaban los postres con chocolate.
Sorprendida me encontré al ver perfectamente bien ordenados sobre platitos de porcelana, pequeños pastelillos de cremoso chocolate. Un hombre cogió uno, dándole un tremendo mordisco. Gimió cuando tragó, lo que me pareció un poco absurdo —¿Desea probarlo?— giré el rostro, buscando a la persona que me había hablado —¿Normales o encantados?— enarqué una ceja curvando los labios por lo que había dicho. Sus ojos tenían unos raros destellos violeta —Sólo veía— la mujer sonrió de lado, tomando uno de los pastelillo, extiendo la mano para mí —Tienen el centro relleno de crema de calabaza, ¿Le ha probado? Le aseguro que no, porque soy la única que los vende así— era una combinación bastante rara. Yo conocía la tarta de zanahoria, pero ¿eso? —Es muy original— cerró los ojos y bajó la cabeza asintiendo —¿Cuántos le pongo?— sus manos sostenían una bolsita en color café —No creo que…— nuevamente, sus imponentes y enigmáticos ojos se encontraron con los míos —Ayúdeme a terminar pronto, señorita. Por favor— sentí la cálida mano de Marie posarse en mis costillas —Bien, que sean cuatro— comencé a buscar las monedas para pagar —¿Lista?— preguntó Marie a mi lado —Pagaré y lo estaré— le sonreí y me giré hasta la vendedora que, antes de hacerme entrega de los postres, tomó uno más en el últimamente para depositarlo también dentro  —Ése es especialmente para ti— Marie se había alejado al puesto siguiente [color=Coral]—Sólo le he pedido cuatro— podía pagar por los cinco, pero no solía comer demasiado chocolate. Posiblemente ni siquiera comería el mío —Te lo estoy obsequiando, querida— sonrió ampliamente, mostrando unos dientes perfectísimos y muy blancos —Te dará buenos sueños, solo no te vayas a la cama pensando en la persona que odias— elevó la vista —Podrías encontrarte con cosas feas— me entregó la bolsa y en automático, yo las monedas [color=Coral]—Gracias— fruncí el cejo —Gracias a ti, cariño— besó las monedas, dio gracias y miró al cielo.

Marie me esperaba en la esquina. Cargaba pequeños paquetes que contenían quién sabe qué cosas. Aceleré mi caminar y cuando me vi lo suficientemente cerca, pasé mi brazo derecho por sus delgados hombros, pegándola a mi cuerpo, besando su aterciopelada mejilla —¿Y esto?— me sentí ofendida —La vendedora me contagió de su locura.

***

La mesa se veía preciosa. Marie había sacado una linda cristalería que no tenía idea que existía. Como era amante del orden, había colocado perfectamente bien alineados los cubiertos, los platos, las servilletas, y las copas vacías y con agua. En el centro, yacía la calabaza, de la misma forma en que se la había sugerido a modo de broma.
El corazón me dio un vuelvo al contemplar aquella escena. No lograba recordar cuándo había sido la última vez que aquella mesa se había arreglado de aquella forma. Me mordisqueé el labio conteniendo el sentimiento que se albergaba en mi pecho. Por momentos como éste, me detenía a pensar que estar en la Talamasca no era lo mío, pero por momentos como aquel, sabía que mi lugar era estar ahí.

Leonardo y Susane llegaron con gran puntualidad. No podía quejarme de eso en ellos, siempre estaban ahí un poco antes y en el momento exacto. Consigo trajeron dos botellas de vino, que según Leonardo, era de lo más famoso en esos días, supuestamente había causado un gran furor entre la gente bien acomodada. Yo no tenía idea, no conocía de bebidas, podía marearme con el agua en exceso. Mi cuerpo no toleraba las bebidas alcohólicas.
—Me gustaría hacer un brindis— dijo Susane a mitad de la cena —Ya sé que debe ser al principio, pero nosotros lo haremos por la mitad ¿está bien? Perfecto— se aclaró la garganta y se cercioró de que todos los presentes tuviesen su copa con suficiente líquido. A mi lado, Marie quería reír —Oye, Marriet, no te rías, no es gracioso. Es uno de esos momentos importantes, en el que decimos cosas lindas y verdaderas. Yo las diré. Así que deja que me concentre— inhaló profundamente y tomo la copa con su mano —No es navidad, pero obviamente no tiene que ser navidad para hacer un brindis, y mucho menos para realizar una cena tan maravillosa como ésta. Quiero darles las gracias por estar aquí, a todos. Tú, Leonardo, por hacer de lado a esos hombres rechonchos y bigotudos que se quejan cantantemente que sus mujeres despilfarran sus riquezas; a ti, Jos, por no estar en quién sabe qué lugar; Marie, por no irte nunca, y bueno… Jos, tu hermano que debe estar por ahí, cuando bien podría estar aquí, con nosotros, siendo muy feliz— mi hermano… —Gracias por esos días, por los que fueron, por los que son y por los que serán. Yo… los quiero y la cena está deliciosa, ¿qué más se puede pedir? ¡Salud!— probablemente el vino había hecho estragos en ella —Y para cerrar con broche de oro, pastelillos de chocolate— dije levantándome de la silla. Deposité el recipiente que los contenía sobre la mesa.

La siguiente hora transcurrió con tranquilidad. Marie habló sobre las vergonzosas cosas que mi hermano hacía de pequeño; saltaba de la bañera en completa desnudez para correr por toda la casa, tratando de evitar a toda costa el baño. A lo que Susane enriqueció con las mismas y muy similares situaciones de su hermano. Reí bastante, no lo puedo negar, además dicen que la risa es la voz del corazón.
En algún momento de la conversación, fijé la mirada en el único pastelillo que quedaba. El que se suponía era para mí. Lo tomé y terminé por darle un buen mordisco. Tenía un sabor delicioso, no exageradamente dulce, cremoso, firme pero no duro —Y entonces, las almas de nuestros muertos vendrán para visitarnos— Leonardo tosió, porque se ahogaba con el vino —¿Visitarnos?— su hermana le miró con desprecio —Sí, eso pasa siempre. ¿Por qué te notas sorprendido?— él negó con la cabeza. No quería una de esas tremendas explicaciones de Susane.
Poco después, se recogió la mesa; Leonardo, Marie y Su, se quedaron un rato más. Yo simplemente me disculpé, subiendo las escaleras para volver a mi habitación. Sentía un ligero dolor en el cuello, por lo que deseaba recostarme para tratar de dormir.
Como la mayoría de las noches, realicé mi rutina diaria; cepillé mis dientes, ordené la cama, dejando para el final el delgado y cómodo camisón que siempre utilizaba. Esa noche, decidí dejar el cabello suelto, ya que por lo general terminaba trenzándolo para mayor comodidad.
Acomodé mi cuerpo dentro de las tibias mantas, quedando boca arriba, mirando el techo de la casa. Pensaba en todo y en nada. Odiaba que por las noches vinieran a mi cabeza recuerdos pasados, ¿por qué no podía dejar en el olvido todo aquello? ¿por qué me empeñaba en seguir recordando, en seguir martirizándome? Estaba cansada, pero a pesar de eso, no lograba dejarlo.

Cerré los ojos y suspiré tranquilamente. Una preciosa imagen cruzó como una luz: Mamá, mi hermano y yo. Los tres sentados sobre un tronco a la orilla de un pequeño lago, observando el cielo nocturno cubierto de pequeñas y centellantes estrellas. Comencé a relajarme tan rápidamente, que me quedé dormida casi enseguida.

***

No había abierto los ojos, pero me había cambiado de posición. Ahora estaba de costado, enrollándome como si fuese un pequeño y asustado niño. Sentía tantos escalofríos que apenas y respiraba. De pronto, algo cayó sobre mis caderas, lo que hizo que me incorporara en un abrir y cerrar de ojos.
No supe qué fue lo que me causó más horror; si ver a mi gato negro, tieso y frío sobre mis mantas o la imagen borrosa de algo que no supe describir y que se encontraba al pie de mi cama. Estaba helada, la sangre abandonó mi cuerpo, mis manos y quién sabe cuántas partes más. Mis ojos iban de mi gato hasta aquella “cosa”. Nadie se movía, yo apenas y respiraba. Y era tan absurdo, sabiendo hacer tantas cosas, pudiéndome defender de tantas maneras, en ese momento ni siquiera mi nombre recordaba.
Trataba desesperadamente de encontrarle forma a aquello, pero no podía, no sabía si carecía de rostro o era el terrible miedo que experimentaba. La mancha borrosa parada al pie de mi cama, movió lo que supuse era una extremidad, ondeando en el aire una soga.
La mano que me sostenía contra el colchón, se cerró contra las mantas revueltas. Todo mi mundo se centró en aquel insignificante objeto que emitía un sonido desquiciante. En menos de un segundo elevó la soga por los aires, lanzándola contra mí. Ésta se enredó en mi cuello, tiró de mí y me arrastró por la cama. El sonido de mi cuerpo al chocar contra el suelo, debió de haberse escuchado por toda la casa. Mis manos trataban de apartar la soga, pero por más que lo intentaba, más se ceñía a mi cuello. “Esto no podía estar pasando. Había estado en la cena, había subido a dormir, sólo debía ser un sueño, sólo un sueño” La soga se aflojó dejándome respirar —No, no es un sueño— elevé el rostro buscando aquella voz. Una voz que no fui capaz de reconocer, no sabía si era femenina o masculina —Iremos a dar un paseo— me sujetó del cabello, sin quitarme la cuerda del cuello. Con la mayor tranquilidad del mundo, comenzó a limpiar el piso conmigo. Salimos de la habitación, bajamos las escaleras, llegamos a la planta baja —¿¡Qué es!? ¿¡Qué quiere!?— nadie salió. La casa estaría en absoluto silencio a no ser por mis gritos.
Creí que me arrancaría el mechón que sujetaba, inclusive sentía los ojos estirados. Aquel ser, se detuvo, más no me soltó —Tú sabes quién soy— volvió a ponerse en marcha, llevándome consigo.

El corazón me martillaba de forma acelerada en el pecho. No tenía ni la más mínima idea de qué hacer. Apreté la mandíbula, conteniendo el sentimiento que me invadía. En cuanto salimos al exterior, el cambio de clima se hizo notorio. Afuera estaba helado.  La humedad de la hierba me mojaba el camisón y las piernas, provocando que junto con el frío, comenzara a temblar —¿Fui tras de ti? ¿Estás tratando de vengarte? ¿Te he quitado algo?— “¿O alguien?” era una posibilidad. No encontraba otra razón, por eso mismo estaría haciéndome esto. Por eso mató a mi gato… por eso… —¿Los mataste?— chillé desesperada. En ese momento, comencé a retorcerme, con lo que logré zafarme de su agarre. Comencé a gatear por el suelo en dirección a la casa, pero no llegué muy lejos, aquella cosa me sujetó de un pie, arrastrándome nuevamente —Deja de comportarte como una cría. Madura. Crece de una buena vez— tiró de mi camisón, conduciéndome a la orilla de un lago. Me colocó de espaldas, sentada en la orilla. Algo helado me tocó la barbilla, elevándola al cielo.
Sentí que me contemplaba, pero yo no me atrevía a abrir los ojos. Si sentía curiosidad por saber cómo era, desapareció —Lloras— una lágrima se me deslizó por la mejilla —Eres tan tonta, tan ilusa, y para colmo te niegas a ver la realidad. Pero vamos a refrescarte la memoria— sujetó la soga que había olvidado que seguía alrededor de mi cuello. Me dio la vuelta y por fin logré abrir los ojos. Agua y oscuridad era lo único que podía ver.
Algo se posicionó sobre mi cabeza, empujándome hacia abajo. Apenas alcancé a respirar cuando me vi sumergida en el agua helada.  Trataba de apartar a esa cosa, porque necesitaba sacar la cabeza de ahí.
Pareció oírme, porque utilizó la cuerda para elevar mi cabeza sobre el agua —¿Fue suficiente?— tosí varias veces antes de poder hablar —¡No sé qué quieres que diga! ¡No sé quién eres! ¡No sé qué haces aquí! ¡Ni siquiera estoy segura de que esto sea real! ¡Es una maldita locura!— tosí nuevamente —Esto no puede estar pasando. Es sólo un sueño, estoy soñando, yo estoy en mi cama, yo estoy en mi habitación. Mi cabeza está creando esto por alguna razón y…— antes de volver a sumergirme, escuché un muy bien.
Nuevamente mi cabeza quedó bajo el agua. En ésta ocasión no había cogido suficiente aire y por más que trataba de salir, algo volvía a sumergirme. Si era un sueño, anhelaba que terminara, como fuera, pero que terminara. Marie me había contado que si alguien moría en un sueño, también moría en el presente. No quería morir, pero quería que esto terminara.

***

Me retorcí y me impulsé para poder incorporarme. Miré asustada a todas direcciones tratando de ubicarme. Frente a mí, todavía se encontraba la casa. Tenía un aspecto precioso, los rayos del sol habían comenzado a salir, dándole tintes amarillos, que le hacían contrastar con los oscuros de ésta. A mi espalda, el lago estaba en completa quietud, donde de igual forma, reflejaba tenuemente alguno que otro rayo que lograba colarse por los árboles. ¿Había un lago cuando legué aquí? ¿Por qué no lo recordaba?
Mi mano se movió hasta mi cuello, notando que no había soga, pero sí escozor y la sensación de marcas. Estaba hecha un completo desastre; el camisón salpicado de lodo, varias hojas secas se habían pegado a él, mis cabellos revueltos y enredados, mis piernas amoratas y sucias. ¿Qué ocurrió? ¿Qué pasó? Las imágenes de las noche anterior eran vívidas, nítidas… tan reales.
La puerta de la casa se abrió de golpe, por ahí cruzó Marie. Corría sosteniendo en sus manos una gran manta, su rostro se observaba afligido —Dios mío, señor… mira cómo estas— se lanzó al suelo, ahí a mi lado. Ni siquiera le importo ensuciarse Estoy bien parecía que lo estaba. Sus claros ojos me miraron, estaban a punto de desbordarse —¿Qué haces aquí? Fui a tu habitación porque el gato arañó mi puerta, supuse que quería estar contigo, pero como nadie me respondió— varias lágrimas recorrieron su cansado rostro. A mí se me rompió el corazón —Te busqué, te llamé, entré a tu baño y nada. Miré por la ventana y alcancé a ver tu figura envuelta en la tela blanca. Yo creí… que te habías marchado fruncí el cejo y sujete su barbilla —No llores, por favor. No ha pasado nada— había pasado, y mucho. Recompuso su rostro y me cubrió con la manta —¿No escucharon nada?— me mordí la lengua para no hablar de más. Tenía miedo de que pensara que estaba loca. ¿Lo estaba? —Anoche salí porque mi gato estaba inquieto. Iba de un lado y a otro, hasta que me cansó y decidí sacarlo. Me acerqué al lago y creo que resbalé. Supongo que me golpeé en la cabeza. No sé…— Marie me miró con ternura. Asintió ligeramente con la cabeza —No tienes que decirlo si no quieres. Ven deja que te ayude a incorporarte— me dolía todo el cuerpo. Parecía que me habían apaleado entre mil gentes.
Me estiré para destensar los músculos, y nos echamos a andar. También estaba sin calzado. Era todo tan raro —¿Por qué está eso ahí?— me detuve en seco, a unos pocos pasos de una soga que se encontraba tirada en nuestro camino —Sería de algún caballo— Marie se acercó para recogerla, mientras que a mí se me erizaban los pelos. Sentí tanta repulsión y nauseas —La tiraré— comenzó a acercarse a mí nuevamente —Sí, sí, pero no te acerques, ¿está bien? Déjala por ahí. No te acerques con ella— el insignificante objeto se balanceaba por la suave brisa. Marie me observaba con preocupación —Bien, así lo haré— la arrojó al otro lado y mi corazón volvió a latir con tranquilidad.
El recuerdo de la vendedora centelló en mi cabeza. Parecía que escuchaba su voz en mi cabeza. Quizá no le había dado la importancia que debía. Quizás… —Debo salir— me apresuré a entrar en la casa, subir las escaleras y asearme para no dar un mal aspecto.

El mercadillo seguía lleno de gente. Hasta parecía que las monedas se daban en loa árboles. Mis ojos buscaron a la misteriosa mujer que había visto con anterioridad. Por suerte, logré localizarme en el mismo sitio que antes —¿Qué tenían? ¿Qué fue lo que me hizo?— me miró sorprendida, pero supe que sabía quién era yo y a qué me refería. Se apartó un velo de la cabeza, dejando al descubierto un pelo negrísimo. Jamás olvidaría aquellos enigmáticos ojos —Qué fue lo que te pasó?— moví la cabeza de un lado a otro —Señora, yo le he preguntado primero— ella ladeó la cabeza para mirarme —Yo sólo te dije que tuvieses cuidado— mi paciencia comenzaba a escasear —¿Es que no teme que en algún momento alguien muera? ¿No sabía que se puede morir a causa de un sueño? ¿Va por ahí entregando pastelillos con a saber con qué cosas? ¿Qué tenían? ¿Alucinógenos?— negó con la cabeza —Soy… diferente,  tú te me acercaste por curiosidad y yo vi que necesitabas respuestas. Te dije que tuvieses cuidado con qué imagen te ibas a la cama. Alguien tan dulce como tú no debería odiarse tanto. Lo que viste, no fue más que a ti misma. Es impresionante que no te des cuenta que sólo tú misma puede ser capaz de odiarse tanto, que sólo tú tienes el poder para destruirte realmente. No sé a qué se deba, pero te odias por no haber podido hacer cosas que estoy segura, no estaban en tus manos— me reí con ganas —¿Qué había en tu sueño? Piénsalo. Razona. El ser humano es el único que puede destruirse a sí mismo. El único que se puede torturar una y otra vez. Si no dejas ir eso, no avanzarás nunca— bajé la mirada, en la mesa había montones de pastelillos. Esto era una maldita locura. Un trozo de pan no podía hacerme ver mi suerte —Sabes lo que eres capaz de hacer— bastante culpa tenía yo por aceptar cosas de cualquier persona.

Me di la vuelta, caminando lentamente entre la gente. Si aquella mujer me habló, nunca la escuché. Seguía sin poder creer lo que me había dicho, pero había tantas pruebas… las marcas de mi cuello seguían ahí, y parecía que no se irían en varios días más; los moretones de mis piernas, el camisón, la soga. Yo y sólo era la culpable de todo aquello. Yo en mi desesperación por querer saber. ¿Cómo había llegado a todo esto? Había conocido lo peor de mí misma, y había sentido tanto miedo. Sólo yo era capaz de torturarme de aquella forma, porque anoche me había dio a la cama con la imagen de tres rostros; mi hermano, mi madre y yo. Mi hermano no podía hacerme semejantes cosas, mi madre… ella ya no podía lastimarme dos veces; yo… yo estaba tan consiente de las cosas que me dolía.
No lograba perdonarme el hecho de perderla. Me odiaba por no haberla sabido cuidar, pero es que era tan pequeña. ¿Cómo es que la iba a sostener si apenas y podía con unos cuantos lechos? No fue mi culpa, no había sido mi culpa, pero no podía aceptarlo. No sabía cómo —Pero soy fuerte y muy capaz— fijé la vista al frente, confundiéndome nuevamente entre la multitud. La humedad de mi ojo rodó nuevamente por mi mejilla derecha. Aquella lágrima se volatilizó.
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¿A qué tienes miedo, dulce niña?
La muerte es un bálsamo, pequeña, pero no es cercana. Tu camino no es fácil, no es breve, no es agradable… No te va a gustar. Pero debes seguirlo


La desgarradora voz, irreconocible, grave y rota, hizo que se despertara al instante. Su tez estaba húmeda. Inmediatamente sus manos apartaron los mechones de pelo pegados a su rostro. Tomó aire profundamente cuando se vio con fuerzas. Sus rodillas se flexionaron y se abrazó a sus piernas. Su cabeza, apoyada en ellas, y sus ojos cerrados. No sabía qué sentir. ¿Debía sentirse intranquila? Había tenido sueños así toda su vida, no era nada nuevo. Pero siempre conseguían atormentarla. Sólo recordaba la voz, el mensaje estaba borroso. Inspiró con profundidad una vez más y abrió los ojos.
No pudo evitarlo. Se agarró a las sábanas con fuerza, sus ojos abiertos de par en par miraban con angustia la habitación. Reconocía el lugar. Fue la habitación de su niñez, aquellas cuatro paredes que habían sido testigos de sus progresos. Debía estar soñando y no tardó en comprobarlo. Pero no “despertó”. ¿Era real? Parecía real, podía palparlo, olía hasta la madera del suelo.
Se levantó de la cama, estaba vestida con un camisón blanco que llegaba a sus pies. Su pelo recogido en dos trenzas, totalmente alborotado. Su mirada angustiosa se reflejó en el espejo. Su apariencia era el de la niña que fue un día. Deshizo las trenzas, peinando su pelo con los dedos, y lo dejó suelto. No pudo hacer lo mismo con su vestimenta. No había ropajes en aquella habitación que pudiera ponerse.
Sus pies, descalzos, notaron el frío de la madera mientras le llevaban fuera de aquel pequeño tormento. Cerró la puerta tras de sí. Podía confirmarlo, aquella era su casa. Bajó las escaleras despacio. La madera crujía. Inconscientemente, acabó en el salón. Su cuerpo se paralizó, sus piernas temblaban y un chillido estuvo a punto de salir de su boca. Su madre yacía, muerta y ensangrentada, en el suelo de madera. Su padre, con una sonrisa estremecedora, la miraba con unos ojos negros penetrantes. Volvió a sentir el vacío, el dolor y la angustia que sintió en el pasado. Aquella escena era una recreación. –Te dije que no volvieras, pequeño ángel.– Su risa hizo eco en las paredes. El demonio que controlaba a su padre avanzó hacia ella con rapidez y no lo pensó dos veces: huyó. Salió de la casa, cerrando de golpe, sujetándola para que el demonio no saliera de allí. Pero no hubo ninguna intención de abrirla. Katrina soltó el picaporte de la puerta y dio unos pasos hacia atrás. Parecía haber escapado del horror. No obstante, no era así. Su corazón latía con fuerza, sus lágrimas resbalaban por sus mejillas y la angustia apareció de nuevo.

Katrina se dio la vuelta y la imagen no la tranquilizó. No había luz, no había cielo estrellado ni Sol, no había nada. Sólo estaba aquella casa y la oscuridad. Miró hacia atrás, con las lágrimas a punto de salir de nuevo. ¿Qué debía hacer? No lo sabía. Podía enfrentarse a sus miedos, volver a entrar y acabar con el demonio. O podía andar en aquella infinita negrura. Quizás se lamentaría pero no volvió a la casa. Dejó el pasado, el dolor y el miedo atrás.
Caminó y caminó. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Minutos, horas? Había perdido la noción del tiempo. Giró sobre sí misma, mirando, buscando luz. Pero no la encontraba. La oscuridad se alimentaba del lugar. Le preocupaba que también se alimentara de ella. Se sentó en el suelo y se sintió incómoda. No recordaba cuánto odiaba la oscuridad hasta aquel preciso instante. Y el silencio… aquel incondicional silencio, la estaba volviendo loca. Chilló, con todas sus fuerzas, esperando obtener alguna respuesta. Pero ni el eco la contestó. Quería salir de allí, prefería cualquier cosa a eso. “Prefiero cualquier cosa a la oscuridad y soledad eternas.” Un pensamiento lejano que no pudo evitar. Y era cierto. Preferiría estar en el Infierno. Pero… ¿y si aquello era el Infierno? ¿Había vendido su alma y no se acordaba? ¿Había muerto y su destino era aquél? –¿De verdad prefieres cualquier cosa a esto? ¿No te resulta familiar? ¿No te es reconfortante? Lo has preferido a enfrentarte a tu pasado. ¿Ha sido aleatorio?– Katrina miraba a todos lados tratando de averiguar de dónde salía aquella voz. Fue imposible, el sonido no venía de ninguna parte, resonaba en su propia cabeza. Pero conocía esa voz. La había oído más veces, en sueños. Y no estaba de acuerdo con él. Si tuviera la oportunidad de dar marcha atrás podría… ¿Podría haberse enfrentado al demonio que poseía a su padre? –¿Quién eres?– Se atrevió a decir sin esperanza de obtener respuesta. “Llevas hablándome toda la vida.” –Déjame verte.– Estaba cansada de aquel lugar y asustada al pensar que podría quedarse allí para siempre. –No puedes verme, te arrepentirías.– Le alivió recibir respuesta pero necesitaba más. –Quiero salir de aquí.– “Por favor.” Pensó, suplicante. –Entonces, encuentra la salida.

Unos segundos después, la oscuridad comenzó a desaparecer, dejando paso a un bosque, iluminado por la Luna y las estrellas. ¿Qué significaba todo aquello? Seguía sentada en el suelo con las piernas cruzadas y dirigió la mirada a ellas. Ya no llevaba el camisón blanco, estaba vestida como… Sí, lo reconocía. Aquellas prendas las utilizó en el pasado. Tendría unos 19 años. Se le encogió el corazón. El bosque, la ropa, la Luna casi llena… “No puede ser, ese día no.” –¡Katrina! ¿Qué demonios haces? He dicho que corras. ¡Vamos!– Escuchó a lo lejos. Dirigió la mirada hacia aquella voz masculina, sabiendo la imagen que se avecinaba. Era su maestro, Dimitri, estaba herido. Aquel día de cacería les sobrepasó. Iban tras una manada de licántropos que habían aterrorizado a varios pueblos en un radio de 20 kilómetros. Pero eran demasiados y habían tenido 3 bajas. Aquel día casi morían los dos. El recuerdo no era doloroso porque le rememorara lo cerca que estuvieron los brazos de la Parca aquel día. No. Volvió a sentir el terror de perder a Dimitri en aquella cacería.
Justo en aquel momento debía correr y esconderse, tal y como hizo en el pasado. Pero no lo hizo. No podía verle sufrir de nuevo. Corrió hacia él y lo vio. Vio cómo su pecho era atravesado por las garras del licántropo.

Su grito desgarrador y sus lágrimas dieron paso a la oscuridad. De nuevo. Cayó al suelo, llorando, deseando que acabara. –Katrina, cambiar el pasado no es siempre conveniente. No has huido, no has hecho lo que tenías que hacer y, por eso, él ha muerto. Antes no elegiste cambiar el pasado y acabar con el demonio. ¿Por qué ahora sí?– No lo aguantaba. Estaba destrozada. Y no sabía la respuesta a su pregunta. –Basta, quiero que termine. Dime que no está muerto, por favor.– Intentó pronunciar las palabras sin demostrar aflicción pero fue imposible. –No está muerto. Aún. Recuerda que el camino es largo, Katrina. Nunca ha sido y nunca será un camino de rosas.– La voz desapareció de nuevo dando lugar a otro escenario.

Estaba en una habitación. Miraras donde miraras, había un arma. La cama estaba desecha y había ropa encima. En el escritorio había una carta sin abrir de su superior. Reconoció de quién era. Era de Dimitri. La puerta se abrió y apareció él. “Está vivo.” Sintió alegría pero fue momentánea. Recordó que aquel día le rompieron el corazón. En mil cachitos. Y aún seguían sin unirse. –Katrina…– No. No podía soportarlo más. No podía pasar por eso de nuevo. Y no pudo evitarlo. –Sí, lo sé. No podemos estar juntos. No me lo digas. Está claro. No puedes depender de nadie ni que nadie dependa de ti. Debes seguir siendo el cazador frío y solitario que siempre has sido. Los estorbos nunca te han gustado. Lo entiendo.– Eso jamás ocurrió. Jamás salieron esas palabras de su boca. No creyó que pudiera hacerlo alguna vez aunque lo había pensado una y otra vez. –No, no lo entiendes. No soportaría que por un error mío acabaras muerta. Por eso no puedes estar a mi lado.– Sus ojos se abrieron con asombro. Esas palabras tampoco salieron de la boca de Dimitri. ¿Podría ser verdad? –Y-yo…– Oscuridad de nuevo.

–¡No!– Gritó con rabia. –Has cavado tu propia tumba, dulce niña. ¿No es más doloroso saber la verdad a creer la mentira? ¿Sabes cuál es el objetivo de todo esto?– Ignoró la voz. Se sentó en el suelo y tapó sus oídos con las manos. Sabía que aún así seguiría escuchándole pero no le importó. “Ya sabes por qué estás aquí. Permanecerás aquí hasta que me lo digas en voz alta.”

Otro escenario. Pronto supo qué día era. Aquel día un vampiro jugó a desangrarla como si fuera un humano demente. Estaba en una habitación de piedra desgastada. Olía a humedad y putrefacción. Recordaba la sangre, los cuchillos, el fuego, la sal, la oscuridad, el aislamiento. Y vio al vampiro. Sabía que no podría soportarlo de nuevo. Tenía pavor a aquel vampiro de ojos verdes, veía en ellos la muerte y el dolor, los gritos de agonía y las súplicas. Pero no temía al dolor. La soledad y la oscuridad era lo que le asustaba. Y tuvo muchos días para deleitarse con ambas. Recordó que deseaba que la matara antes que pasar un día más en aquel insólito lugar. Pero nunca cumplía su deseo. No, no iba a pasar por ello de nuevo.
Cogió una de las piedras del suelo y, con fuerza, cortó su mano con ella. Con la sangre hizo un símbolo enoquiano en la piedra. No sabía si iba a funcionar. No sabía si aquello era una auténtica locura. Pero lo hizo. Una vez terminó el símbolo puso su mano en él. Una luz blanca le cegó.

____✸✸✸✸____

Katrina se levantó impulsada por esa luz. Estaba en la cama. En la vieja habitación de su hostal. Volvía a estar empapada por el sudor. Se quedó tumbada con la mirada perdida. Lo recordaba. Todo. Y, despierta, pudo comprenderlo. –Tengo que superar mi pasado. He de enfrentarme a mis miedos. No puedo seguir ocultándolos, no puedo hacerme más daño. La oscuridad, la soledad y el amor son mis puntos débiles. No puedo dejar que lo sean, no puedo…– Necesitaba oír su propia voz para autoconvencerse de su reflexión. Y lo había conseguido. No se equivocaba. Tenía miedo a la oscuridad, la soledad, el amor. ¿No era lógico? ¿Era remediable? “Solo te afectaran si tu permites que te afecten.” –Ayúdame. Sé lo que eres. Necesito verte, necesito saber que eres real.– Su súplica no fue contestada. Siguió tumbada en la cama, rememorando su sueño. Aunque no sabía si había sido un sueño, había sido demasiado real. Pero ese no era el asunto ni lo que más importaba. No debía ocultar sus miedos, debía enfrentarlos y superarlos. Eso o… estar siempre destrozada y asustada. “¿Qué decides?”
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El extraño mundo de Antonio.


¡Acercaos!, ¡os contaré un relato que os hará sentir como moscas con tétano! Pero antes advierto algo sumamente serio que deberéis tomar en cuenta: esto no comenzará con un “había una vez”, no estoy para gilipolleces baratas que causan sueño. No será una novela de romance con extravagancias rosadas que nos hace romper la bilis, tampoco, un rico poema épico de honrosos caballeros. No. Aquí sentirán tanto horror que querrán enterrarse en los ojos dos lápices y morir hasta desangrarse. Lograran entumecerse, sentir estremecimientos y escalofríos que causan dolor en la espina dorsal y por fin, mirar detrás de sus espaldas para saber que hay un payaso psicópata sin mandíbula a punto de cortarles el pescuezo. Vale, comienzo. Pero primero dadme ron, chavales, ya saben el trato de siempre.

Todo comenzó, durante la mañana del viernes del 31 de octubre. ¿Qué os pasa?, es un cuento de terror, debe ser un 31 de octubre… ¿Y por qué tiene que ser siempre de noche?, me parece absurdo, ¡venga ya! Es mi historia, la hago de día, ¿escuchaos bien? ¡Se aguantan las tetas!
El mar se le antojaba estar tranquilo, pacífico, con las mareas oscilantes que mecían el barco tiernamente, es como si la naturaleza quisiera arrullarlo, el viento, le canta melodiosas nanas susurrantes, y soplan juguetonamente en tenues caricias somnolientas. En la cubierta, más allá, estaba yo postra’o y tumba’o boca arriba, de cara al sol. Comenzaba a picarme debido al insufrible calor infernal. Propio de un Sahara desértico y silencioso, callado y misterioso; que se le da por solitario para comenzar a dejarte seco por la vehemencia de un castigo divino. Los egipcios dirían que es Ra, alzándose sonriente en el cenit y estampando en tu rostro, su polla en nuestra boca. Un cabrón de dios. No lo culpo.

Mis párpados permanecían cerrados, no podía moverme aún, pué mis extremidades se hallaban en una quietud tediosa. Incapaz de revolverme por una pereza nefasta que se llega a poseer mi alma. ¡Oh flojera!, ¡sal de éste cuerpo atractivo de pirata! Más, hay algo extraño en todo esto, quillos. Es el silencio remoto e inquietante que me hace pensar que estoy realmente solo. Más solo que un perro moribundo. Porque de pasar a oír las risas de los tripulantes a la profunda soledad sepulcral, hizo que recibiera una bofetada imaginaria e indolora para poder despabilarme. En mi mano podía sostener una botella vacía de ron, ése delicioso licor adictivo que convierto en desayuno, almuerzo y cena. Comprobé si alguna gota ha de quedar. Admirándola debajo de los rayos solares, pero no, está vacía y eso me ha entristecido. Tuve que comenzar a levantar mi sudoroso y sensual cuerpo, éste sofocante y cruel sol se le hace divertido devorarme en cada momento, en cada oportunidad… Sabéis, me daban ganas de mostrarle el dedo medio para que sepa donde puede meterse su calor pero después recordé, que sólo es una cosa de fuego que mata mosquitos chupa sangre.

Lancé la botella sin ganas, seguramente algún camarada presente diría: “Capitán, lanzas como niña”… Suspiré. Los extrañaba y ni siquiera ha pasado un minuto. ¿Dónde estáis, cabrones? Una pregunta algo desesperada, estudiando cada rincón de la cubierta vacía. Ni siquiera el enano, ni el sonido de una cabra logran apreciarse. ¿Qué pasa?, ¿es el día de joder al capitán? De ser así, ¡todos se quedarán sin ron!, ¡to’pa’ mí!

He, salid de donde coño sea que estéis, listillos de pacotilla… —alcé la voz lo suficiente, pareciendo que en el fondo era alguien amenazante y terrible, pero es lo inverso, soy blando como el pan de hoy. El de ayer no, ése está duro. Por un breve instante, sentí ansiedad, y agitado comencé a girar en círculos, buscando signos de piratas malolientes. ¡Pero no veo nada! Ah, no, tengo los ojos cerrados. Me acaricié la barba de chiva, meditabundo. Decidí ir a por ellos en los lugares restantes del barco; quizás, se querían esconder como cucarachas negras que se amontonan, una vez hallar humedad para resguardarse y estar fresquitos tal bacalaos. ¡Sí!  ¡Se esconden como bichos de mierda, ésa es la razón lógica! Caminé firmemente, tambaleante y enfocado en un destino.

Bajé por las escaleras aventau, y por cada bajaba sentí que el tiempo se detenía.  No avanza. Lo mismo que le sucedió al Sombrero en la novela de Lewis. Creo que en algún momento me convertiré en él, y luego solo sabré tomar el té de las seis y gritar: ¡Tomad té y ganad mucha muchosidad! El aire se condensaba al punto de que la presión atmosférica jugaba en contra. Pero sobre todas ésas cosas… ¿Un zorrillo ha mea’o en el barco? La pestilencia del aire me daba arcadas que subían a mi laringe, y acababan bajando. Menudo asco, parecía un tiovivo. Los peldaños chirriaron, era perturbador para la audición y cuando pensé que no podía empeorar, el fétido y aniquilador olor se acentuó colosalmente. Y la imagen… Me dieron ganas de vomitar, si lo hacía seguramente hedería peor de lo que ya está; Por ende, vomitar de nuevo, algo que provocaría una cadena sin fin. Allí delante: Un mar de sangre y cadáveres desplomados. ¡Mis hombres! Una mueca de horror se apoderó en mis articulaciones faciales y grité como una niñita de cinco años con catarro. Me aseguré que la cabra al menos siguiera viva. ¡No, Mee! Su cabeza pendía en un hilo y se hamacaba en el techo, el cuerpo sin vida en cambio, estaba postrado en el piso de madera, el charquito de sangre es repugnante. ¡Cabrones!, ¡ahora tendré que limpiar! Pero la pregunta del día es: ¿Qué coño?, ¿con qué pandas de estúpidos piratas he convivido para que no sepan defenderse siquiera? Chamacos, en serio, esto es demasiado absurdo y ridículo que ya no sé si estoy en una novela de terror o en una tragicomedia. Pero estoy seguro que jamás experimenté tanto miedo como ahora. Y ante mis cavilaciones, un estruendoso sonido me alarmó. Provenía de la bodega. Mi corazón tembló, mi ánima se encoge y se quiere salir de mi cuerpo para deambular, así, como fantasmita. Después me conocerían como “Capitán Antonio, el pirata fantasma”, menudo título.

Caminé como si mis pies fueran sacos de plomo, arrastrándolos inseguros, vamos, debía asegurarme que el ron estuviera a salvo. Mi mano se apoyó en el arma y ante el menor rastro de peligro, la sacaría como un pistolero en el medio del Oeste. Sorbí saliva, mi garganta ardía y mis labios por la resequedad están partidos. Al morderlos arranqué la pielcita… Dolió mucho. Vale, eso fue idiota de mi parte pero el nerviosismo, hace estragos en mis entrañas. Estaba como una puta necesitada, sólo que en vez de querer pollas, quería ron. Aspiré suficiente aire, me hice de valor y al mirar dentro… Tuve que prender una vela. ¿Qué?, está oscurito, ni de coña entro ahí a tientas. Y Dios dijo: “qué se haga la luz”. Al iluminarse la habitación sólo pude ver rastros de botellas rotas de ron, vacías… Sin nada… NADA. ¡¿Por qué se ha ido el ron?! Mi mente se trastocó al grado de que la demencia rozaba y se esparcía, un efecto de droga que te deja peor que una cabra en celo. Busqué culpables y el único comentario que me hice a mi mismo al encontrarlo fue: corre. ¡Fue la escoba!, ¡una puta escoba! La fobia me inmovilizó y desfallecí, las piernas me habían fallado, poniéndome de rodillas pero al hacerlo los vidrios me lastimaron. Estoy seguro que la escoba río a carcajadas estrepitosas y chillonas. Si has hecho esto, al menos limpia, escoba de mierda. Pero el miedo no permitía que yo pudiera dar opinión, tan sólo, quedé entumecido. Mudo de pánico. ¿Me morí y éste será mi infierno? Pensé que sería más bonito, ya sabéis, furcias, alcohol y libertinaje por doquier. La escoba me miró inquisidora, o eso creía pué, te acuchilla sin siquiera tocarte. Tenía un palo largo de madera, sucia de sangre, y aquella extremidad que la sostenía la hacía parar solemnemente, es de temer. Quién sabe que poderes sobrenaturales han de caber en una escoba de bruja piruja.
Quizás si permanecía quieto no me haría nada, a lo mejor es como un topo: ciego y torpe. También lamenté la perdida del ron y rezaba a ojos cerrados por Dios, Jesús, Alá, Buda, Kami, y todo ser que exista como deidad religiosa. Maldije en todas las lenguas que sé para variar incluso, a lo sumo una maldición de gitano sirve. Sin embargo, cuando me di cuenta, el monstruo desapareció: —Se foi a merda, droga.  Mas, a maldição funcionou.

No entiendo ni pollos que ocurre. Probablemente lamí una de ésas ranas raras de nuevo, pensé. La soledad no es mi fuerte, hace que peligre mi cordura. Procuré reincorporarme del suelo pero mis rodillas, ¡joder, dolían! Quejoso fui quitando algunos vestigios de vidrios rotos, salía sangrita, haceos una idea—. Míralo eh, se me rasgado mis pantalones favoritos. Los únicos que tengo—. ¡Pobrecillas vosotras!, sé que hubierais queda’o encantadas que alguien las tomase lujuriosamente, con ése vigor que reclaman sin gritar y tanto os gusta, ¡sois unas zorrillas!, admítanlo. —Vale, hablar con trozos de botella no sirve de nada, por lo que vigilé mis espaldas con histeria, no quiero que aparezca de la nada y acabé meando el piso. Ya con sangre es mucha decoración, ¡y los muertos!, muy bello. Una obra de arte... Hermoso. ¡Una mierda! Es prácticamente una locura de las gordas. Huí pronto, ir a cubierta sería más seguro que estar abajo. ¿Y sabéis?, no tengo a donde ir. Hay mucha mar, agua, océano y una extensión profunda —como dirían los científicos— de dos átomos de hidrógeno y una de oxígeno. Nunca antes en mi vida odié tanto el líquido como ahora. El barco ya no se mueve… ¡El barco ya no se mueve! Me chupe el dedo, puaj, está sala’o y comprobé a continuación por donde corría las fuerzas eólicas. Inclusive el soplido del viento quedó varado.

¡Joder, joder! —Desesperado. Agitado. Demente. Posiblemente no sean palabras acertadas para describir como éste día me hace sentir. Atrapado con una escoba asesina, 10 muertos —posiblemente también otros 10 más que nunca nombro pero que sirven de extras—, y sin ron. ¡Me cago en to’! Creedme, jamás, jamás, jamás querrán ser golpeados por una escoba. No podía escapar, y le tengo tanto miedo al maldito objeto como a mi mismo. No soy un suicida, por supuesto que no. Me amo tanto que no soy capaz de lanzarme al vacío, ¿imagináis? Nadie me encontraría. Y después lo que da más grima oír, un respirar profundo, unas pisadas osadas y una presencia abrumadora. Volteé muy suavecito, y tragué la saliva que me quedaba.

Eh, tú. —Una voz que conocía—. Deja de flojear. ¿Cuando aprenderás a enfrentar tus miedos?, eres un inútil, como siempre lo has sido.

¿Papá?, ¡pero sí tú!... ¡Sí tú!...Estás más muerto que Gertrudis… No sé quién es Gertrudis—. ¿No que los fantasmas abundáis de noche? Y no sé  de que hablas, tú también le tienes miedo a la escoba.

¿Quién dijo ésa estupidez?, yo aparezco cuando quiera y donde quiera... —Me miró rabioso, como si dijera una verdad—.¡Shh!, los fantasmas ya no le tememos a nada.—Y así, mininos, les presento a mi padre, por segunda vez—. Estoy aquí para despertarte.

¿Qué, qué? Él se abalanzó a mí antes de que pudiera reaccionar y lo primero que hizo fue abofetearme duramente, tanto que la mejilla izquierda me ardió, no emití lamentación para dármelas de macho.

***

El abrupto golpe me sobresaltó, lo juro por mi tía chueca que sentí que caía a un abismo sin fin. Separándose el alma de mi cuerpo, para terminar despertando con el corazón galopando, sudoroso y to’ así de rico. Admiré las cuatro paredes, y no pude identificar nada que pudiera conocer. Excepto que allí se encontraba una mujer tarareando, y yo en cambio… Atado en sogas. Vale. Ok. De reojo descubrí que la misma escoba estaba parada frente a frente, vigilándome. Un escalofrío recorrió pudorosamente mi espalda, y siguió subiendo hasta mi cuello para picarme. Moverme no es una opción, y advertir que desperté tampoco. Mi plan fue hacerme el dormido, recordando a las zarigüeyas cuando se hacen las muertas, es para tener una oportunidad de pensar en que lío he de haberme metido para terminar así y ni siquiera recordarlo o quizás sí, sólo necesitaba un empujón. La fémina se movió de lugar, su vestido había corrido viento al hacerlo de prisas, corriendo de allí pa' allá. ¡Ay!, ¡que aburrido!

Damita —carraspeé, llamando su atención, ella, en cambio siguió en las mismas—. Dama… —Está vez intenté cambiar, y nada—. ¿Señora? —Otro sinónimo, y no, no escucha. Seguramente sea…— ¿Gorda?, digo sorda… —inspiré el aire, olía a azufre y hierbas pero nada de ron. Ella, atractiva a su modo. Vestía puramente de negro, sus cabellos eran del mismo tono. Pálida, de labios rojos tan intensos como el rubí, y sus ojos, dios me libre, eran de gato con una gama de verdes y amarillos. Simplemente, una bruja en el día de las brujas. ¿Qué cómico, no?

¡Calla, inmundicia! ¡Pierdes mi paciencia! —Al fin hablas, negra—. De seguir así te convertiré en un asqueroso ratón. Así que, ¿por qué no cierras el hocico como hacías antes, inútil?

Eso no ha sido nada amable, señorita. Anciana, a saber  cuantos años tiene en realidad—. ¿Me puedes dar algo de ron?, se me cierra la garganta. Sabes, el sueño ha sido curiosífico, seguramente tenga los pantalones cagao’s, pero… No me ha cura’o de mi fobia. La empeoró. Y mi padre ha pasado a saludarme, sigue igual de cabrón.

¡Ah! Al menos lo he intentado, Antonio. Y no tengo ron, tendrás que beber agua —dijo sin más. Yo grité un profundo: “No”, desgarrador. El último grito de la noche que hizo eco y despertó a más de un muerto.

Sí, nos conocíamos… ¿Sorprendidos?, vale, les he engañado, esto ha sido simplemente para curar mi fobia y fue una experiencia horripilante. Humillante, terrible, espleluznante, inolvidable y tan asquerosa que juro por Gertrudis —no sé porque la sigo nombrando—, que no volveré a hacer algo parecido. Jamás. Nunca. Never.

Y ésta historia ha terminado.
¡Pero cuidado!
En noche de brujas, puedes ser raptado,
asesinado, mordido, quemado, espantado y violado.
Y experimentar actos atroces
Como igual de feroces.
La noche no perdona, amigo,
así que bebe ron conmigo.
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LAS CATASTRÓFICAS DESDICHAS
DE NICHOLAS ARCHER

"Cada uno es dueño de su propio destino" dijo el sabio. "Hay quién elige cómo vivir y a esto se le denomina ética" dijo después. Pues sepan que lo comparto hasta cierto punto. Antes de nada me gustaría aclarar que no tengo nada en contra de la ética. En la vida, incluso en la no vida, cada uno decide su sino, palabra importante, clave para el más listo. Pero cuando nos referimos al tirano, a ése mal nacido, a ése a quien le da igual llevarse por delante a ocho que a ochenta, ¡Adelante! ¡pum pum pum y sin pistola! A ése que destroza las navidades; para él todos los  días son Halloween; esta clase de individuos hacen que me vea obligado a intervenir y, como no, a replantear mi papel.

Les presento a Nicholas, el hombre más seguro sobre la faz de la tierra. Nació sabiendo. Tiene 1000 años, un suspiro. Es controlador, obsesivo, poderoso, intuitivo, arrogante, nadie le pone trabas. Seguro que saben perfectamente quién es y entiendo que no tengan ningún interés en conocerle a fondo, yo tampoco lo tendría. Pero, ¿Que pasaría si violásemos las leyes de la ética, si la ruleta de la fortuna girase en dirección contraria para el señor Archer, si los acontecimientos no se desarrollaran como cabría de esperarse? Aquí es donde entro yo, su narrador omnisciente. Vean la intríngulis, imaginen lo inimaginable: Están a punto de ser testigos de una debacle.

El señor Archer se ha levantado con el pie izquierdo esta noche. Se mira al espejo y no se reconoce. ¿Quién es ése hombre de barriga prominente a quién le asoma el ombligo? Un balón habría sido más pequeño. No recuerda hincharse a beber más de la cuenta. Su criterio, con verdadero atino, advierte que no está demostrado que un vampiro engorde por empacho. ¿Se han vuelto locos los Dioses? Ya les vale, dotándole de algo tan aberrante, no puede salir con tales fachas así a la calle, profana cualquier traje, ¡se niega! ¡No, no y no! Rechaza su rostro una y mil veces contra el espejo. ¿Y qué hace el hombre de mente perturbada? El más listo, el más guapo. Con una uña se raja el estómago de lado a lado, un corte limpio digno de un cirujano. El torrente de sangre es imparable. Ríos de vino corriendo por todas partes, la matanza del siglo. ¿O era el hombre del siglo? Ya no me acuerdo. ¿Será que ha perdido completamente la cabeza? ¿Algo tan simple le provoca tal repulsión? No lo sabemos, diremos que ni si quiera nos interesa, la sangre sigue emanando como una fuente sin filtro, admisible que sea lo único que importe. Empapa el espejo, empapa los azulejos del baño, las cortinas zurcidas a mano, la bañera de diseño francés, ¡oh, la bañera! los tristes candelabros de oro... Por lo visto el señor Archer también es decorador. Remodela el baño ¿Le hacía falta una manita de pintura? Y entre tanto trajín, no se explica por qué esa maldita herida no sana. El ambiente se vuelve un poco más sombrío, el suelo altamente peligroso y resbaladizo, un paso atrás y patinazo. No lo ha visto, no ha llegado a intuirlo, simplemente ha caído, ploff...

El ruido es gutural, le sale del mismísimo averno. ¿Diagnóstico? Una cadera rota y un hueso del codo que asoma. Y allí se queda, hecho un ocho pocho. ¡Compadezco! -¿Sir Bors?- A buena hora se acuerda de su queridísimo y más que odiado tío. Su eco resuena entre las paredes del castillo y no recibe respuesta. Entre lamentaciones, se arrastra hacia la puerta, se encamina hacia los calabozos subterráneos donde sus víctimas esperan una muerte desagradable. Y ahí no queda. En seguida se encuentra con su primer obstáculo: las temibles escaleras. No sabe si bajarlas de costado o bajarlas rodando. ¡Un tema! suspira y dice ... -Como decía Aristóteles...- ¡Déjate de Aristóteles y baja! Algo le empuja a bajar, yo le empujo, la idea o visión de su rostro chocando en cada peldaño me atrapa. Un ojo morado, tres facturas de pierna, tiene el cuello roto por tres lados, y eso que el cuello sólo se puede romper de un modo. -Por favor... ayuda...- ¿quieren que lo rebobine? -ayuda...- Qué lamentable situación, torturado por su propio narrador, con todas las historias que se han escrito sobre Lanzarote del Lago, el pobre nunca se ha visto en una igual. Alzó la vista frente al cuadro de Ginebra que adornaba el pasillo. Quería volver a ver su sonrisa antes de fenecer. La dama de Arturo con la que tanto gozó, cuya torre subió y con la fuerza de sus manos arrancose los barrotes. A escondidas se veían, se juraban no volver a cometer traición, repitiéndose la misma escena cada noche hasta que sus cuerpos caían molidos sobre la cama del rey. ¿Por qué no sonríe ahora? ¡Qué la pasa, por Dios! ¿Está llorando el cuadro? Con mirada reprochadora le mira, le mira intensamente desde arriba a una distancia alarmante. Ése cuadro ciclópeo que aguanta con un sólo clavo. Y el clavo se parte.
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La noche en vela


No era raro encontrarse a Dominique perdiendo la noción del tiempo en la recóndita biblioteca en la que trabajaba diariamente sin excepción. Aquella gélida noche de otoño se había quedado hasta tarde estudiando unos manuscritos que le había traído una señora esa misma tarde pensando que podrían tener algún valor para él, y así de paso poder sacar algún beneficio por su venta. Dominique no pudo negarse, encontraba fascinante cada rama de estudio de su trabajo, y todo el vecindario lo sabía. Lo que tenía en sus manos era correspondencia privada de mediados del siglo XVI, lo dedujo al comparar la caligrafía de ésta con documentos de dicha época, además el contenido de las cartas no dejaban lugar a dudas.
Por lo que pasaron las horas, y el bibliotecario se fue quedando solo en el edificio. Su único acompañamiento era el cansino zumbido del viento al chocar contra las ventanas, la hipnótica danza de la llama al contonearse en la vela y el sonido seco de las hojas amarillentas cuando las pasaba. Su pluma cargada de tinta osciló sin descanso en su cuaderno de notas hasta que los dedos se le quedaron helados. Intentó calentarse las manos con su aliento, pero no hubo forma, así que envuelto con la manta de lana que guardaba en el armario se dispuso a cargar la única estufa de la biblioteca, con la escasa iluminación que le brindaba la vela del escritorio. Cuando de pronto un crujido proveniente del final del pasillo le sobresaltó, y tan pronto como el bibliotecario se puso en pie la puerta del estudio se cerró de golpe desencajando las bisagras: “¡Qué barbaridad!” pensó impactado, en la oscuridad de la habitación. Angustiado por el bienestar de los libros alzó la puerta del marco para poder salir de allí. Sospechaba que todo se debía a una ventana rota ¿qué iba a ser si no? Cruzó el pasillo a paso ligero encontrándose con la sala de lectura atestada de hojas sueltas que se mecían en el aire sin control, y de algunos libros diseminados descuidadamente bajo las mesas. “¡Tardaré meses en colocar todo este desastre!” Se lamentó Dominique llevándose las manos a la cabeza. Bajó la escalera atrapando los papeles al vuelo: “Cuánto antes empiece antes terminaré…”. ¿Pero qué había pasado? ¿Dónde estaba la supuesta ventana rota? ¡¿Dónde?!

Todo parecía estar en orden, todo menos aquel caos que se había montado sin motivo alguno. Una risita a sus espaldas dejó al hombre inmóvil. -¿Dominique, necesitas ayuda?-Esa vocecilla le descuadró ¿No se suponía que se había quedado solo? -¿Qué…?- no se atrevió a girarse. La sangre le había desaparecido del rostro debido al susto. –No te preocupes, yo te ayudo.- Unas manitas entraron en su campo de visión, pero lo curioso de ellas era que no conseguían agarrar nada; traspasaban el material.
Dominique boquiabierto levantó la vista del suelo y lo que encontró le dejó sin respiración. Era Josué, el niño que había muerto hacia dos meses  en el orfanato donde Dominique imparte clase. El motivo de su muerte aún se desconoce, pero a todos les afectó mucho. Josué sólo tenía siete años.
Ante los ojos llorosos de su maestro el niño le sonrió con ternura. –Pensé que necesitarías ayuda… tú siempre me has ayudado mucho.- Las lágrimas cayeron errantes por sus mejillas, y la respiración se le volvió inestable. –Josué…¿qué estás haciendo aquí…?- preguntó con un nudo en la garganta. –Deberías estar…
-Sí ¡con mi mamá! Pero no puedo encontrarla… ¿sabes dónde está? Estoy muy solito aquí… Nadie…nadie me hace caso…- el niño se arrodilló en el suelo, escondiendo la cabeza entre sus delgados brazos. Dominique aún no podía creerse lo que veía. -¿Esto lo has hecho tú?- preguntó, refiriéndose al tsunami que parecía haber cruzado la sala.
-Claro ¿cómo si no ibas a hacerme caso?- el niño le miró de reojo, temeroso de la reprimenda. –Espero que no te hayas enfadado conmigo… Yo sólo quiero ir con mi mami ¡Me dijiste que me estaría esperando, y es mentira!- chilló Josué poniéndose en pie de golpe, y colocando los brazos en jarra. Dominique dio un paso atrás ante el berrinche de la criatura, o lo que fuera que sea aquello. -¡Eres un mentiroso, Dominique!
-¿Qué estás diciendo…?- El maestro no supo qué decir, ni cómo sobrellevar el momento tan surrealista que se desarrollaba delante suya. Sencillamente, no sabía si lo que veía era real o producto de su cansancio. Además él no creía en este tipo de cosas… No podían ser posibles ¡Era de cajón!
-¡Mentiroso, mentiroso, mentiroso!- gruñó, levantando las hojas que había a sus pies con una leve ráfaga de viento, pero su cuerpo perdía corporeidad por momentos. –Eres malo, Dominique.- hipó furioso. –Y no me voy a ir de aquí hasta que cumplas lo que me dijiste… ya has visto lo que soy capaz de hacer. No querrás que me deshaga de todo lo que aprecias ¿no?- el niño señaló con el dedo la vela encendida que descansaba en una de las mesas, y asintió con la cabeza amenazador. “¿¡Qué!?” ¡Josué pensaba prender fuego a la biblioteca! "No me lo puedo creer."
–Bueno, creo que pensándolo mejor, te quiero para mí a tiempo completo.- Dominique se giró horrorizado, dando varias zancadas para alcanzar la mesa pero fue demasiado tarde: la vela había caído en el manto de hojas y libros a los cuales Dominique había dedicado los últimos años de su vida. Estaban consumiéndose a una velocidad paranormal. Todo lo que alcanzaron las llamas prendió sin remedio, inclusive las paredes de madera.
Mientras tanto el bibliotecario se quedó en el sitio, completamente pasmado. Esto debía ser una de sus usuales pesadillas… muy vivida eso sí. En algún momento tendría que despertarse… “Porque tiene que ser una pesadilla ¿no?”
Spoiler:
No se me da bien el suspense, ni el terror. Me acabo de dar cuenta  Laughing , pero tenía que probar...
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