Madame Clodette

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Madame Clodette

Mensaje por Madame Clodette el Dom 4 Ene - 22:28



Ángel Caído  ❧ Dueña del club "El Edén" para caballeros. ❧ Clase Alta
Madame Clodette, 42, mujer.

Personalidad
Inteligente, audaz, perspicaz, observadora y detallista. Clodette posee una sagacidad poco común, capaz de rivalizar con las mentes más preclaras de su época. Es una mujer analítica, amante de los retos y con una facilidad innata para conocer a las personas, descifrando sus secretos y temores o deseos más ocultos. La conducta humana y sus comportamientos no suponen ningún misterio para ella y no duda en utilizar esa capacidad en su beneficio, sabiendo en cada instante las teclas que debe pulsar, las cuerdas que debe tocar para que bailen al son que ella marca.

Posee una personalidad arrolladora y un atractivo singular. Es culta y poseedora de unos modales exquisitos, lo que la convierte en una magnífica compañía, capaz de mantener con soltura desde la conversación más frívola y banal a las más intensa y enrevesadas cuestiones comerciales o políticas. Así mismo, no pierde el encanto, la gracia y la delicadeza de una mujer de su época, siempre exquisita, pero no frágil. Todo ello, le permite desenvolverse entre las clases más elevadas como si siempre hubiera pertenecido a su mundo.

Clodette es una superviviente. Su vida no ha sido un camino de rosas, lo que le ha forzado a ser una mujer independiente, autosuficiente, pero también desconfiada. Si ha conseguido llegar a donde ha llegado ha sido armándose de una voluntad de hierro, grandes dosis de ambición, y una moral peligrosamente relajada. Posee un espíritu inconformista y desde que puede permitírselo, ha desarrollado unos gustos especialmente exquisitos, exigentes y caros, muy muy caros.  No es una filántropa, nunca lo ha sido, pero muestra una ligera simpatía por algunas personas y por sus causas.

Atrevida, descarada, sugerente, y peligrosa. Clodette es un auténtico terremoto. Siente debilidad por los artistas, por los estudiantes y por los jovencitos. Se sabe hermosa y atractiva, y no duda ni un instante en utilizarlo en su propio beneficio. Seductora y provocadora, le gusta gustar, y coquetea más por deporte que por verdadero interés. Es una mujer voraz y hedonista, con grandes apetitos sexuales difíciles de saciar, lo que hace que deje tras de sí una estela de amantes despechados y corazones rotos.

Le gusta frecuentar sola bares de dudosa reputación, tabernas humildes, club de fumadores y salas de espectáculos. bebe abiertamente y tiene muchos vicios. Sus desmanes y su forma de vida la han llevado a provocar más de un escándalo que ha dado mucho de qué hablar a las señoras  en las reuniones de sociedad. No es una mujer decente, y no se molesta en ocultarlo, incluso parece encontrar un cierto placer en ello.
Historia

Enamorarse un poco más de la cuenta era una mala inversión.

Yo era uno de los Vigilantes. Un Custodio. Creado desde el Origen del Todo para proteger a los mortales. Respondía al nombre de Harmoni y Raquel era la mujer humana por la que había jurado velar a cada paso, protegiendola de las amenazas, librándola de aquellos males que quisieran hacerla tropezar y caer en el tortuosos camino hasta la salvación de su alma. Yo vigilaba sus sueños y guardaba sus pasos.

Frágiles y efímeros humanos, tan inocentes, tan vulnerables, tan corruptibles y, a la vez, tan capaces de grandes cosas, desafiando todo a su alrededor por aquella naturaleza inquieta y grandiosa que les impedía ser conscientes de su insignificante poder y, a la vez, dueños de una voluntad más fiera que la de ninguna criatura sobre la creación. Y nosotros, tan ingenuos, estábamos demasiado cerca de ellos para poder resistirnos a probar las mieles de sus encantos.

Raquel era pura, una luz en medio de la oscuridad. Era alegría, era belleza y era el alma más sencilla y noble que habitaba la Tierra. A su lado, mi pecho se henchía y me sentía un poquito más cerca de Dios. Bebí de su luz y me entregué a sus brazos, a sus labios tibios, entregándole sin reparos ni lamentaciones todo el amor que el Santísimo volcó en su pecho. Porque, ¿no es Dios amor? ¿Y no éramos nosotros un poco de esencia Divina?

Ah, estúpidos crédulos. Cegados por tanto brillo y atragantados con tantas plumas. Fantoches y marionetas, soldados manejados por hilos en una inmensa partida de ajedrez. Eso éramos y eso somos. ¿Sus hijos? Nunca. Eso nunca. Solo conoces su bondad mientras obedezcas sus despóticos designios. ¿Libre albedrío? Solo una excusa para castigar con puño de hierro a aquellos que no bailan al son que marca su señoría.

No era el único que pensaba de aquel modo. Doscientos fuimos los que acudimos al llamado de Semyazza. Doscientas fueran las voces que tuvieron el valor de elegir sin importar las consecuencias. Los que dijeron “No. Ya no más.”. Doscientos fuimos los que decidimos tomar las riendas de nuestros destinos asumiendo las consecuencias que nuestro acto de insumisión y rebeldía iba a acarrear.

Nos hacíamos llamar los Grigori.  Los que "abren los ojos", los que "despiertan".

Semyaza, su jefe, les dijo: "Temo que no queráis que tal acción llegue a ejecutarse y sea yo sólo quien pague por tamaño pecado". Le respondieron todos: "Juremos y comprometámonos bajo anatema entre nosotros a no cambiar esta decisión y a ejecutarla ciertamente". [...] Eran doscientos los que bajaron a Ardis, que es la cima del monte Hermón, al que llamaron así porque en él juraron y se comprometieron bajo anatema. (Libro de Enoc, 6: 3-6)

La caída fue dolorosa. Un dolor indescriptible. No sólo físicamente. Era la sensación de que algo dentro de ti se moría, que una parte de tu cuerpo era arrancada de cuajo con la verocidad de una fiera hambrienta. El alma se desgarraba y desgajaba, esparciendo lo que fui, lo que era y lo que pude ser a través del espacio y del tiempo. Y, cuando llegué a la Tierra, el cuerpo humano estaba roto y quebrado.

Me había convertido en una criatura frágil, pesada y torpe… hasta que ella me encontró. Cuidó de mi día y noche, incansable. Me alimentaba, me protegía, me ayudaba a fortalecerme. Poco a poco recuperé algo de mi antigua fuerza, aunque era sólo una sombra de lo que fui. Poco más que un humano que tenía que resguardarte bajo las faldas de Raquel, a la que amaba cada día un poco más.

Pero Dios, en su infinito rencor, me había dotado de un cuerpo de mujer. Un tiempo equivocado, un cuerpo equivocado, un amor equivocado y fue ella la que pagó las consecuencias. Fue capturada, humillada, violada, azotada y, finalmente, murió ante mis ojos, apedreada, suplicando piedad. Piedad que no le concedieron y que tampoco yo estaba dispuesta a consentir.

Reduje aquella ciudad a escombros, sangrientos despojos de sus pechos inhumanos. No dejé piedra sobre piedra allí. Ya no parecían tener sentido ni razón de ser los límites y las restricciones. Ebria de dolor y rabia arrasé la ciudad entera, aniquilando todo lo que encontraba a mi paso con furia devastadora, dando rienda suelta a los primitivos instintos que durante tanto tiempo habían estado dormidos.

El gran exterminio y la disgregación.

Pero cada acción tiene su reacción y los de mi raza hacía tiempo que habíamos dejado de ser invulnerables. Pero mi seguridad o mi vida de nada valían si ella no estaba a mi lado. Pero mis hermanos me dieron refugio, me protegieron dentro de un clan, de una familia. El orden y la jerarquía surgieron como algo inevitable e imprescindible para asegurar la supervivencia de nuestra especie. De forma lenta y natural nos fuimos afianzando como líderes, bajo identidades de dioses o demonios a los que seguir, temer u obedecer.

Con el tiempo descubrimos el modo de extender nuestra especie a través de la procreación entre nosotros y con criaturas de otras razas. Pero cuanto más se mezclaban las líneas de sangre, más débiles eran las criaturas que se engendraban. Cada nueva generación era menos poderosa que la anterior, presas fáciles y vulnerables para otros clanes, dispuestos a extinguir la amenaza que suponíais.

Poco hay que escape a la ira de Dios.

Y a Miguel le dijo el Señor: Ve y anuncia a Semiyaza y a todos sus cómplices que se unieron con mujeres y se contaminaron con ellas en su impureza, ¡que sus hijos perecerán y ellos verán la destrucción de sus queridos! Encadénalos durante setenta generaciones en los valles de la tierra hasta el gran día de su juicio. En esos días se les llevará al abismo de fuego, a los tormentos y al encierro en la prisión eterna. Todo el que sea condenado, estará perdido de ahí en adelante y será encadenado con ellos hasta la destrucción de su generación. (Libro de Enoc, 10:11-14).

Murieron nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, y sus hijos a su vez. Y nosotros fuimos dispersados a lo ancho y largo del planeta, relegados a ser meros espectadores. Los siglos pasaban, pasaban milenios y todo cambiaba a nuestro alrededor, pero nosotros nos mantenemos inmutables, eternos. Incapaces de aceptar el cambio, de adaptarnos a un mundo que evolucionaba con cada pestañeo. Se sucedieron generaciones, ciudades, razas, imperios, y nosotros seguimos aquí, encadenados en los valles de la Tierra, esperando el día de nuestro Juicio Eterno.

Pero mientras tanto, me he adaptado. ¿Qué remedio me queda? No pienso limitarme a vagar y resignarme. Hace demasiados siglos que no hay noticias de Dios. ¿Quién sabe? Quizá nos ha abandonado, aburrido de sus juguetes y de sus fracasos, derrotado por un mundo que no se rinde a arrodillarse a sus caprichos. Pienso disfrutar de esta condena a cada día, a cada minutos. Mi existencia será un desafío constante a lo que Él es y lo que representa.

He tenido cientos de vidas, cientos de identidades y sigo sin cansarme de los humanos. ¡Oh, divinos humanos! Más perfectos en su imperfección de los que ellos imaginan.

¿Quién es Madame Clodette?

Era una niña de la calle. Su madre trabajaba en una fábrica textil, tiñendo tejidos por una miseria, pero tenía que sacar a su hija adelante. Su padre las abandonó siendo ella tan pequeña que es incapaz de recordar su rostro, así que pasó la gran parte del tiempo sola, jugando con bribonzuelos que hicieron que diera algunos disgustos a su madre.

Siempre fue una niña bonita, y desde pequeña desarrolló una especial sensibilidad y talento para cantar. A veces cantaba y bailaba en la calle y los señores hacían corro a su alrededor. Nunca supo si era porque verdaderamente era buena o por lástima, pero siempre sacaba algunas monedas que le alegraban el día.

Tenía trece años cuando su madre enfermó. Los vapores de los tintes de la fábrica acababan por deshacer a uno por dentro y ella se deshizo entre toses sanguinolentas y fiebres en los brazos de su hija. Clodette se quedó completamente sola en el mundo sin saber cómo conseguiría salir para adelante.

Entró a trabajar de moza en una taberna, donde echaba más horas de las debidas por mucho menos dinero del que correspondía. A esas alturas ella ya poseía el cuerpo y la figura de una mujer adulta, y las intenciones del dueño de la taberna para con ella eran completamente inapropiadas. Aún así, soportaba sus comentarios fuera de tono. Con el tiempo, se atrevió a tocarla. La acariciaba o le apretaba los pechos y el trasero. Ella protestaba y él se reía, hasta que un día trató de forzarla. Se escapó con la ropa rota tras morderle con fuerza en la cara.

Pasó esa noche en la calle, a la intemperie

Eso es lo que ella le contó cuando conoció a Paul André. Era un estudiante de una familia acomodada. La escondió en su casa y le dio de comer. Ella le habló de revoluciones, de una Francia hermosa y libre, del pueblo y para el pueblo, le habló de utopías y de sueños y acabó robándole su corazón y su virginidad. É le consiguió trabajo en café-concert que regentaba un pariente suyo, como chica del tabaco. Su única misión era pasearse entre las mesas vendiendo tabaco a los clientes.

Pero un día, mientras esperaban para abrir el establecimiento, se atrevió a subirse al escenario y comenzó a cantar. Al verla, el dueño, la regañó y la instó a ponerse a trabajar. Pasaron varios meses hasta que, después de fallar un espectáculo, la llamó a toda prisa, le dio un vestido que le quedaba grande y le dijo que se subiera a cantar. Debían salvar la noche como fuera. Pero fue un éxito y cada vez el dueño le pedía más veces que amenizara las noches en el café con su voz.

Paul André acabó ayudando a la inquieta Clodette y sus compañeros en sus revoluciones y en sus luchas clandestinas. Él tenía dieciséis años cuando la Guardia Nacional aplastó una pequeña revuelta orquestada por ellos. Ella decía tener veintidós. Apenas quedó en un susto, una amonestación y una noche en una celda para todos, pero bastó para que los padres de Paul André decidieron que debían poner fin a aquel noviazgo absurdo de su hijo y le buscaron una novia a su altura. No volvió a verlo.

Más tarde, un cazatalentos que había ido a verla el café unas cuantas noches, le hizo una oferta de trabajo. No más chica del tabaco. Tendría un público con clase, a la altura, vestidos propios y un cartel con su nombre. Su jefe poseía una sala de espectáculos y la contrató como cantante y bailarina. Aquello fue duro. En la sala de espectáculos no era la única chica, ni tampoco era la más buena. Tuvo que esforzarse, ensayar y aprender mucho para destacar sobre el resto. Cosechó un éxito humilde, lo suficiente para que algunos señores y jóvenes adinerados conocieran su nombre y fueran ex profeso a verla actuar. No era una artista de renombre, ni tampoco era una don nadie.

Los años pasaron entre amantes, humo de tabaco, alcohol, erotismo y canciones. Los caballeros le regalaban joyas, los estudiantes, cartas de amor y flores. Ella los utilizaba de igual manera a ambos. Algunos alquilaban su compañía para llevarla a reuniones de sociedad, cenas de negocios y eventos sociales agarrada del brazo, sólo por poder decir que la exquisita vedette, los había acompañado. Algunos, pagaban un poco más por que ella pasara la noche en su cama.

Uno de esos hombres de negocios que la frecuentaba era Climent Lefebvre, 25 años mayor que ella y dueño de una empresa tabaquera, propietario de cultivos de tabaco y opio e inversiones en el acero y en alguna ganadera, era una de las fortunas más importantes de Francia. Un hombre respetado y respetable, de un linaje empresarial conocido y gran influencia.

Se casó con él a los 29 años, después de que pasara dos años cortejándola públicamente y soportando estoicamente todos sus desplantes y negativas. La retiró del espectáculo y la colmó de todos los lujos que pudiera desear. Él la amaba hasta la locura, era posesivo y celoso, pero perdonaba incondicionalmente todos y cada uno de los desmanes y escándalos de su esposa. Ella nunca le había querido, pero mantuvo su alto nivel de vida y todos sus caprichos.

El matrimonio duró, con sus dimes y diretes, nueve años, hasta que Climent murió víctima de los problemas cardíacos que parecía. Sin más descendientes, la viuda Lefevbre se convirtió en la heredera de una poderosa fortuna. Parte de esa fortuna la invirtió en abrir “El Edén”, un sofisticado club de caballeros dirigido a la alta sociedad francesa. Un pequeño rincón social para el alterne y disfrute de los más exquisitos placeres: Las mejores conversaciones, los mejores negocios, los mejores licores, los mejores espectáculos y, por supuesto, las mejores mujeres. Ella misma recibe a los clientes y asegura que nada les falte. Las chicas, las jóvenes más hermosas de todo París, atienden todas sus necesidades, pero ellas mismas deciden si quieren o no aceptar a los clientes en su alcoba.

Madame Clodette, mientras tanto, disfruta sembrando el escándalo en la acomodada sociedad parisina. Del ángel que fui no quedan ni las plumas. En mi pecho ha anidado el dolor, el rencor y la rabia. Pero sigo siendo una humanista, una devota del hombre, de sus debilidades y deseos más ocultos y secretos, algo que no dudo en saborear y cultivar como el más delicado de los néctares, el más sabroso de los caldos de vid.

¿Quieres paladear las mieles de este gran reserva?
Habilidades
• Posibilidad de hacer tratos y conceder deseos a cambio de algo.
• Telequinesis.
• Piroquinesis.
• Electroquinesis.
• Terraquinesis avanzada.
• Sonoquinesis o ecoquinesis.
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Re: Madame Clodette

Mensaje por Josephine Boucher el Lun 5 Ene - 3:43

Ficha Aceptada
¡BIENVENIDA!

Dios tuvo que odiarte mucho...
***
¡Puedes proseguir con los registros!
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