Aquellos maravillosos años [Josephine Boucher]

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Me acaba de comprar una moto de putísima madre, de segunda mano. El tío por casi me la regala, estaba deseando deshacerse de ella. Yo le dije "oye, mientras ande..." Y como yo estaba hecho un manitas, me puse al lío. Le di un buen contrachapado con martillo y cincel. Tuve que cambiar el tuvo de escape porque sonaba como una de esas bocinas de broma que llevan algunos payasos. Mi cara era suficientemente curiosa como para ir por ahí redundando. "Ahora canta como los ángeles."

Con mi nueva compañera todo parecía ir bien. Hasta que aparqué la moto en la puerta del edificio. El cigarrillo en la comisura de la boca y la mano en la punta de la polla. Empezaron a sudarme las orejas cuando contemplé la prisión. Me esperaban nueve meses de condena. No vería las luz hasta los 18. Me tocaba compartir lavabo, comer ensalada de col en un comedor con 300 personas, inflar a algún tonto del culo a hostias, acumular faltas, pelearme con el director, leer como un niño de cinco años delante del personal alguna obra de Jodorowsky. "Y Álgebra... la puta Álgebra...." ¿Para qué coño sirve? El instituto era una pesadilla. Nunca he dado un palo al agua, ¿vale? Ni siquiera deberían admitirme. Me pregunté quién habría sido el cenutrio. No hay más que verme. ¿Tengo cara de aprobar algo?

Me deshice de la taba del cigarro y saqué del asiento una hoja que me habían mandado a casa con las clases que cursaba, como se llamaban mis profesores y el número de mi taquilla. El informe estaba lleno de grasa —Su...— "¡Cómo nos hemos puesto las manos!" ¿Adonde voy Así? Además huele como... como a kétchup —Quién me manda...— Disimulé un poco, esperaba que no me hubiese visto nadie. Me daba apuro mancharme la cazadora. Era cuero sintético, de acuerdo. Pero nadie tenía por qué saberlo. Con un paño solucioné lo de las manos e intenté memorizar los datos del informe para poder tirarlo después. Taquilla 13, el número de la mala suerte. Encima era Martes, que ya es como para dejar que el despertador siga sonando y que vaya tu puta madre.

Cuando crucé la entrada vi que ya habían colgado un cartel anunciando el baile de otoño. "Acabamos de empezar...¡Y ya con festejos!" Hey! gritó un chico a mi espalda cogiéndome del hombro. Muy cariñosa la gente aquí. Le miré de refilón. El típico tío que cree que eres "el jefe" porque te cuelgan desenfadados los pantalones —¿La moto es tuya?
—No, no... Se la estoy guardando a mi suegra— "no te jode..." ¡De qué va! A ver si se piensa que quiero un amigo.
—Eso está muy bien, no esperaba que tuvieras novia— "si se sigue arrimando, le digo que me caso con ella hoy mismo." "Se lo suelto y punto" —Me llamo Andrew, pero todos me llaman Andy— asentí porque tenía sentido.
—Evan. A secas— no se puede acortar más.
—¿Sabes qué? Tienes buen brazo, ¿no te gustaría apuntarte al equipo?— ¿Jugar al fútbol? No estaría mal. Era bueno en mi antigua ciudad.
—Me lo pensaré.

Me tocaba filosofía. La clase estaba casi completa. En la primera fila estaban "los gafas" con una montaña de libros sobre el pupitre. Había una chica inflando un globo de chicle en la segunda, en la tercera un grupo de cotorras hablando de sus problemas y del sexo opuesto Osea, me parece súper fuerte que no te haya contestado— y me senté en la última, para que mi presencia pasase lo más inadvertida posible. No atendí mucho más. Me dejé caer y me entretuve vigilando la moto desde la ventana. "Qué bonita era..."

—Buenos días, soy la profesora Tarner y os voy a dar filosofía este curso. Hablaremos de Ortega y Gasset y leeremos algunos de sus textos— la cabeza se me caía, me colgaba del cuello como una cosa tonta. Una hora hablando de miscelánea. Además no tenía ni idea de Ortega. De Gasset nada. El otro me sonaba al menos —Jovencito— me hice un poco el loco cuando me llamó a mí —El de la última fila. ¿Eres Evan Murdock?— "Presente." ¿Por qué levanté la mano? ¡A saber! Estaba un poco nervioso —Acércate para que te veamos todos—
—No hay mucho que ver, señorita Tarner— genial... todos se rieron.
—Aún así. Me gustaría que te presentaras y que nos contaras de dónde vienes— estaba incómodo en la silla, algo iba mal "¿No lo puedo hacer desde el pupitre?" Para qué darme el paseo si nos vemos las caras desde aquí. Al final me levanté. Me expuse delante de toda la clase.

—Bueno...— "por dónde empiezo..." Amasando mi barba busqué las palabras en las botas —Me he mudado hace poco. Vengo de Montana... tengo 17 años... y hay quien me echa 20— la miré pidiendo auxilio, S.O.S. —se me acaba el repertorio, señorita— de nuevo risas y yo me quiero morir, meter la cabeza en el váter y tirar de la cadena. Al parecer se quedó contenta. Dejó que regresara a mi sitio y se dispuso a dar la clase. Pero mis problemas no habían hecho más que empezar. Otro agujero gigante se abrió en el suelo cuando la gente comenzó a tomar apuntes. Le di un toque en la espalda a la compañera de en frente. "Recemos para que sea simpática" —Perdona...— alguien me mandó callar, fruncí la boca y probé a susurrar —¿Me prestas un bolígrafo?

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A pesar de que las clases habían iniciado el día de hoy, el colectivo no iba demasiado lleno.  O igual, se debía a que a la mayoría los llevaban en coche, o ellos mismos usaban sus coches para llevarse los unos a los otros. Cualquiera que fuera la razón daba igual, de todas formas llegaría a la clase con suficiente tiempo, a pesar de las constantes paradas que hacía el transporte.

Como era mi costumbre, me bajé unas calles antes del instituto y a medida que me acercaba, el estacionamiento se iba haciendo más notorio. Algunos agrupados junto a sus convertibles, se tomaban fotografías con el móvil, fotografías que no tardarían en estar en sus redes sociales. Me hice la loca y apresuré mis pasos —¡¡¡Jos!!!— gritó una voz chillona detrás de mí. Como no tenía escapatoria simplemente me paré y me di la vuelta. Susana y una persona que arrastraba se acercaban rápidamente hasta mí —He pasado a tu casa pero me dijeron que ya te habías ido, ¿por qué no me esperaste?— realmente le había dolido, lo pude ver en su rostro —Perdona, es que debía pasar a comprar algunos cuadernos, pero me puedes llevar, ¿no?— su delicado rostro se iluminó —¡Claro que sí! Ay, perdón, Jos, él es James. James, ella es Jos, la amiga que te había contado también Leo. Oye, qué mono… James y Jos— Susana reía como poseída —Cálmate ya, por dios, que eso no es nada, en mi clase de Idiomas hay un José. Mucho justo, James— Susana dejó de reír mientras se lo pensaba con calma —El gusto es mío, Jos— el chico sonrió ampliamente —Bueno, les dejo que tengo filosofía, y como ya no será más la profesora Lane…— dije adiós con la mano mientras me encaminaba —Te busco más tarde— di la media vuelta y seguí por el camino de concreto.

Al entrar al salón saludé a algunas chicas y uno que otro chico. No era íntima de nadie, pero ellos siempre se habían portado amables conmigo y yo hacía lo mismo. Sólo con Susana me sentía más en confianza, pero con ella sólo compartía Álgebra y Biología.
Tomé uno de los lugares que estaban casi hasta el fondo, desde aquí vería y escucharía perfectamente bien. Además, las preguntas siempre iban dirigidas a las filas de la parte del frente. Saqué mi cuaderno multiusos, y dos bolígrafos, uno azul y uno negro. No encontré el rojo así que lo dejé por la paz.
El salón comenzó a llenarse rápidamente, yo no prestaba mucha atención pues garabateaba en la hoja en blanco, aprovechando a escribir la fecha de hoy y la clase que se impartiría. Siempre me había considerado una estudiante responsable y ordenada con mis cosas. Eso era sinónimo de buenas notas, lo que conllevaba a salir limpia y rápidamente del instituto —Buenos días, soy la profesora Tarner y os voy a dar filosofía este curso. Hablaremos de Ortega y Gasset y leeremos algunos de sus textos—  se hizo el silencio en la clase. La profesora Tarner era bastante quisquillosa con sus clases. Además no tenía idea de esos hombres. Apunté desesperada los nombres en el cuaderno, apenas llegara a casa comenzaría a investigar sobre ellos, ¿y qué tal que eran uno sólo? —El de la última fila. ¿Eres Evan Murdock?— detuve mi escritura mirando a la profesora que miraba sobre mi cabeza. Incluso los demás se giraron para cotillear —Acércate para que te veamos todos— el chico dijo algo y todos se rieron, incluso la creída de Lauren, ella que en su primer día con sus tacones kilométricos se había partido el labio al caer luego de tartamudear frente a todos en su presentación. Eso sí era para reírse.

El chico se levantó, y tuvo que ir al frente a presentarse. Era tan alto y poseedor de un cabello color rubio muy característico, no como esos rubios chillantes. El suyo era muy bonito, para mirarlo por un largo rato.
Realizó una presentación bastante corta, el pobre parecía sumamente nervioso, y quién no, con el grupillo que se cargaba aquella clase… Me pico la curiosidad por preguntarle qué es lo que hacía tan lejos de tierra, pero sabía que no lo iba a hacer. La profesora Tarner le dijo que era suficiente, a lo que él volvió a su lugar, justo detrás del mío.

“Evan Murdock” Un nombre y un apellido con presencia. No conocía a muchos Evan, de hecho a ninguno, él era el primero. En ese momento me estremecí porque alguien me tocó la espalda —Perdona...— no supe lo que dijo la profesora, pero alguien se molestó y silencio la voz. Yo me giré muy lentamente —¿Me prestas un bolígrafo?— y por fin pude ver el rostro de Evan Murdock más de cerca. Qué ojos tan azules tenía —Claro— estiré la mano y cogí uno de los que tenía sobre el cuaderno —Aquí tienes— quise sonreírle pero la profesora me detuvo —Evan, Josephine… Espero que sean igual de buenos hablando juntos aquí al frente— me quedé tiesa en el lugar, pensé que la profesora realmente nos pasaría, pero siguió en el tema.
—Ya que los veo tan entusiasmados el día de hoy… y cómo no, si es el primer día de clases; el primer ejercicio que tenía pensado sentará de maravilla— la profesora cogió un recipiente de cristal que parecía una pecera, dentro había papelitos blancos —Aquí dentro he depositado muchas de las frases más importantes de Ortega y Gasset: Vida, Amor, Belleza, Moral, Convicción, Circunstancias… Tomarán un papel, leyendo y analizando la frase, para después pasar al frente a explicarnos de la mejor forma dicho texto… eso lo harán por parejas— nos miró a todos —Y las parejas las haré yo— algunos del otro extremo se quejaron —Silencio o a los quejosos les encargaré un deber extra— se hizo el silencio —A ver, vamos a ver…— comenzó a formar las parejas desde la parte del frente. Suspiré pensando con quién me mandaría —Josephine y Evan, como les he visto muy comunicativos, ustedes quedarán juntos— mis ojos se elevaron hasta el rostro de la profesora —Evan— se dirigió a él —Si tienes alguna duda en cualquier aspecto, puedes preguntarle con toda confianza a Josephine. Ahora por favor, giren sus lugares… Todos, en silencio, vamos…— y así la profesora se alejó para tomar sus benditas frases.

Me levanté de mi lugar, girando suavemente la silla. Se escucharon algunos gritillos cuando leían las frases que les entregaban. Cuando terminé de colocar mi lugar, la profesora llegó —Aquí tienen, a ustedes les corresponde ésta: “El deseo muere automáticamente cuando se logra; fenece al satisfacerse. El amor, en cambio, es un eterno deseo insatisfecho” leyó para nosotros —Bueno, adelante jóvenes— nos palmeo la espalda y se retiró de ahí.
Tomé el papel que tenía escrita la frase y comencé a escribirla en el cuaderno por el simple hecho de hacer algo, volviendo a colocarlo cerca de él —Espero que estés teniendo un buen día— sonreí amablemente para que no pensara que era una de esas estiradas.
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